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ESCRITO SOBRE EL SILENCIO
Extraño don del cielo es el silencio. Sin sonido de vocalización, suena empero en acordes del alma -que le empresta no-se-qué cuerdas-; a veces es el aire mismo un muro para el entrechocar de las sílabas del éter y, otras, es ese mismo éter una inconmensurable caja sonora. Pero ¿qué es el éter o quién ha visto –una vez siquiera- los ladrillos efímeros que componen el muro del aire? Por momentos flota la certeza de que la única realidad es inmaterial e inmanente, que no es pasado, ni es presente, sino una brisa de eternidad, como toda brisa y toda eternidad por fin, omnipresente. Nunca podré explicarme las simetrías augustas y matemáticamente esotéricas del judío Spinoza, ni los delirios antropomórficos del mazdeísmo germánico a-la-Nietzsche; quizá he sido superado por sus silencios, asfixiado por el trasfondo que resuena tras sus letras y se enrosca como una serpentina en el bajo cielo de una noche de carnaval. Quizá habrán sembrado tantos desiertos que los más deshabitados aún no nacieron, siendo sólo uno quien pretende escuchar lo que partitura alguna jamás albergó como síntoma de sonido, manchando -pústula de tinta- el pentagrama en el papel; o como eructo sanguiñolento las manos del viento. Extraña música del infierno es el silencio. Comienza escribiendo San Juan, el más joven apóstol de Nuestro Señor, en su Evangelio de edad madura: “En el principio era La Palabra”. Esta palabra sin embargo, se escribe con pé mayúscula y el artículo, como nunca, quizá, se vuelve absoluto. Así, San Juan no escribe apenas una oración más, ni una frase o expresión; ni siquiera lo que escribe es el comienzo de una descripción aunque lo aparente. San Juan dibuja en la frase un enorme dedo de letras que señalan a Dios, de modo que la palabra es el génesis de todo y también del Génesis: “Entonces dijo –hágase la luz; y la luz se hizo”. El silencio entonces no pudo hacer nada, debido a la irresistible verdad que indica, nuevamente, que por aquel entonces no existía. El silencio se hace de tiempo y espacio (o de espacio-temporalidad), pero se disfraza de eternidad. El silencio sufre la indeterminación heisenbergiana: Cuando lo nombramos, al instante desaparece; cuando lo escribimos para descubrirlo ya no está donde pensamos, por el simple –y no tanto- hecho de haber sido descubierto con las mismas palabras con las que –mucho me temo- teníamos en mente descubrirlo y que, paradójicamente o no, encubren el hecho de su existencia en el mismo instante de dejarlo desnudo. De tal modo caemos en la cuenta –tal vez apresurada o imprudentemente- de que el silencio es paradójico: Se nutre de las palabras para desplazarlas, pero sólo es la existencia previa de la palabra la que alimenta y da existencia al silencio. “En el principio era La Palabra” dice San Juan. Luego coloca un punto y un tácito signo que simboliza al silencio. ¿Antes? No lo sabemos. ¿Cuál es el antes y el después de la eternidad? Antes y después son, con el tiempo-espacio, el silencio, la materia, la energía, la indeterminación, etc propiedades del universo. Tal vez el universo sea, me temo, una pequeña bolsa de canicas flotando en el Océano Pacífico… Quizá, como la bolsa insignificante de canicas en el océano, su destino sea terminar hundiéndose en el mar de la eternidad. El silencio es, apenas, el espacio que envuelve las canicas en la pequeña bolsa de marras. El silencio es causado por la ausencia de palabras y, desnudo de éstas, es el portador de la paradoja, el hondo trasfondo o el mismo bajofondo donde chapotean, en el barro sublevado, los renacuajos innombrables e innumerables de la relación finito-infinito de nuestra profunda humanidad en la dialéctica kierkegaardiana. Me siento, a esta altura, incapaz de predecir lo que haga dentro de un instante la palabra, por más que la piense. Es tan creativa y creadora, que no resiste otro fin que el de seguir creando mundos y, aún, creándonos en el mundo para ser-en-el-mundo. Puedo empero predecir el silencio, abismal y abismado: Su monotonía de trasiego, su rutina, su choque imaginario consigo mismo (aún a fuerza de no ser-sí-mismo), hacen que pueda predecirlo emergiendo al final de la firma con la que se cierran estas palabras.
Ezequiel Olivary
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