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POESÍA EN VIDEO

 

Ezequiel Olivary

HOY

 
Hoy pensé en Dios.
 
Afortunadamente para mí, Él me piensa siempre... nos piensa en la plenitud de su amor eterno y sin fin.
 
 

POESÍA BREVE (PARA UNA NIÑA QUE DUERME)

 

  

 

POESÍA  BREVE  (Para una niña que duerme)

 

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Dos ojos

perlas de ensueño

color de las almendras

o de un amanecer en otoño

o del mar interminable.

 

Dos ojos

miran, ríen, hablan;

escriben vida en el aire

trazan con el mirar

una escalera en caracol

hacia la ignota profundidad

del cielo.

 

Dedos de papel o pincel,

caramelo de eternidad

rezumando el dulzor

de la paternidad amante

de la sonrisa del Creador.

 

Un, dos, tres… juega saltando la cuerda.

Un, dos, tres…baila con las mariposas.

Un, dos, tres…risitas de agua cantarina.

 

Cuando duerme

parece haberse detenido el universo

y en un bostezo de esperanza

deja su sueño dibujado y latiendo

colgando del firmamento

como una estrella

que alimentan querubines

como una paloma

durmiendo mansa

en las amantes manos de la Madre.

 

Duerme Ruth y en su sueño

se detienen los ángeles

en su incansable tráfago celeste

para contemplarla:

No hay ángel más hermoso

que una niña durmiendo

y soñando el sueño esencial de la vida.

 

durmiendo

 

Ezequiel  Olivary

 

 

 

ADOLFO BIOY CASARES: JUGANDO A LA RAYUELA CON LA ETERNIDAD

 

Los fragmentos que siguen pertenecen a la muy conocida y brillantemente enigmática obra de Adolfo Bioy Casares (nacido y muerto en Buenos Aires, Argentina 1914-1999) “La invención de Morel”, creada en 1940.

La alteración en la secuencia es un atrevimiento que me he tomado, en el pleno deleite de seguirle el juego a Bioy dando saltitos por el tiempo… Si me acompañan, intentaremos llegar como corresponde al cielo, es decir, con una simple piedrecita, un par de pies saltarines, nuestra infancia rediviva y la espectral complicidad de Bioy Casares (sin descontar, ciertamente, que a nuestro ángel de la guarda también le gusta jugar rayuela con ciertas historias de amor, tiempo, eternidad y ¿por qué no? navegar la virtualidad).

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1

 

“Mi vida no es atroz. Si dejo las intranquilas esperanzas de partir en busca de Faustine, puedo acomodarme al destino seráfico de contemplarla.

Está ese camino: Vivir, ser el más feliz mortal.

Pero la condición de mi dicha, como todo lo humano es inestable. La contemplación de Faustine podría –aunque no pueda tolerarlo, ni aún como pensamiento- interrumpirse:

Por una descompostura de las máquinas (no sé arreglarlas); por alguna duda que podría sobrevenir y arruinarme este paraíso (debo reconocer que hay, entre Morel y Faustine, conversaciones y ademanes capaces de inducir en error a personas de carácter menos firme); por mi propia muerte.

La verdadera ventaja de mi solución es que hace de la muerte el requisito y la garantía de la eterna contemplación de Faustine.”

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2 - 3

 

Morel se enfurecería si yo hiciera público el invento. Esto es seguro y no creo que pueda evitarse con elogios. Sus amigos se agruparían bajo una común indignación (también Faustine). Pero si ésta se hubiera disgustado con él –no compartía las risas durante el discurso- tal vez se aliara conmigo.

Queda la hipótesis de la muerte de Morel. En ese caso, alguno de sus amigos habría difundido el invento. Si no, tendríamos que suponer una muerte colectiva, una peste, un naufragio. Todo increíble; pero queda inexplicado el hecho de que no se tuviera noticia del invento cuando yo salí de Caracas.

Una explicación podría ser que le hayan creído, que Morel estuviera loco, o, mi primera idea, que todos estuviesen locos, que la isla fuera un sanatorio de locos.

Estas explicaciones requieren tanta imaginación como la epidemia o el naufragio.

Si llegara a Europa, a América o al Japón, pasaría un tiempo difícil. Cuando empezara a ser un charlatán famoso –antes de ser un inventor famoso- vendrían las acusaciones de Morel y, tal vez, una orden de arresto, desde Caracas. Lo que sería más triste es que me pusiera en ese trance el invento de un loco.

Pero debo convencerme: no necesito huir. Vivir con las imágenes es una dicha. Si llegan los perseguidores, se olvidarán de mí ante el prodigio de esta gente inaccesible. Me quedaré.

Si encontrara a Faustine, cómo la haría reír contándole todas las veces que he hablado, enamorado y sollozando, a su imagen. Considero que este pensamiento es un vicio: lo escribo para fijarle límites, para ver que no tiene encanto, para dejarlo.”

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4

 

Todavía no he logrado detener los motores. Me duele la cabeza. Leves ataques de nervios, que pronto domino, me sacan de una somnolencia progresiva.

Tengo la impresión, indudablemente ilusoria, de que si pudiera recibir un poco de aire de afuera no tardaría en resolver estos problemas. He arremetido contra el tragaluz; es invulnerable, como todo lo que me encierra.

Me repito que la dificultad no se halla en mi sopor ni en la falta de aire. Estos motores deben ser muy difer5entes de todos los otros. Parece lógico suponer que Morel los haya diseñado de manera que no los entienda el primero que llegue a la isla. Sin embargo, la dificultad de manejarlos ha de consistir en diferencias con otros motores. Como yo no entiendo ninguno, esa mayor dificultad desaparece.

Del funcionamiento de los motores depende la eternidad de Morel; puedo suponer que son muy sólidos; debo contener, pues, mi impulso de romperlos a golpes. Sólo conseguiré cansarme y malgastar el aire. Para contenerme, escribo.

Si a Morel se le hubiera ocurrido grabar los motores…”

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5 – 6

 

“Stoever preguntó:

-¿puedes mostrarnos esas primeras imágenes?

-Si ustedes me lo piden, cómo no; pero les advierto que hay fantasmas ligeramente monstruosos – contestó Morel

-Muy bien –dijo Dora-. Que los muestre. Un poco de diversión nunca es malo.

-Yo quiero verlos –Stoever continuó- porque recuerdo unas muertes inexplicadas, en la casa Schwachter.

-Te felicito –dijo Alec, saludando-. Hemos encontrado un creyente.

Stoever respondió con seriedad:

-Idiota, ¿no has oído?: Charlie también fue tomado. Cuando Morel estaba en Sankt Gallen empezaron a morirse los empleados de la casa Schwachter. Yo vi las fotografías en revistas. Los reconoceré.

Morel, tembloroso y amenazador, salió del cuarto. Hablaban a gritos:

-Ahí tienes –dijo Dora- Lo has ofendido. Hay que ir a buscarlo.

-Parece mentira que hayas hecho eso con Morel.

Stoever insistió:

- Pero ustedes no comprenden!

- Morel es nervioso. No veo que necesidad había de insultarlo.

- Ustedes no comprenden –Stoever gritó enfurecido-. Con su máquina ha tomado a Charlie, y Charlie ha muerto; ha tomado a empleados de la casa Schwachter, y hubo muertes misteriosas de empleados. Ahora dice que nos ha tomado a nosotros!

-Y no estamos muertos –dijo Irene

-Él también se tomó

-¿no hay quien entienda que todo es una broma?

-El mismo enojo de Morel. Yo nunca lo vi enojado.

-Sin embargo Morel se ha portado mal –dijo el de los dientes salidos-. Pudo avisarnos.

-Voy a buscarlo –dijo Stoever

-Te quedas –gritó Dora.

-Iré yo –dijo el de los dientes salidos.

-No a insultarlo; a pedirle que nos disculpe y que siga.

Se agolparon alrededor de Stoever. Trataban de calmarlo, excitados.

Después de un rato volvió el hombre de los dientes:

-No quiere venir. Nos pide que lo disculpemos. Fue imposible traerlo.

Salieron Faustine, Dora, la mujer vieja.

Después no quedaron sino Alec, el de los dientes, Stoever e Irene. Parecían tranquilos, de acuerdo, serios. Se fueron.

Oí hablar en el hall, en la escalera. Se apagaron las luces y la casa quedó en una lívida luz de amanecer. Esperé, alerta. No había ruidos, no había casi luz ¿La gente habría ido a acostarse? ¿O estaba al acecho, para capturarme? Estuve ahí, no sé cuanto tiempo, temblando, hasta que empecé a caminar (creo que para oír mis pasos y tener testimonio de alguna vida) sin advertir que hacía, tal vez, lo que mis presuntos perseguidores habían previsto.

Fui hasta la mesa, guardé los papeles en el bolsillo. Pensé, con miedo, que el cuarto no tenía ventanas, que debía pasar por el hall. Caminé con una extrema lentitud; la casa me parecía ilimitada. Estuve inmóvil en la puerta del hall. Por fin, caminé despacio, en silencio, hasta una ventana abierta; salté y me vine corriendo.”

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Agregaré a continuación las páginas (de los papeles amarillos) que Morel no leyó:

Ante la imposibilidad de ejecutar mi primer proyecto –llevarla a casa y tomar una escena de felicidad mía o recíproca- concebí otro que es, seguramente, mejor.

 

Descubrimos esta isla en las circunstancias que ustedes conocen. Tres condiciones me la recomendaron: 1ª las mareas; 2ª los arrecifes; 3ª la luminosidad.

 

La regularidad ordinaria de las mareas lunares y la abundancia de mareas meteorológicas aseguran un servicio casi constante de fuerza motriz. Los arrecifes son un vasto sistema de murallas contra invasores; un hombre los conoce; es nuestro capitán McGregor; he cuidado que no vuelva a arriesgarse en estos peligros. La clara, no deslumbrante, luminosidad, permite esperar una merma verdaderamente exigua en la captación de imágenes.

 

Les confieso que, una vez descubiertas estas generosas virtudes, no dudé en invertir mi fortuna en la compra de la isla y en la construcción del museo, de la iglesia, de la pileta. Alquilé ese barco de carga que ustedes llaman el yatch, para que nuestra venida fuera más agradable.

 

La palabra museo, que uso para designar esta casa, es una sobrevivencia del tiempo en que trabajaba los proyectos de mi invento, sin conocimiento de su alcance. Entonces pensaba erigir álbumes o museos, familiares y públicos de éstas imágenes.

 

Ha llegado el momento de anunciar: Esta isla, con sus edificios, es nuestro paraíso privado. He tomado algunas precauciones –físicas, morales- para su defensa: creo que lo protegerán. Aquí estaremos eternamente –aunque mañana nos vayamos- repitiendo consecutivamente los momentos de la semana y sin poder salir nunca de la conciencia que tuvimos en cada uno de ellos, porque así nos tomaron los aparatos; esto nos permitirá sentirnos en una vida siempre nueva, porque no habrá otros recuerdos en cada momento de la proyección que los habidos en el correspondiente de la grabación, y porque en el futuro, muchas veces dejado atrás, mantendré siempre sus atributos.

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“Estuve leyendo los papeles amarillos. Encuentro que distinguir por las ausencias –espaciales o temporales- los medios de superarlas lleva a confusiones. Habría que decir, tal vez: Medios de alcance y medios de alcance y retención. La radiotelefonía, la televisión, el teléfono, son, exclusivamente de alcance; el cinematógrafo, la fotografía, el fonógrafo –verdaderos archivos- son de alcance y retención.

Todos los aparatos de contrarrestar ausencias son, pues, medios de alcance (antes de tener la fotografía o el disco hay que tomarla, grabarlo).

Asimismo, no es imposible que toda ausencia sea, definitivamente, espacial… En una parte o en otra estarán, sin duda, la imagen, el contacto, la voz, de los que ya no viven (nada se pierde..).

Queda insinuada la esperanza que estudio y por la que he de ir al sótano del museo, a mirar las máquinas.

Pensé de los que ya no viven: Alguna vez pescadores de ondas los congregarán, de nuevo, en el mundo. Tuve ilusiones de alcanzar algo yo mismo. Tal vez, de inventar un sistema para recomponer las presencias de los muertos. Quizá pudiera ser el aparato de Morel con un dispositivo que le impidiera captar las ondas de los emisores vivientes (de mayor relieve, sin duda).

La inmortalidad podrá germinar en todas las almas, en las descompuestas y en las actuales.

Pero, ay!, los más recientes muertos nos asomarán a tantos bosque de remanencias como los más antiguos. Para formar un solo hombre ya disgregado, con todos sus elementos y sin dejar entrar ninguno extraño, habrá que tener el paciente deseo de Isis, cuando reconstruyó a Osiris.

La conservación indefinida de las almas en funcionamientos está asegurada. O mejor dicho: estará completamente asegurada el día que los hombres entiendan que para defender su lugar en la tierra les conviene predicar y practicar el malthusianismo.

Es lamentable que Morel haya escondido en esta isla su invento. Tal vez me equivoque; tal vez Morel sea un personaje famoso. Si no, como premio por comunicar el invento, yo podría alcanzar el indebido indulto de mis perseguidores. Pero si Morel no lo comunicó, lo habrá hecho alguno de sus amigos. Con todo es extraño que no se hablara de esto cuando salí de Caracas.”

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Cuando llegué a los bajos tuve un sentimiento confuso de reprobación por no haber huido el primer día, por haber querido averiguar los misterios de esa gente.

Después de la explicación de Morel me pareció que todo era una maniobra de la policía; no me perdonaba mi lentitud en comprenderlo.

Esto es absurdo, pero creo que puedo justificarlo. ¿Quién no desconfiaría de una persona que dijera: Mis compañeros y yo somos apariencias, somos una nueva clase de fotografías? En mi caso, la desconfianza es aún más justificada: Se me acusa de un crimen, he sido condenado a prisión perpetua y es posible que todavía mi captura sea la profesión de alguno, su esperanza de mejora burocrática.

Pero como estaba cansado me dormí en seguida, entre vagos proyectos de fuga. Había sido un día de mucha agitación.

Soñé con Faustine. El sueño era muy triste, muy emocionante. Nos despedíamos; venían a buscarla; se iba el barco. Después volvíamos a estar solos, despidiéndonos con amor. Lloré durante el sueño y me desperté con una inconsolable desesperanza porque Faustine no estaba y con llorado consuelo porque nos habíamos querido sin disimulo. Temí que se hubiera consumado, durante mi sueño, la partida de Faustine. Me levanté. El barco se había ido. Mi tristeza fue hondísima, fue la decisión de matarme; pero al subir los ojos vi a Stoever, a Dora y después a otros, en el borde de la colina.

No tuve necesidad de ver a Faustine. Me creía seguro: ya no me importaba que estuviera o que no estuviera.

Comprendí que era cierto lo que había dicho, horas antes, Morel (pero es posible que no lo hubiera dicho, por primera vez, horas antes, sino algunos años atrás; lo repetía porque estaba en la semana, en el disco eterno).

Sentí repudio, casi asco, por esa gente y su incansable actividad repetida. Aparecieron muchas veces, arriba, en los bordes. Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas; estar enamorado de una de esas imágenes era peor que estar enamorado de un fantasma (tal vez siempre hemos querido que la persona amada tenga una existencia de fantasma).”

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CIELO

 

Continúa…

 

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ESCRITO SOBRE EL SILENCIO

 

Extraño don del cielo es el silencio.

Sin sonido de vocalización, suena empero en acordes del alma -que le empresta no-se-qué cuerdas-; a veces es el aire mismo un muro para el entrechocar de las sílabas del éter y, otras, es ese mismo éter una inconmensurable caja sonora.

Pero ¿qué es el éter o quién ha visto –una vez siquiera- los ladrillos efímeros que componen el muro del aire?

Por momentos flota la certeza de que la única realidad es inmaterial e inmanente, que no es pasado, ni es presente, sino una brisa de eternidad, como toda brisa y toda eternidad por fin, omnipresente.

Nunca podré explicarme las simetrías augustas y matemáticamente esotéricas del judío Spinoza, ni los delirios antropomórficos del mazdeísmo germánico a-la-Nietzsche; quizá he sido superado por sus silencios, asfixiado por el trasfondo que resuena tras sus letras y se enrosca como una serpentina en el bajo cielo de una noche de carnaval. Quizá habrán sembrado tantos desiertos que los más deshabitados aún no nacieron, siendo sólo uno quien pretende escuchar lo que partitura alguna jamás albergó como síntoma de sonido, manchando -pústula de tinta- el pentagrama en el papel; o como eructo sanguiñolento las manos del viento.

Extraña música del infierno es el silencio.

Comienza escribiendo San Juan, el más joven apóstol de Nuestro Señor, en su Evangelio de edad madura: “En el principio era La Palabra”. Esta palabra sin embargo, se escribe con pé mayúscula y el artículo, como nunca, quizá, se vuelve absoluto. Así, San Juan no escribe apenas una oración más, ni una frase o expresión; ni siquiera lo que escribe es el comienzo de una descripción aunque lo aparente. San Juan dibuja en la frase un enorme dedo de letras que señalan a Dios, de modo que la palabra es el génesis de todo y también del Génesis: “Entonces dijo –hágase la luz; y la luz se hizo”.

El silencio entonces no pudo hacer nada, debido a la irresistible verdad que indica, nuevamente, que por aquel entonces no existía.

El silencio se hace de tiempo y espacio (o de espacio-temporalidad), pero se disfraza de eternidad.

El silencio sufre la indeterminación heisenbergiana: Cuando lo nombramos, al instante desaparece; cuando lo escribimos para descubrirlo ya no está donde pensamos, por el simple –y no tanto- hecho de haber sido descubierto con las mismas palabras con las que –mucho me temo- teníamos en mente descubrirlo y que, paradójicamente o no, encubren el hecho de su existencia en el mismo instante de dejarlo desnudo.

De tal modo caemos en la cuenta –tal vez apresurada o imprudentemente- de que el silencio es paradójico: Se nutre de las palabras para desplazarlas, pero sólo es la existencia previa de la palabra la que alimenta y da existencia al silencio.

“En el principio era La Palabra” dice San Juan. Luego coloca un punto y un tácito signo que simboliza al silencio.

¿Antes? No lo sabemos.

¿Cuál es el antes y el después de la eternidad? Antes y después son, con el tiempo-espacio, el silencio, la materia, la energía, la indeterminación, etc propiedades del universo. Tal vez el universo sea, me temo, una pequeña bolsa de canicas flotando en el Océano Pacífico… Quizá, como la bolsa insignificante de canicas en el océano, su destino sea terminar hundiéndose en el mar de la eternidad.

El silencio es, apenas, el espacio que envuelve las canicas en la pequeña bolsa de marras. El silencio es causado por la ausencia de palabras y, desnudo de éstas, es el portador de la paradoja, el hondo trasfondo o el mismo bajofondo donde chapotean, en el barro sublevado, los renacuajos innombrables e innumerables de la relación finito-infinito de nuestra profunda humanidad en la dialéctica kierkegaardiana.

Me siento, a esta altura, incapaz de predecir lo que haga dentro de un instante la palabra, por más que la piense. Es tan creativa y creadora, que no resiste otro fin que el de seguir creando mundos y, aún, creándonos en el mundo para ser-en-el-mundo.

Puedo empero predecir el silencio, abismal y abismado: Su monotonía de trasiego, su rutina, su choque imaginario consigo mismo (aún a fuerza de no ser-sí-mismo), hacen que pueda predecirlo emergiendo al final de la firma con la que se cierran estas palabras.

 

 

Ezequiel   Olivary

 

 

NO TE NIEGUES

 

 

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No te abras la piel,

no traces surcos espirales

con tus dedos en el aire.

 

No desayunes grises informes

del estado deplorable

de la humanidad presente.

 

No te quites las ganas

ni te quites la vida

ni te quites el alma en una despedida.

 

No te mires al espejo si

-como perros o monos-

verás la extraña imagen de otro.

 

No dejes de mirarte al espejo

ni de peinarte las ideas,

ni dejes de despeinar las ganas.

 

No te aburras del absurdo.

No te vacíes tan rápido te colmes,

ni te sientas colmado, digamos, jamás.

 

No des consejos que no puedas tomar,

ni tomes aquello que no podrías dar,

ni mires sin ver y sin ganas de mirar.

 

No dejes de escribir ni de rezar

porque no estamos a salvo de nada:

ni de escribir, ni de rezar. Ni de vivir.

 

No te abras y no te cierres.

No rías, ni gimas, ni putees sin ganas verdaderas.

No te quedes quieto en la escalera.

 

No afirmes lo que firmemente no habrías firmado,

ni te titules, ni te rotules, ni te postules:

Al final y por principio, no te niegues…

 

 

 

 

Ezequiel  Olivary

MERCEDES SOSA: Simplemente, hasta la próxima, querida “Negra” …

 

EN LA PAMPA DEL ALMA

(In memoriam Mercedes Sosa)

 

 

 

Ha enmudecido el aire,

sin requiebros la sinfonía

de madrugadas y rocíos

cobra nueva cuota de orfandad.

Ha callado la voz polvorienta

de los caminos solitarios

y la hierba verdea la noche

entre tonos cenizas

y una lluvia de melancolía

que no cesará ya.

 

Pero el paso de tu cantar

por el aire de nuestro tiempo,

la memoria que ondula

como bandera al viento,

su color libertad,

permanece como tu vida

en nuestros oídos,

en la pampa del alma

que es el único cofre

que puede contener tu existencia

y perfumar las flores nacientes

cuando despunte, como ésta,

cada nueva primavera.

 

Te has ido

y algo de nosotros se fue contigo.

Te has ido

y todo tu ser aún canta con nosotros.

Te has ido

y el mejor adiós es decirte “hasta siempre”.

 

 

 

Ezequiel  Olivary

 

 

ESTELA

 

 

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Gorriones en la noche,

tus ojos negros

vuelan dentro del corazón

dejando por todo rastro

la inconfundible estela

de invisibles plumas:

Ese rastro al que muchos

llaman amor.

 

 

Ezequiel Olivary

MÚSICA DE LLUVIA

 

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Cae la lluvia

y sin más remedio

se viste la piel del cielo

de grises y azules

jugando y bailando

nube contra nube

y contra el suelo

entre relámpagos

truenos y destellos.

 

 

 

Cae la lluvia

como invitación a la vida

refrescando la tarde

socorriendo el verdor del prado

y las aguas del río.

 

 

 

Cae la lluvia

entre claroscuros

y la brisa caprichosa y fresca

acaricia el asfalto

lavando la ciudad de suciedad

purificando miserias

entronizando la renovación

que aunque sólo sea en la ilusión

nos blanquea de ánimos la sonrisa.

 

 

 

Cae la lluvia

y al caer, lenta, gota por gota,

deja un reguero musical en el aire,

un tintineo de naturaleza

que nos moja el alma de esperanza.

 

 

 

 

 

Ezequiel  Olivary

EXPLOSIÓN DEL CEREAL

 

 Buscadme en el cereal,

en cada estrella perdida,

en cada noche

aparentemente vacía.

Buscadme en lontananza

allende el horizonte

aquende la serranía…

 

Ah, mi serranía mineral!

Ah, mi serranía azul!!

Olas de piedra color del cielo,

de espuma color del silicato.

Buscadme allí donde estoy

allí donde estaré siempre,

buscando a Dios en cada malva,

buscando al hombre

en la profundidad de su sacrificio.

  

Buscadme en el cereal y la rosa,

buscadme entre alfalfas y abejas,

en el cantar del arroyo de cristal

que se lleva la nieve de octubre

y me trae de nuevo a nacer en el mundo.

Me trae de nuevo a ser-en-el-mundo.

  

Pero… mejor, no

Mejor no me busquéis…

Es mejor que busquéis

dentro de vosotros ese niño,

esa niña, esa estrella, ese pájaro, ese mineral…

que busquéis dentro de vosotros

ése que en verdad sois,

ese corazón que sois, cada uno…

Mejor, no me busquéis…

Si quisierais hallarme, buscaos por dentro,

buscaros en vuestra poesía no-escrita,

en vuestra música de humanidad sin partituras

ni particiones ni partisanos sentires.

  

A mi, no me busquéis…

No me busquéis sino en el cereal,

o la madrugada, o el pétreo mar azul

do el cielo se derrama en sierras

sobre la piel del planeta.

  

Mi sonrisa… mi sonrisa estará en cada uno de vosotros

cuando buscándoos, os halléis entre arreboles tardíos

de primaveras cercanas y esperanzas prestas.

  

Os dejo mi sonrisa y con ella

os dejo mi ser y mi estar y mi transitar.

En cada mujer, en cada hombre, en cada día

que se amanece niño o niña,

allí, amigos, habremos de encontrarnos

en esta amistad,

en esta hermandad,

en este pedacito de paraíso que ha querido Dios

regalarnos derramándose desde una cruz de madera,

refulgente desde una resurrección luminosa.

  

Allí estaré, con todos, para todos.

Aquí seguiré, respirando mi poesía

sintiendo que la vida vale la pena

y que este mundo

con sus sufrimientos e injusticias,

aún es capaz de explotar en amor y belleza.

 

 Y no tengáis dudas

ni más dolores que los del día…

Estaremos juntos

porque así como cada espiga guarda mil sonrisas

y el arroyo se lleva mil lágrimas,

nuestras voces cantarán con el viento

este canto de humanidad

que hemos construidos

desde la primera piedra tallada

desde el arpón pulido en hueso

desde las manos en la pared pintadas

a fuerza de escupitajos de hierro.

 

 Mientras tanto… mientras transcurre el día…

no me busquéis… estaré en la cebada,

estaré en el manantial cristalino,

estaré en cada mirada

y mi nombre, el que queráis invocar,

siempre se llamará “esperanza”.

 

 

 

Ezequiel  Olivary

 

 

Nocturno