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日志


EN LA QUIETUD DE LA NOCHE

Los álamos desafían la calma
endémica del aire
para mecer las ramas
como acunando vientos
y con el aplauso sonoro
de las hojas
pueblan el espacio de ondas
de murmullos
de distantes
y entrecortados ecos.
 
El alma, en estas horas,
parece dormir un sueño
de sonidos, flotando
dentro del cuerpo
que niega darse paz
con sólo cerrar los párpados
al mundo.
Sólo Dios sabe si la noche
del cañaveral sombrío y sonoro
podría albergar tanta oscuridad
como ésta que sobre la cabeza
explota en un trasiego de estrellas
que detrás de la cortina
se niegan a salir a escena.
 
En algún lugar del mundo
las doce han dado
y sereno.
 
En algún rincón del alma
se esconde la ilusión
para descansar, un rato, su vuelo.
 
 
 
Ezequiel  Olivary
 

SOÑAR... SOÑAR...

 

 
 

Muchas veces estamos tentados, a lo largo de la vida, a bajar los brazos, dejar que la corriente nos arrastre, abandonarnos a esta entelequia que llamamos destino (como sinónimo de fatalidad, aquel fatum romano que se decidía hurgando entre las entrañas de las aves, para descubrir qué tan nefasta o que tan auspiciosa podría ser la jornada).

Muchos extraños augures modernos hurgan el destino en los más insólitos lugares: Desde la borra del café hasta la siempre dudosa interpretación de un sueño. Como fuera, estos augures y sus afines, creen poder determinar lo indeterminable, definir un orden concreto en el caos...

Si bien no afilio a las restricciones que impone la probabilística, tampoco al "alacraneo" del mar de las dudas impuestas por supuestas interpretaciones del destino...

¿A qué afilio?

A no dejar caer los brazos al costado del cuerpo, a no detener los pasos (o llevarlos sin rumbo, para cualquier lado, el primero que se presente... que es casi lo mismo); a no permitir que una pesadilla o mil juntas tapen un sueño en ciernes.

"Credendo, vide" viene a ser el aserto de quienes pensamos distinto del "ver para creer". El creyente ve con su propia fe.

Claro es que, como buenos humanos, algunas veces menudo chasco nos llevamos... otras, la habilidad o la malicia de eventuales burladores (¿burlones?) logran dar cuentas de nuestra miopía... Pero miopía no es ceguera. Y aún miope, quien cree en la vida, ve; jamás se entrega.

Como siempre digo en estos casos, no sé a ciencia cierta qué cosa sea el destino... pero creo que cada uno de nosotros es responsable de su libertad, y constructor de su propia felicidad (o infelicidad, aunque para muchos, la "culpa siempre es del otro" como cantaría Serrat).

A pesar de todas estas cavilaciones, no puedo dejar de pensar que hay coincidencias en la vida que son inestimables, incalculables, impredecibles. Coincidencias más rayanas al milagro que a la probabilística. Pequeños grandes milagros, pequeños grandes encuentros que muy posiblemente nos cambian la vida para siempre.

Y que como en este mismo instante, me llevan a sentirme feliz. Plenamente feliz. Por no bajar los brazos, por no dejarme comer por la tristeza ni la mezquindad, ni el egoísmo. Feliz por descubrir, acaso, bien tomadas muchas de mis decisiones en la vida y, más feliz aún, por haber descubierto un aprendizaje útil y sano de los errores pasados.

Quizá esta felicidad presente tenga mucho que ver con ir realizando poco a poco los sueños; ver con el alma ("credendo, vide") y de a poco ir construyendo con cada realización la felicidad futura.

Futuro que no tiene garantías, pero la esperanza y la fe no necesitan de la mezquindad de garantías para caminar permanentemente hacia el horizonte. Tropiezan, caen y se levantan para seguir caminando.

Felicidad, esta, mía, que no es sólo mía y que, como toda felicidad, como toda esperanza, como toda fe, es compartida.

Hace un mes, poco más, poco menos, miraba al cielo y sólo me quedaba llorar.

Hoy miro al cielo y no puedo dejar de sonreir, de respirar y de sentir que la vida recién empieza...

Me quedo, en el final de estas líneas catárticas y felices, con una imagen proveniente de una película argentina de los ´90, que nunca me cansaré de ver, no sólo por los actores, sino por el trasfondo mismo de la peli: "Caballos salvajes"

En ella, el personaje central, interpretado por Héctor Alterio, en un pasaje importante de la película, se para sobre una loma, extiende los brazos, como queriendo volar y grita a voz de cuello, pleno de felicidad:  

"¡¡La gran puta!!... ¡¡que vale la pena estar vivo!!..."  

Hoy extiendo los brazos, miro al cielo y sé que es un día más que especial para celebrar la vida.  

Y para darte gracias por la vida, Dios mío.

 

Ezequiel Olivary

LA BIENVENIDA

 

Asomo

sol

sobre tus pechos

colinas

continente

de mis encantos.

Asomo

luna

sobre tu almohada

océano

de bravías olas

cargadas con tus sueños.

Asomo

mirada

frente a tus ojos negros

y veo

en el hondo trasfondo

de tu mirar

todas las rosas

que desde tu primavera

amor

me esperaban

 

 

Ezequiel  Olivary

SE ENTERARÍA EL CIELO

 

 
 

A cada respiro

el aire a bocandas

o a brisas de suspiro

toca el amor al que ama el candor.

 

A cada nota que vibra

en el aire de la tarde

entre millares de gotas de luz

como finos cristales...

 

...invisibles, inasibles, etereos,

transporta el reflejo

de unos ojos negros,

de tu mirada.

 

Y si fuera posible

que en el aire

un colchón de espuma

de la mar, volara...

 

...y si fuera posible

escuchar la melodía

de la primavera,

de la melancolía...

 

...entonces sabría el cielo

que es sobrehumano

este desvelo, que es imposible

amar como te amo a ti.

 

Entonces sabría el cielo

por qué naufraga mi barca

-mientras voy sonriendo-

en el mar de tus ojos negros.

 

 

Ezequiel  Olivary

POR EL SENDERO DE LA VIDA

 

 

 

Es la vida el sendero

en el que los pies de la esperanza

abren surcos

sobrepasando obstáculos

superando adversidades

mitigando dolores

aniquilando fantasmas.

Por amor esos pies caminan;

Por amor esa esperanza, respira.

Por amor, al fin, tiene sentido

la existencia del sendero mismo

al que llamamos vida.

 

 

 

Ezequiel  Olivary

LA DONCELLA, EL SAPO Y EL PRÍNCIPE

 

 

La leyenda no oficial cuenta, que en una lejana tierra vivía un príncipe al que sus súbditos creían loco; sucede que recorría los caminos por jornadas enteras, lejos de su palacio, en medio de la salvaje naturaleza, preguntando a cuanto caminante cruzaba:

-¿Sabeis, por fortuna, cuál es el hechizo que convierte a un príncipe en sapo?...

La mayoría no le prestaba al loco atención, hasta que una muchacha le cruzó un día y a su requisitoria preguntó:

-¿para qué quiere el príncipe saberlo? Todo tiene en su palacio y el humilde sapo, la ciénaga.

El joven príncipe la miró sonriente y le contestó:

-No hay tesoro en el mundo, ni palacio, ni dicha pasajera, que pagar pueda el beso de tan noble y delicada doncella... Así, con la humildad del sapo de la ciénaga, atraerá su piedad mi suerte y, con su beso seré príncipe en un reino, cuyo palacio habite en su corazón...

Nadie conoce hasta el presente el final de la historia y, como me gustan los finales abiertos, en el cine, la novela o los cuentos de hadas, pues, dejemos que la historia no oficial del príncipe el sapo y la doncella siga abierta... que no hay mejor final para una historia como estas que no tener final...

 

Ezequiel  Olivary

 

SIN PALABRAS

  

EPÍGRAFE

 

 
 

 

Qué es la poesía

sino un ramillete de flores,

un manojo de sentimientos.

Qué es la poesía

sino silencio parlante

mirada trashumante.

 

 

Qué es la poesía

sino el alma de lo inevitable

ese recuerdo que llamamos olvido.

Qué es la poesía

sino una parte de uno mismo

que se ha derramado sobre el papel.

 

 

Qué es la poesía

sino la pena misma exorcizada

aquello que no se compra ni se vende.

Qué es la poesía

sino estar enamorado del amor

y sufrir en silencio con el sufriente.

 

 

 

Qué es la poesía

sino un canto de libertad

a la libertad misma.

 

 

 

La poesía no posee ni aprisiona.

La poesía no se burla del otro

ni hace mofa del sentir.

La poesía no conoce de envidias

ni de mezquindades, ni de malicia.

 

 

He visto poesía pretendida y pretenciosa

jugar a los límites del odio

volcando su rabia ciega sobre los versos

y también poesía simple

desprovista de arabescos

cantándole a la vida en un sólo trino.

 

 

El poeta es siempre delirante

tan esquizofrénico como el filósofo

el pintor, el escultor, el músico, el artesano.

El poeta es el padre del historiador,

el abuelo del historiógrafo y del comediante.

Y como todos ellos, la víctima de los sicologismos

de una sociedad que ha descartado la poesía

por no tener valor de reventa...

 

 

El poeta es ese ser, un tanto extraño

un tanto extravagante, que nunca es normal

porque las modas no lo normalizan

ni lo ajustan cinturones ni cinchas.

Es ese ser que vuelca el contenido de la vida

sobre la vida misma, en crudo o endulzado,

porque su silencio no puede callarse:

El poeta grita en silencio su silencio alimenticio.

 

 

Pero una cosa es escribir poesía

y otra cosa es hacer poesía.

No cualquier escribiente es escritor

ni cualquier escritor es poeta

ni cualquier poeta es poeta.

 

 

La poesía se vive.

La poesía se muere.

 

 

La poesía se ríe del tiempo y todo el existenciario.

La poesía se ríe, al fin, del propio poeta

riéndose con el poeta.

 

 

La poesía es tan inasible como el aire

o como la propia relación

entre nuestra mediatez e inmediatez.

La poesía no se nos pone a existir en los labios,

sino que nos consiste

y es nuestros labios mismos.

 

 

 

A veces tengo la sensación

de no estar haciendo poesía

sino de estar muriendo en versos.

 

 

Ezequiel  Olivary

DIÓGENES Y EL LINYERA

 

Alguien me contó, hace un tiempo, no recuerdo cuánto, una historia que le adjudican a Diógenes -según quien me lo contó, y cuyo nombre tampoco recuerdo. 

Cuentan que Diógenes se encontró, al caer la tarde de un día incierto de nubes señoreándose por el cielo griego, con un vagabundo -que en la Argentina recibe el nombre vulgar de linyera- que se quejaba, en voz alta, doliente de su tristeza; acercándose, Diógenes comenzó a preguntar al linyera acerca de sus pesares.

¿Ves estos harapos?, dijo el linyera. Pues era yo un noble que en desgracia ha caído y maltratado ha la vida, con sinnúmero de ingratitudes de aquellos que de mis favores se beneficiaron y con mi vino se deleitaron.

Ni agua me acercan quienes, al pasar cruelmente, hoy me desprecian, olvidándose que de mi mesa comienron y hasta el cansancio las delicias de mis platos alabaron.

Ah, destino cruel!!... continuaba quejumbroso el linyera; mira, oh, sabio, este salobre alimento que entre mis manos tengo; apenas es un amargo tallo el que queda y comer no puedo; lo apetecible es la semilla astringente que masticar me ves, mientras eres testigo de mi pena.

¿Dime, sabio Diógenes?, inquirió lóbregamente el linyera ¿Conoces a alguien que, para su mala fortuna, sea más desgraciado que yo, más indigno que este pobre vagabundo que contigo habla?

Diógenes lo miró a los ojos, un tanto desconcertado, hasta que reparó en un hombre misérrimo pese a su físico obeso y aparente juventud, que venía encorvado, como una sombra detrás de ellos.

Tomando un respiro, Diógenes -según narra esta historia que le atribuyen desconocidos sempiternos difusores- le dijo con naturalidad al linyera

- No te creas más indigno que nadie, ni más miserable. Tu has sido generoso y aunque los otros tus manjares alabados otrora, hoy ingrata y cruelmente olvidan, permanecen las delicias en tu alma, ya que no hay manjar en ninguna mesa que sea más delicioso que el condimento que a todo en la vida un alma generosa y confiada le pone.

Deja pues, que las dulces frutas de tu ánimo te hagan sentir el sabor de quien eres, y no de quien otros creen o dicen o desprecian... No te guíes de quien te ha hecho menester, sino de tu mano tendida; no te guíes de quien vanidosamente se ufana de lo que no es ni tiene y tampoco reputa...

Y... ¿de qué me sirve tal cosa, maestro? dijo el linyera... no respondes a mi pregunta ¿Hay alguien más indigno y miserable que yo en este momento?

¡¡Si!! -contestó Diógenes enérgicamente. Sólo echa una mirada detrás de tí. Verás ese hombre en apariencia joven y obeso, que detrás de tu sombra acecha y se encorva ¿puedes verlo?

Apenas puedo verlo -repuso el linyera

Pues bien, dijo Diógenes, ese hombre ha estado siguiéndote con sigilo esperando comer las sobras que tu le dejas del amargo tallo que tu noble paladar no merece...

¿Qué peor miseria, qué peor indignidad -finalizó Diógenes- que contentarse con las amargas sobras de los desechos ajenos, antes que buscar mejores frutos para el propio paladar?

 

 

Realmente no sé si será cierta esta historia que le adjudican a Diógenes y que otros, quizá el Infante don Juan Manuel, también a su modo han difundido.

Lo que es cierto, es que resulta siempre mejor tener apenas una lucesita pequeña pero propia, antes que estar mendigando de las sobras que dejan los deshechos de las sombras ajenas...

Dedicatoria:  A quienes viven con dignidad y no se contentan con sobras de banquetes ajenos.

 

 

 

Ezequiel  Olivary

GUIRNALDAS

 

 

Todo mi día

se ilumina de vos;

a vos saben

las frutas del mediodía,

el mate caliente de la tarde,

la roja algarabía del ocaso.

De tu piel se reviste el descanso

y no son las sábanas

sino el mar de tus abrazos.

Y cuando todo parece perdido en la nada...

Y cuando las estrellas están ocultas

detrás de las nubes,

hermosa mía, aparecen tus ojos

como guirnaldas de fuego

que le crecen a la noche

para que ni el día

ni la esperanza terminen nunca jamás.

 

Ezequiel  Olivary

LAVÁNDOLO TODO

 

 

 

Lavándolo todo, purificando los sentimientos,

el aliento, la mirada,

las tardes, hasta las palomas

que lejos vuelan y aún las que ignoro.

Lamentándolo todo, excepto haberte amado

coo te amo, como te amé, como te amaré,

a título de inventario,

como balance indescifrable

de la cuenta de palabras que tu ánima me dice

y nadie puede entender

excepto mi alma;

Y mi alma las lava;

las purifica las estampa sobre el olvido,

pero no me las traduce...

Lavándolo todo, asta mis oídos,

hasta mis silencios,

hasta la sombra

del que soy cuando dejo de ser pensándote...

Lavándolo todo,

ablución de infinitud en la que se desmayan mis horas

en un torbellino, espiral de segundos,

bocavórtice devoraliento de mis intentos y mis inventos.

Lavándolo todo

de sentido, de razón, de consciencia...

Lavándolo todo:

Las intenciones,

los corazones que alguna vez dibujé en un papel

y se quemaron con el sol de la mañana siguiente.

Lavándolo de mi,

lavándolo del sueño,

lavándolo del agua

de la claridad

de la castidad

de la permisividad, del ahogo...

Lavando el desasosiego,

lavando la desesperación en más desesperación,

la certidumbre en un mar de incertidumbre...

Lavándolo todo

menos mis ojos del recuerdo de tu mirada...

 

Ezequiel Olivary "

 

 

Antología previa del mediodía" (1999)

  Esta fue una de las primeras publicaciones del espacio, entre el 17 y el 19 de marzo, cuando me decidí a reactivarlo (era un esquelético blog de una o dos poesías, que había estado así durante año y medio).

 

CORONA DE PRIMAVERA

 

 

En tus sienes

corona la primavera

su diadema de belleza.

Tu sonrisa

cristal que envidian los diamantes

forma un halo en mi sueño

y me transporta

volando

a tus brazos emplumados

de ternura, plena y alimenticia

como la hinchada espiga

que acunó el invierno

y está pronta para la cosecha.

Déjame recoger, una a una,

las violetas de tus campos

en cada área de tu superficie

de mineral redimido en piel.

Déjame llevarte

una y otra vez sin cansancio

por estas alturas

que gracias a tu amor

me tienen levemente prisionero

de toda esta libertad

que sólo tiene sentido

si podemos compartirla

amor

abrazados hasta el delirio.

 

 

 

Ezequiel  Olivary

SUSPENDIDOS EN EL AIRE

 

  

Sensación de furtivo roce

como sombra sobrevuela mi piel

humecta el rocío celeste

la más alta cumbre

que se eleva como nunca antes,

tan talto, que tocar el cielo parece...

 

A sorbos de madrugada

el aliento espasmódico

de un viento de gemidos

es huracan que llena el valle

y arrasa con las hojas secas

conmoviendo hasta la raiz

las doradas espigas maduras.

 

Dos cabos de fruto

ciruelas en bermejo almibar rebosantes

pináculo de suaves colinas

crecen al contacto

y siembran la huella incendiaria

que ilumina de resplandores ígneos la noche.

 

Delgada estela líquida

que desde las alturas a las honduras

caerse deja

ocultando apenas la boca profunda

de la oscura caverna donde crecen

en su trasfondo más hondo

arcoiris de claridades.

 

Se estremece mi geografía libérrima

indómita, expuesta, indefensa

ante los embates de las mansas alas

de millares de golondrinas

que repentinamente

parecen haberle crecido a mi cielo.

 

Es como si

por algún extraño designio

quizá fatal, quizá divino,

tomaran cuerpo mis sueños

y se volvieran palpitante anatomía de vos.

 

Me ha abandonado ya el silencio

y el insomnio enmudece caricias

atesora, como guardián insobornable

del onírico tacto abismado,

todos y cada uno de los versos

de tu presencia en los poros de mi alma.

 

Así, siento que mi piel

apenas es una geografía de papel

y quiero que escribas, lentamente,

tu poesía en mi pecho

durante todos los días

que vienen por vivir.

 

 

Ezequiel  Olivary