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ADOLFO BIOY CASARES: JUGANDO A LA RAYUELA CON LA ETERNIDAD

 

Los fragmentos que siguen pertenecen a la muy conocida y brillantemente enigmática obra de Adolfo Bioy Casares (nacido y muerto en Buenos Aires, Argentina 1914-1999) “La invención de Morel”, creada en 1940.

La alteración en la secuencia es un atrevimiento que me he tomado, en el pleno deleite de seguirle el juego a Bioy dando saltitos por el tiempo… Si me acompañan, intentaremos llegar como corresponde al cielo, es decir, con una simple piedrecita, un par de pies saltarines, nuestra infancia rediviva y la espectral complicidad de Bioy Casares (sin descontar, ciertamente, que a nuestro ángel de la guarda también le gusta jugar rayuela con ciertas historias de amor, tiempo, eternidad y ¿por qué no? navegar la virtualidad).

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1

 

“Mi vida no es atroz. Si dejo las intranquilas esperanzas de partir en busca de Faustine, puedo acomodarme al destino seráfico de contemplarla.

Está ese camino: Vivir, ser el más feliz mortal.

Pero la condición de mi dicha, como todo lo humano es inestable. La contemplación de Faustine podría –aunque no pueda tolerarlo, ni aún como pensamiento- interrumpirse:

Por una descompostura de las máquinas (no sé arreglarlas); por alguna duda que podría sobrevenir y arruinarme este paraíso (debo reconocer que hay, entre Morel y Faustine, conversaciones y ademanes capaces de inducir en error a personas de carácter menos firme); por mi propia muerte.

La verdadera ventaja de mi solución es que hace de la muerte el requisito y la garantía de la eterna contemplación de Faustine.”

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2 - 3

 

Morel se enfurecería si yo hiciera público el invento. Esto es seguro y no creo que pueda evitarse con elogios. Sus amigos se agruparían bajo una común indignación (también Faustine). Pero si ésta se hubiera disgustado con él –no compartía las risas durante el discurso- tal vez se aliara conmigo.

Queda la hipótesis de la muerte de Morel. En ese caso, alguno de sus amigos habría difundido el invento. Si no, tendríamos que suponer una muerte colectiva, una peste, un naufragio. Todo increíble; pero queda inexplicado el hecho de que no se tuviera noticia del invento cuando yo salí de Caracas.

Una explicación podría ser que le hayan creído, que Morel estuviera loco, o, mi primera idea, que todos estuviesen locos, que la isla fuera un sanatorio de locos.

Estas explicaciones requieren tanta imaginación como la epidemia o el naufragio.

Si llegara a Europa, a América o al Japón, pasaría un tiempo difícil. Cuando empezara a ser un charlatán famoso –antes de ser un inventor famoso- vendrían las acusaciones de Morel y, tal vez, una orden de arresto, desde Caracas. Lo que sería más triste es que me pusiera en ese trance el invento de un loco.

Pero debo convencerme: no necesito huir. Vivir con las imágenes es una dicha. Si llegan los perseguidores, se olvidarán de mí ante el prodigio de esta gente inaccesible. Me quedaré.

Si encontrara a Faustine, cómo la haría reír contándole todas las veces que he hablado, enamorado y sollozando, a su imagen. Considero que este pensamiento es un vicio: lo escribo para fijarle límites, para ver que no tiene encanto, para dejarlo.”

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4

 

Todavía no he logrado detener los motores. Me duele la cabeza. Leves ataques de nervios, que pronto domino, me sacan de una somnolencia progresiva.

Tengo la impresión, indudablemente ilusoria, de que si pudiera recibir un poco de aire de afuera no tardaría en resolver estos problemas. He arremetido contra el tragaluz; es invulnerable, como todo lo que me encierra.

Me repito que la dificultad no se halla en mi sopor ni en la falta de aire. Estos motores deben ser muy difer5entes de todos los otros. Parece lógico suponer que Morel los haya diseñado de manera que no los entienda el primero que llegue a la isla. Sin embargo, la dificultad de manejarlos ha de consistir en diferencias con otros motores. Como yo no entiendo ninguno, esa mayor dificultad desaparece.

Del funcionamiento de los motores depende la eternidad de Morel; puedo suponer que son muy sólidos; debo contener, pues, mi impulso de romperlos a golpes. Sólo conseguiré cansarme y malgastar el aire. Para contenerme, escribo.

Si a Morel se le hubiera ocurrido grabar los motores…”

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5 – 6

 

“Stoever preguntó:

-¿puedes mostrarnos esas primeras imágenes?

-Si ustedes me lo piden, cómo no; pero les advierto que hay fantasmas ligeramente monstruosos – contestó Morel

-Muy bien –dijo Dora-. Que los muestre. Un poco de diversión nunca es malo.

-Yo quiero verlos –Stoever continuó- porque recuerdo unas muertes inexplicadas, en la casa Schwachter.

-Te felicito –dijo Alec, saludando-. Hemos encontrado un creyente.

Stoever respondió con seriedad:

-Idiota, ¿no has oído?: Charlie también fue tomado. Cuando Morel estaba en Sankt Gallen empezaron a morirse los empleados de la casa Schwachter. Yo vi las fotografías en revistas. Los reconoceré.

Morel, tembloroso y amenazador, salió del cuarto. Hablaban a gritos:

-Ahí tienes –dijo Dora- Lo has ofendido. Hay que ir a buscarlo.

-Parece mentira que hayas hecho eso con Morel.

Stoever insistió:

- Pero ustedes no comprenden!

- Morel es nervioso. No veo que necesidad había de insultarlo.

- Ustedes no comprenden –Stoever gritó enfurecido-. Con su máquina ha tomado a Charlie, y Charlie ha muerto; ha tomado a empleados de la casa Schwachter, y hubo muertes misteriosas de empleados. Ahora dice que nos ha tomado a nosotros!

-Y no estamos muertos –dijo Irene

-Él también se tomó

-¿no hay quien entienda que todo es una broma?

-El mismo enojo de Morel. Yo nunca lo vi enojado.

-Sin embargo Morel se ha portado mal –dijo el de los dientes salidos-. Pudo avisarnos.

-Voy a buscarlo –dijo Stoever

-Te quedas –gritó Dora.

-Iré yo –dijo el de los dientes salidos.

-No a insultarlo; a pedirle que nos disculpe y que siga.

Se agolparon alrededor de Stoever. Trataban de calmarlo, excitados.

Después de un rato volvió el hombre de los dientes:

-No quiere venir. Nos pide que lo disculpemos. Fue imposible traerlo.

Salieron Faustine, Dora, la mujer vieja.

Después no quedaron sino Alec, el de los dientes, Stoever e Irene. Parecían tranquilos, de acuerdo, serios. Se fueron.

Oí hablar en el hall, en la escalera. Se apagaron las luces y la casa quedó en una lívida luz de amanecer. Esperé, alerta. No había ruidos, no había casi luz ¿La gente habría ido a acostarse? ¿O estaba al acecho, para capturarme? Estuve ahí, no sé cuanto tiempo, temblando, hasta que empecé a caminar (creo que para oír mis pasos y tener testimonio de alguna vida) sin advertir que hacía, tal vez, lo que mis presuntos perseguidores habían previsto.

Fui hasta la mesa, guardé los papeles en el bolsillo. Pensé, con miedo, que el cuarto no tenía ventanas, que debía pasar por el hall. Caminé con una extrema lentitud; la casa me parecía ilimitada. Estuve inmóvil en la puerta del hall. Por fin, caminé despacio, en silencio, hasta una ventana abierta; salté y me vine corriendo.”

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7

Agregaré a continuación las páginas (de los papeles amarillos) que Morel no leyó:

Ante la imposibilidad de ejecutar mi primer proyecto –llevarla a casa y tomar una escena de felicidad mía o recíproca- concebí otro que es, seguramente, mejor.

 

Descubrimos esta isla en las circunstancias que ustedes conocen. Tres condiciones me la recomendaron: 1ª las mareas; 2ª los arrecifes; 3ª la luminosidad.

 

La regularidad ordinaria de las mareas lunares y la abundancia de mareas meteorológicas aseguran un servicio casi constante de fuerza motriz. Los arrecifes son un vasto sistema de murallas contra invasores; un hombre los conoce; es nuestro capitán McGregor; he cuidado que no vuelva a arriesgarse en estos peligros. La clara, no deslumbrante, luminosidad, permite esperar una merma verdaderamente exigua en la captación de imágenes.

 

Les confieso que, una vez descubiertas estas generosas virtudes, no dudé en invertir mi fortuna en la compra de la isla y en la construcción del museo, de la iglesia, de la pileta. Alquilé ese barco de carga que ustedes llaman el yatch, para que nuestra venida fuera más agradable.

 

La palabra museo, que uso para designar esta casa, es una sobrevivencia del tiempo en que trabajaba los proyectos de mi invento, sin conocimiento de su alcance. Entonces pensaba erigir álbumes o museos, familiares y públicos de éstas imágenes.

 

Ha llegado el momento de anunciar: Esta isla, con sus edificios, es nuestro paraíso privado. He tomado algunas precauciones –físicas, morales- para su defensa: creo que lo protegerán. Aquí estaremos eternamente –aunque mañana nos vayamos- repitiendo consecutivamente los momentos de la semana y sin poder salir nunca de la conciencia que tuvimos en cada uno de ellos, porque así nos tomaron los aparatos; esto nos permitirá sentirnos en una vida siempre nueva, porque no habrá otros recuerdos en cada momento de la proyección que los habidos en el correspondiente de la grabación, y porque en el futuro, muchas veces dejado atrás, mantendré siempre sus atributos.

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“Estuve leyendo los papeles amarillos. Encuentro que distinguir por las ausencias –espaciales o temporales- los medios de superarlas lleva a confusiones. Habría que decir, tal vez: Medios de alcance y medios de alcance y retención. La radiotelefonía, la televisión, el teléfono, son, exclusivamente de alcance; el cinematógrafo, la fotografía, el fonógrafo –verdaderos archivos- son de alcance y retención.

Todos los aparatos de contrarrestar ausencias son, pues, medios de alcance (antes de tener la fotografía o el disco hay que tomarla, grabarlo).

Asimismo, no es imposible que toda ausencia sea, definitivamente, espacial… En una parte o en otra estarán, sin duda, la imagen, el contacto, la voz, de los que ya no viven (nada se pierde..).

Queda insinuada la esperanza que estudio y por la que he de ir al sótano del museo, a mirar las máquinas.

Pensé de los que ya no viven: Alguna vez pescadores de ondas los congregarán, de nuevo, en el mundo. Tuve ilusiones de alcanzar algo yo mismo. Tal vez, de inventar un sistema para recomponer las presencias de los muertos. Quizá pudiera ser el aparato de Morel con un dispositivo que le impidiera captar las ondas de los emisores vivientes (de mayor relieve, sin duda).

La inmortalidad podrá germinar en todas las almas, en las descompuestas y en las actuales.

Pero, ay!, los más recientes muertos nos asomarán a tantos bosque de remanencias como los más antiguos. Para formar un solo hombre ya disgregado, con todos sus elementos y sin dejar entrar ninguno extraño, habrá que tener el paciente deseo de Isis, cuando reconstruyó a Osiris.

La conservación indefinida de las almas en funcionamientos está asegurada. O mejor dicho: estará completamente asegurada el día que los hombres entiendan que para defender su lugar en la tierra les conviene predicar y practicar el malthusianismo.

Es lamentable que Morel haya escondido en esta isla su invento. Tal vez me equivoque; tal vez Morel sea un personaje famoso. Si no, como premio por comunicar el invento, yo podría alcanzar el indebido indulto de mis perseguidores. Pero si Morel no lo comunicó, lo habrá hecho alguno de sus amigos. Con todo es extraño que no se hablara de esto cuando salí de Caracas.”

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9

 

Cuando llegué a los bajos tuve un sentimiento confuso de reprobación por no haber huido el primer día, por haber querido averiguar los misterios de esa gente.

Después de la explicación de Morel me pareció que todo era una maniobra de la policía; no me perdonaba mi lentitud en comprenderlo.

Esto es absurdo, pero creo que puedo justificarlo. ¿Quién no desconfiaría de una persona que dijera: Mis compañeros y yo somos apariencias, somos una nueva clase de fotografías? En mi caso, la desconfianza es aún más justificada: Se me acusa de un crimen, he sido condenado a prisión perpetua y es posible que todavía mi captura sea la profesión de alguno, su esperanza de mejora burocrática.

Pero como estaba cansado me dormí en seguida, entre vagos proyectos de fuga. Había sido un día de mucha agitación.

Soñé con Faustine. El sueño era muy triste, muy emocionante. Nos despedíamos; venían a buscarla; se iba el barco. Después volvíamos a estar solos, despidiéndonos con amor. Lloré durante el sueño y me desperté con una inconsolable desesperanza porque Faustine no estaba y con llorado consuelo porque nos habíamos querido sin disimulo. Temí que se hubiera consumado, durante mi sueño, la partida de Faustine. Me levanté. El barco se había ido. Mi tristeza fue hondísima, fue la decisión de matarme; pero al subir los ojos vi a Stoever, a Dora y después a otros, en el borde de la colina.

No tuve necesidad de ver a Faustine. Me creía seguro: ya no me importaba que estuviera o que no estuviera.

Comprendí que era cierto lo que había dicho, horas antes, Morel (pero es posible que no lo hubiera dicho, por primera vez, horas antes, sino algunos años atrás; lo repetía porque estaba en la semana, en el disco eterno).

Sentí repudio, casi asco, por esa gente y su incansable actividad repetida. Aparecieron muchas veces, arriba, en los bordes. Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas; estar enamorado de una de esas imágenes era peor que estar enamorado de un fantasma (tal vez siempre hemos querido que la persona amada tenga una existencia de fantasma).”

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CIELO

 

Continúa…

 

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