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MENAPACE - SUFRIR: PASA (y nos pasa...)
Hace unos días, charlando con un conocido, surgió este tema del sufrimiento... Como siempre cuando hablamos con el otro, discurriendo, opinando, en el momento se nos cruzan ciertas imágenes de sufrimientos, propios y ajenos, que quedan suspendidos en la atmósfera del pensamiento, como hilachas, como puntas de una serie -no sé si infinita- de ovillos... Y vamos rumiando durante días -como si fuéramos pacientes vacas- posibles respuestas que sólo sirven para originar posibles preguntas. No me afilio, en estos casos, a la muchedumbre que -como Alejandro- saca la espada y parte al medio el mítico nudo de Gordio... No sé si reflexionando así llegaré a conquistar Persia, pero al menos me queda la pequeña certidumbre de llegar a sabiendas a la esquina de mi casa y saludar al vecino... Dándole vueltas y vueltas a este asunto del sufrimiento, caí en la cuenta que no hay certidumbres válidas y sanas -excepto la de llegar a sabiendas a la esquina de casa y saludar al vecino- si no son las que asoman su cabecita por encima de las olas del mar de la incertidumbre, que más profundo o más somero, todos llevamos dentro. Cuando las certidumbres cubren el mar, es porque hemos decidido congelar sus aguas con los vientos fríos de imposiciones ajenas, externas, inesenciales... no son certidumbres que sentimos, pensamos, experimentamos desde el fondo mismo de nosotros. Porque esas pequeñas certidumbres, que como el náufrago asoman la cabeza sobre la mar de incertidumbres y cuestionamientos, no siempre tan bravío, son el fruto de algún sufrimiento que logramos sublimar; algún sufrimiento que nos hizo de lupa para encontrar dónde están escondidas nuestras convicciones y sacarlas a flote, para que no se ahoguen bajo la incertidumbre. Sufrimientos que, quizá, impiden que congelemos la superficie, para que puedan salir a flote las convicciones, una vez halladas, y tengan modo de flotar a como puedan... y respirar... y tener sentido auténtico. No me explico por qué el sufrimiento, en nuestro tiempo, tan consumista, superficial y caprichoso, tiene tanta mala fama. Al fin y al cabo, nos dolerá que el dentista nos saque una muela, pero con esa muela podrida tendríamos un dolor más intenso y duradero y, lo que es peor, una infección en progreso... Que duele también una ausencia o una pérdida, pero nos enseñan a valorar una presencia o un descubrimiento, fundamentalmente cuando se trata de descubrir la presencia del otro en nuestra vida. Y nos enseña que podríamos, en un momento cualquiera y sin previo aviso, perderlo o perdernos y que vale mucho, quizá de un modo incontable -mal que le pese a la sociedad nominalista y cuantitativa de la que somos irremediablemente hijos-, tal vez de una forma indecible, vivenciar cada instante del otro, con el otro, para el otro... Dando vueltas por allí quedó una moneda, girando de canto, traviesa; una moneda que no está hecha de metal, sino de pensamiento.
En una cara dice: Sufrir nos pasa. Es algo que nos ocurre mientras estamos vivos y porque estamos vivos. No sufren ya los muertos. No sufren las piedras, ni los electrones. No sufre el agua ni sufre el aire al que llamamos cotidianamente cielo. Sufrimos nosotros. Quizá sufrimos más que cualquier animal o vegetal o microorganismo -creo- porque somos conscientes y somos concientes de que sufrimos y de qué es el sufrimiento, comparado que fuera con otras experiencias vivenciales, con otros estados de ánimo, con otras emociones. Pero no es lícito suponer que efectivamente sufrimos más que un cocodrilo durante una pelea en la competencia por el apareamiento o la supremacía con otro cocodrilo; simplemente será un sufrimiento distinto y -creo- jamás sabremos a ciencia cierta, qué tan distinto... Sufrir nos pasa a todos, aún a aquellos que no quieren o no pueden admitirlo (quienes están más locos que yo, por ejemplo). El tema no es sufrir o no sufrir. El tema es cómo elaboramos el sufrimiento y cómo nos sirve para crecer, para experimentar la vida, para aprender del otro y con el otro; para aprender de los propios errores -y aún volviéndolos a cometer- experimentar la ganancia de haberles, mínimamente, conocido la cara, para poder diferenciar errores de aciertos, virtudes de miserias; para poder diferenciar cuánto de lobo tenemos y cuánto de oveja... La otra cara dice, con el mismo cuño: Sufrir pasa. Pasa en el tiempo, no es eterno. El sufrir transcurre si es que somos dueños del reloj, y no el reloj mismo... porque el reloj marca el tiempo que puede durar el sufrimiento, sólo que, por ser reloj, no se entera... ni del sufrimiento de alguien... ni de que está marcando el tiempo... Sufrir pasa. Le suceden heridas curadas o en vías de cicatrizar. Le suceden olvidos piadosos -otras veces, impiadosos, copiosos o inconscientes...-; Le susceden ganas renovadas, sublimaciones ardorosamente trabajadas, no por casualidad, a costa de ese sufrimiento. Pero el sufrimiento es un talento, como la moneda hecha de pensamiento que tenemos girando de canto. Los talentos, no se entierran. Los sufrimientos, tampoco. Se transforman o se invierten... son objeto de transacción y son causantes de enriquecimiento... Pero el enriquecimiento no está en el sufrimiento, que pasa, transcurre, como cada bocanada de respiración: El enriquecimiento viene de lo que hacemos con el sufrimiento. Enterrarlo detrás de la posesión de un sinnúmero de cosas, de placeres viajeros y superficiales; enterrarlo en un mar de vanidad o en una extraña sordera a las voces que oímos pero no escuchamos -aún la propia voz de la conciencia-. Enterrar el sufrimiento por desesperación, no hace desaparecer la desesperación, sino que ésta sigue allí, paradita, mirándonos, con su mirada torturante, funesta, incómoda. Quizá la desesperación más sabia es aquella que llega hasta lastimarse las uñas, metiendo los dedos en el propio barro para desenterrar el sufrimiento y hacerlo útil. Sólo darse cuenta que el sufrimiento pasa, nos impulsa -supongo, si es que de algo puede servir esta especulación provisoria- a encontrarle un significado al tiempo y, como no lo tiene, darnos cuenta del significado de nuestra vida; o más simplemente ¿para qué sufrimos? Quizá se trate de diferenciar un sufrimiento patológico de un sufrimiento patético; un sufrimiento que pasa, transcurre, mientras tratamos de intercambiarlo o desenterrarlo y convertirlo en algo mejor que lo que es; o un sufrimiento por "congelamiento" de nuestra capacidad de darnos cuenta, de nuestra capacidad de ver con el alma un horizonte mejor; un congelamiento basado en seguir reglas que no sabemos bien para qué sirven porque no las sentimos nuestras o un congelamiento basado en la soberbia -estúpida, como toda soberbia- de creer que nuestro sufrimiento es tan "olímpico" que no puede ser sublimado por nada, nadie ni de ningún modo... La estupidez no es eterna y el sufrimiento tampoco... y no hay quien se resista, en algún momento de la vida, a ambos estados de ánimo, juntos o separados. Genios y santos, hombres y mujeres "comunes" (¿?), han padecido, padecen, padecerán, en diversas medidas y con suerte diversa, los embates de la estupidez... y el sufrimiento. Creo que Einstein solía decir que el universo tiene límites, pero la estupidez humana no. Y si la estupidez humana no tiene límites, tampoco lo tiene el sufrimiento estúpido, patológico, "olímpico". En todo caso, si hay un límite para el universo, el tiempo juega un papel esencial (y Einstein lo sabía, creo, mejor que nadie). Y es el tiempo el que también limita nuestro universo humano... y nuestro sufrimiento útil... es el tiempo que nos permite entender el giro de la moneda moviéndose (o de cualquier cosa que se mueva). Quizá se trate de invertir el tiempo que dura el sufrimiento, el tiempo con el que pasa el sufrimiento, en transformarlo y... en transformarnos. En permitirnos que, a nuestro yo sufriente, le suceda un yo más pleno, que en lugar de acurrucarse para adentro, se levanta, mira la vida y la ve poblada de otros rostros, otros nombres... de diversidad, de belleza, de desafíos... Finalmente, no sé si estoy pensando bien... porque pensar el sufrimiento es todo un sufrimiento (aunque no nos duela la cabeza por pensar) y no siempre pensar es, en sí, una tarea suprema: La obligación que nos manda nuestro propio espíritu (y lo que verdaderamente puede llegar a ser bueno, bello o útil para los otros) no es la de pensar... sino la de pensar bien... Y nadie puede pensar bien si se despoja de sentimiento... si "congela" las incertidumbres y ahoga así las convicciones, rendidos a -como diría Serrat- "cumplir lo que está mandado, mande quien mande... Mientras sigo tratando de hacer el salvataje de las convicciones que tengo a media agua, para que salgan a respirar a flote, quiero compartir este texto de Fray Mamerto Menapace, que por su sencillez no tiene desperdicio y, por su sensatez, tiene límite...
******* "[...] Bajo su nombre, un autor inspirado nos pintó a todos nosotros. Y en una narración hasta divertida, nos deja con una respuesta final, que en verdad es simplemente una pregunta. La que nos hace Dios mismo frente al problema del dolor: - ¿Y pensás que a mí no me duele? [...] ****** EL DRAMA Job es un calentón. Un apasionado temerario que ama de verdad, y no acepta respuestas prefabricadas. Sufre en su carne una injusticia. Y le duele la injusticia, más que la carne. Le aconsejan la aceptación, como una manera de suprimir el conflicto. Y él se exaspera buscando una respuesta que enciende aún más el conflicto. Sus amigos quieren regalarle el fruto ya elaborado por la antigua experiencia, cristalizado en la sabiduría hecha dogma. Y Job rompe los dogmas, porque contradicen la verdad que siente en su propia experiencia. Ya lo ha perdido todo. No quiere perderse él. Lo aniquilaría. ¿Quién? Justamente esa es la pregunta. Si hay Dios, Él es el causante de todo. Y Job exigirá de Él una respuesta. Se la pide así al único que puede dársela. Y ahí si, no tiene miedo de jugarse el resto. Ya no tiene tiempo. Su fuerza radica en la intensidad. Por eso grita y exige. Cree que hay una verdad, y que Alguien la tiene. No acepta las verdades convencionales de los hombres. Y menos, si éstos son del grupo de los satisfechos; de los que reflexionan sobre el sufrimiento ajeno y aceptan el fruto de la reflexión de la sabiduría de los otros. Job exige una respuesta para el hombre. No le interesan las reflexiones sobre un problema. No quiere platos fríos. Ni respuestas recalentadas. Tiene experiencia de dos cosas: De su sufrimiento y de su inocencia. No acepta que ambas cosas sean lógicas simultáneamente. Intuye que debe haber otra respuesta que no sea la de eliminar uno de los dos elementos. No acepta el ateísmo práctico de los que niegan que haya una justicia por parte de un Dios comprometido. Ni acepta el pietismo resignado del que niega los derechos humanos en nombre de un saber divino arbitrario. De acuerdo. Job es un calentón. Un apasionado. Pero, en su situación, no sería tampoco lógica la reflexión tranquila de quien puede dedicar tiempo a elucubraciones teóricas. Mientras maldice contra lo incomprensible, necesita rascarse sus llagas que le queman desde la piel para adentro. No tiene tiempos. Sólo le queda la urgencia. Recuerda su pasado. Pero sólo como punto de referencia doloroso e incomprensible, ya que no encuentra allí motivaciones para esto que le sucede. Mira su futuro y no ve que allí haya una respuesta que justifique su tremendo presente. Atrapado por este ahora, exige una respuesta ya. No tiene otros tiempos. No puede escapar a su hoy, ni quiere hacerlo. Si es Dios quien tiene una respuesta, que se presente. Si es Él quien garantiza la justicia, Job no admite su silencio. Quizá no ha comprendido todavía que Dios es tan grande que supera el tiempo. ¡No tiene tiempo!. Para Él todo es presente. Tampoco sus amigos lo saben. Ellos se sienten en la obligación de volver las cosas a sus causes. Necesitan dar una respuesta. Lamentablemente sólo cuentan con una prefabricada. Aquella que afirma que todo dolor es fruto del pecado. Y la aplican sin miramientos creyendo con ello ayudar a Job y justificar a Dios. Proponen lo que hay que proponer: Que el hombre se humille. Que se reconozca pecador, aunque no se sepa bien de qué. Por supuesto: Con ello se acepta el misterio. Pero a costa del hombre. El razonamiento es cerrado: - Hay dolor, por tanto hay pecado. Aunque no se tenga conciencia de ellos. Hay que reconocerse pecador, para dar de esta manera gloria a Dios. No es una respuesta falsa. Simplemente a Job no le sirve. Su drama no es teórico. Es vital. No le sirve razonar. Sólo le queda maldecir y rascarse. Dos actitudes vitales, que Dios no puede dejar de ver y escuchar. Los amigos se sienten molestos. No pueden aceptar de su gran amigo Job una actitud, que simplemente ven como rebeldía impotente. Se enardecen a su vez, y expresan su sospecha. ¿No será que realmente Job es un canalla, que hasta ahora logró ocultar su pecado? Ya a partir de esta sospecha, sólo queda un paso por dar. Y lo dan. Comienzan a endilgarle toda la ristra de malas acciones que se imaginan que Job tiene que haber cometido. No hay ya dudas. Es un pecador. Y los pecadores son los que realizan una determinada cantidad de malas acciones. Job tiene que ser un pecador. Por tanto, debe de haberlas cometido. ¡Qué terriblemente lógicos que son!. Se rascan a su manera. También a ellos algo les pica. Y es que se está poniendo en duda la base de su sabiduría de vida. Job es un inconformista. Un subversivo de lo que mantiene en orden al mundo y sus valores. Al no admitir sus razones, cuestionan las razones de su vivir. Se sienten agredidos. Y como se sienten en una situación de privilegio, atacan a su vez con toda la artillería de su sabiduría tradicional. Ya no consuelan a un amigo, sino que condenan a un subversivo, expulsándolo de entre sus filas, como para no contagiarse también ellos con una duda que ataca la verdad de sus dogmas. A Job no le importa. Aunque sufre por la agresión. Ya está jugado y se jugará hasta el final. Quiere provocar a Dios para que responda. Así las cosas, como están, ni siquiera dejarían bien parado al mismísimo Dios, en todo su misterio y con todo su poder. Y Dos habla. No da la razón a nadie. Pero anima a ensanchar la mirada. Muestra que su realidad desborda, no sólo el tema del dolor y el sufrimiento, sino todos los demas temas. Hasta en lo ridículo y tremendo de ciertos males, su poder muestra a un Dios que desborda todo lo que el hombre puede y sabe. Pero Job ha logrado lo que pretendía. Que Dios tome parte en la discusión. Que no se ampare detrás de la segura sabiduría de los satisfechos. Que sea Él mismo quien asegure que está presente e interesado. Job casi se asusta de haber logrado su intento: Despertar a Dios, que parecía ausente. Ahora puede callarse y sufrir con sentido. Dios existe, conoce y puede. Con eso basta. La justicia está asegurada. Ya puede apoyar su esperanza en algo que está asegurado que existe: Dios. Y también Dios ha logrado lo que quería: Que el hombre acepte confiar en Él. Más allá del deseo de sus bienes, que el hombre lo busque a Él. Mandinga (*) buscaba desprestigiar al hombre delante de Dios. Y ahora tiene que constatar qué importante es, que hasta puede obligar a su Creador a que intervenga. Cuando el hombre deja de buscar los bienes de Dios y se pone a buscarlo a Él por Él, entonces Dios se queda indefenso y sin escondites. Job consigue que Dios se reconozca vulnerable, aunque en ello se haya jugado el pellejo. Con esto nos ayudó a todos a crecer. (*) Nota: En el lenguaje tradicional del gaucho rioplatense, el término "mandinga" está asociado con la figura diabólica, del mismo modo que se denomina "la salamanca" a cualesquiera de las cuevas que, el mito gaucho, designa como entradas al infierno. Son términos muy habituales en el cantar, la poesía, la literatura y la mitología del gaucho rioplatense, combinación de la cultura del cristianismo europeo y tradiciones indígenas autóctonas en una vasta región de la Argentina, Uruguay y Paraguay.
EPÍLOGO Pero las cosas no podían terminar allí. Porque el autor sagrado se dio cuenta de que sus cuarenta capítulos metidos dentro de la narración conocida, habían sido sumamente conflictivos. Todo autor termina por comprometerse con sus personajes, y siente la necesidad de redimirlos al final del drama. Y es necesario, se ve obligado a escribir una segunda parte, o a completar con un capítulo extra la narración que lo llevó a terminar abruptamente su historia. Por fortuna, nuestro narrador inspirado no necesitaba inventar nada. Todos ya conocían el final feliz de la historia de Job. Pero quiso también salvar a los tres amigos que, bien intencionados, se equivocan totalmente. Y será el mismo Dios quien les mandará que le pidan a Job su intercesión, a fin de perdonarles la pésima defensa que creyeron haber hecho de Dios, desprestigiando el hombre: -Mi siervo Job intercederá por ustedes, y en atención a él, no los castigaré por no haber hablado de mí con verdad, como mi siervo Job. El Señor Dios se muestra nuevamente magnífico con su amigo, colocándolo nuevamente en una situación de privilegio material, superior a aquella que tenía antes de haber pasado por la dura tentación. Para un escritor del Antiguo Testamento, no quedaban muchas salidas diferentes, si quería que sus lectores no se escandalizaran demasiado. Todavía estamos en el tiempo en que la retribución se tiene que dar aquí abajo, y se expresa en los bienes tradicionales. [...] ******* [...] Todo esto es humano y lógico. El hombre es un animal social. Es un ser jerarquizado por estar destinado a convivir y a conocer sus derechos. Tiene acceso a la ciencia que reflexiona. Sabe que sabe. Pero Cristo vino a superar todo esto. Quiere que el hombre sobrepase su ser de animal social, y que llegue a ser feliz mediante el sabor de una vida entregada plenamente. Él mismo está a punto de consumar el gesto total de ofrenda. E invita a imitarlo. Sus discípulos y amigos deberán construir la comunidad desde una actitud de servicio. Será mayor, quien sirva mejor"
Mamerto Menapace - Sufrir: Pasa -
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Una breve narración donde danza el sufrimiento... o se mueve, girando como el talento (o nuestra monedita): caiga de la cara que caiga, siempre nos invitará a no enterrarla, a compartir invirtiéndola: En tolerancia, comprensión, servicio, compromiso, diálogo abierto, trabajo cotidiano por la paz, pensamiento-acción. Es que el sufrimiento también tiene sus frutos (tal vez por eso -o por mi cortedad de entendedera- no comprendo por qué tiene tanta mala fama ¿será que los hombres de este tiempo queremos todo muy rápidamente, para ayer, y despreciamos la paciencia que nos reclama el sufrir bien, para crecer mejor...?): Si es patético -supongo- todo el esfuerzo por invertirlo dará fruto dulce en la convivencia sana, respetuosa, comprometida; en la aceptación del otro como es y en la necesidad de salir a buscar al otro para compartir nuestros mundos en común, como comunidad... Y si es patológico -sigo suponiendo- dará los amargos frutos del egoísmo, del resentimiento, del enmascaramiento y la hipocresía. De los fanatismos y la intolerancia; de la violencia, física o moral, con los que se busca mitigar el propio sufrimiento en la carne del otro, en lugar de sublimarlo, convertirlo en algo sano para compartir con el otro. El sufrimiento pasa (con el tiempo) y nos pasa (a nosotros, en nuestro propio cuero): El tema, quizá, es que no resulte inútil, pesado o patológico si lo dejamos que nos traspase o, simplemente, nos pase de largo... como si el asunto fuera de otro... y nos conformemos con enterrarlo bajo un montón de cosas o argumentos conformistas, anestesiantes; ni congelar el mar de incertidumbres (ahogando las propias convicciones) para que, las aparentes certidumbres (generalmente trasplantadas desde lo exterior, lo "políticamente correcto"...) nos den la desnaturalizada idea de que no vale la pena sufrir...
Pero esto es una reflexión, medio desnuda y nadando en el mar de la incertidumbre, como pensando en voz alta... Y como toda reflexión, que busca transformarse desde pensar a pensar bien, sólo me queda por el momento, seguir rumiando el asunto, sometido al ensayo-error de la vida de todos los días... porque, la catarsis bien entendida, empieza por casa...
Ojalá que alguna de estas especulaciones le puedan servir a alguien para aliviar su sufrimiento o al menos, mirarlo a la cara con otros anteojos... Pero el sufrimiento de cada uno no se cura -como bien da a entender Menapace- con fórmulas ni recetas... Será que exorcisar los propios demonios depende en gran medida de la actitud de vida de cada uno... Será que, como decimos por estas latitudes del planeta... el sufrimiento es una enfermedad que "no se cura de palabra"... ¿o sí?...
Nota: Si llegaron hasta acá, gracias por la generosidad y la paciencia... NADA SE PIERDE, TODO SE TRANSFORMA...
Muestra su sonrisa y, para sorpresa de uno, deja caer el bretel, muy sutilmente, para que se note la belleza del hombro sobre el que no se habían posado los ojos... Estaba rondando y rondando el pensamiento; dudando si era pensamiento o si era delirio o, simplemente, capricho de maniático. Y así rondando, el pensamiento me mostró, en la desnudez de su hombro, que el encanto de su sonrisa se había mudado allí, como desafío: Descubrime. Descubrime que no es una novedad el encanto de mis hombros, ni perimió el encanto de la sonrisa, desfalleciente ante el tiempo; descubrime porque está la sonrisa floreciendo sobre la piel de los hombros, sobre la superficie de esta novedad que es apenas la muestra de que, transformada, la sonrisa se dibuja en cualquier espacio y de cualquier color. Descubrime, porque lo que creías perdido, está allí, esperando el redescubrimiento, esperando transformado en novedad. Descubrime, porque la única forma que tiene el ser humano de perder, es dejarse tragar por el sumidero cósmico de la indiferencia y salir proyectado, como un jet de plasma, hacia cualquier lado. Y porque aún así tampoco está disculpado: La indiferencia termina por transformarlo aunque no quiera darse cuenta, aunque se crea o se admita o se asuma perdido. Descubrime, dice el pensamiento, que cuando intentes aniquilar o aniquilarte, siempre estaré yo para mostrarte que, por más esfuerzo que hagas, serás siempre algo, serás siempre alguien, jamás nada. Si no te pude crear, tampoco te permitiré desaparecer. A lo sumo, y para tu gusto o tu desilusión, te transformaré; así como esta sonrisa se ha deslizado, transformándose en río, hasta la piel de los hombros, que es la novedad que estás hoy descubriendo. Estaba rondando el pensamiento, y con su mirada luminosa me dijo: ¿Ves de qué modo tan simple puede llegar a transformarse la sonrisa de siempre en un feliz descubrimiento? Tan dentro mío...No te amo por que te lo merezcas ni porque dejes de merecerlo; te amo porque te lo mereces y porque no te lo mereces; Te amo porque mereciéndolo o aún sin merecerlo no tengo otra forma de enfrentar tu mirada, de estar delante de tus ojos sin sentir la imperiosa necesidad de estar al mismo tiempo detrás de ellos besándote el alma. No te amo porque seas la mujer más linda en todo el planeta; ni porque pudieras ser de todas la más fea; Te amo porque aunque me arrancara los ojos para verte de otra forma sólo te vería única irrepetible irreemplazable mía. Y no te amo porque seas mía ni porque no lo seas ni porque puedas dejar de serlo; Te amo porque no puedo evitarlo; porque aunque me tapara la boca con una tonelada de hormigón, toda la arena del Sinaí, media cordillera de los andes o la espina dorsal de un tiburón blanco, no podría dejar de decirte de otro modo de cualquier modo de ningún modo o de todos juntos y a la vez que te amo hasta con la boca abierta de mis poros. Por eso no me ofrezcas las hermosas flores de tu modestia; no digas nada cuando el cristal del silencio no debe ser roto por ninguna palabra. Por eso simplemente por eso porque te amo y no puedo dejar de hacerlo dejate llevar por el silencio; vestí por un instante o por todos los momentos que vos quieras, desde un segundo hasta la misma eternidad, esa frente tuya con esta guirnalda de pensamientos que por vos no puedo dejar de pensar. Y no seas mía ni te resignes a que te posea, ni siquiera con mis palabras; no te resignes ni siquiera a que te diga solapada y premeditadamente que te amo; no te resignes... dame combate... resistite a mi amor para que no te encadene... porque si te amo, si amo todo lo que de vos tiene el perfume que me ronda por las noches y me despierta por las mañanas y almuerza conmigo; si amo todo lo de vos que sos y que no se que sos y que presiento que sos es porque tus alas vida mía me regalan anticipadamente un paraíso que creí haber perdido o que realmente alguna vez había perdido, hasta llegar a vos; hasta que llegaras a mi regalándole a mi vida un surco blanco en el aire una flor entre mil jardines, una lágrima que me purifica el alma cerca o lejos. No te resignes... no te dejes amar tan facilmente porque te amo persiguiéndote por el aire y es alcanzarte y abrazarte al mismo tiempo que extrañarte esto que me envuelve y me llena. Pero aún si te resignas, si te llenas el corazón con esta sangre color de olivo que brota del mío entonces entonces nunca dejes de sentirte libre nunca dejes de ser libre porque es la única forma en la que podemos amarnos; es la única forma en la que puedo sentirte como ahora tan dentro mío.
Ezequiel Olivary
BENDITA LA LUZQue me acusen de "sensiblero"... no importa...
Puede que tal vez seamos ciegos
durante una gran parte de la vida
hasta que alguien nos ilumina
con una simple y profunda mirada
Entonces recobramos la vista,
las ganas, las ilusiones
y se pueblan nuestros días de colores
de canciones, de palabras, de esperanza...
Ezequiel Olivary
ROMANO GUARDINI: RECONOCIMIENTO, PEQUEÑEZ Y GRANDEZA
Revisando la lectura de un libro al que soy afecto -entre tantos-, me reencontré con un fragmento que quiero compartir aquí; es un fragmento que, se me antoja inacabado, abierto (como aquellas películas de "final abierto"); un texto donde el juicio queda en suspenso y adquiere más que nunca el caracter de provisorio. Quiero compartirlo porque sé que para muchos, este breve texto, dirá algo y, para otros, dirá otra cosa. Pero lo más importante, no es el juicio sobre el texto, ni siquiera sobre el pensamiento de Guardini, según buenamente me parece. Lo importante radica en el cuestionamiento vivo: Enfocarnos en la necesidad del reconocimiento como re-conocer, conocer de nuevo a quien ya conocemos y ser re-conocidos por aquel quien nos conoce. En el mundo actual pareciera que la pequeñez es despreciable. Que empequeñecerse atenta contra la "auto-estima" (como si fuera un valor en sí misma...). Empequeñecerse, para lo que de cotidiano manejan las sociedades actuales como "valores", suena a debilitarse, someterse, desarmarse... Y nada es más contrario a la realidad de la pequeñez: El re-conocimiento requiere de la humilde actitud de apertura. En el mundo actual, si es que uno no lee muy defectuosamente la realidad -cosa que no sería tan de extrañar-, la grandeza pasa por lo material, lo que se posee, lo que tengo o lo que tienes (el dicho vulgar "tanto tienes, tanto vales"). La abnegación, por un caso, puede mover a muchas personas a una sonrisa socarrona, si es que no a una actitud de desprecio; jamás la identificarían con un acto de grandeza que, digámoslo, como tal, nunca proviene como mérito de la persona, sino que responde a un llamado más alto que la misma persona; un llamado que invita y requiere ese "desapego de uno" para lograr la apertura. Apertura que exige mirar al otro desde la comprensión de las propias limitaciones -de uno mismo- y las ajenas limitaciones -del otro- y que, por demás o no, permiten el acercamiento, la interiorización. ¿Cómo hago para "salir de mi casa" si no abro la puerta? ¿Cómo entra la luz del día, si no abro las ventanas y descorro las cortinas? ¿Cómo haces para entrar en mi casa si no te abro la puerta? ¿Cómo haces para transitar dentro de mi casa si no he abierto las ventanas y descorrido las cortinas para que entre la luz del día y veas mi casa como es, y no al tanteo ciego de la sombra? La luz del día, las puertas y ventanas abiertas al mundo no me sacan de mi casa: Me permiten reconocerla, encontrarla confortable; hallar las cosas que no están en su sitio y tomarme el trabajo de ponerlas donde van, para que no obstaculicen, para que no estorben ni entorpezcan la vida de todos los días; para hacer más grata la estada en mi casa. Y no sólo para mi. ¿Qué objeto tendría?... ¿mejorar la "auto-estima"?... ¿No es preferible, acaso, reconocerse a la luz del día para poder hospedar sin engañar ni engañarnos a nosotros mismos?... Claro, reconocer limitaciones empequeñece y está "mal visto"... Decir: "No puedo"... "Me da miedo"... "perdóname, estaba equivocado...", sugiere una debilidad malsana... Y sin embargo no es otra cosa que el requisito básico para reconocer nuestra realidad y que el otro nos reconozca, abiertos, tal y como somos. Alguien me dijo alguna vez algo que sigo valorando mucho: "No hay hombre más valiente que aquel que entra en el fragor de la batalla muerto de miedo. Los héroes más grandes y los héroes anónimos de miles de batallas -en la guerra o en la vida- son aquellos que saben muy bien el significado de "empuñar las armas" y el costo de meterse en medio de la refriega. Y lo asumen, porque el miedo no es cobarde: El miedo es el desafío primero contra el que combaten los valientes. Y el valor, la valentía verdadera, no está en lanzarse a la batalla, sino lanzarse a pelear en la batalla con el enemigo interior y el exterior, el miedo, sabiendo que todo esfuerzo tiene un fin más alto que el que puede aconsejar el egoísmo en la mezquindad de la huida; o el de la cobardía de dejarse encadenar por el miedo y entregar las armas sin transpirar. Muchas más vidas y dolores ha costado tal actitud que la opuesta: Pelear contra el propio miedo metiéndose con el a la refriega. Pero aún así, todos los miedos son perdonables y se pueden comprender. Lo que no se puede comprender y nos cuesta mucho perdonar, es la cobardía de la traición o la mezquina indiferencia." Decir: "No tengo fuerzas"... "Es imposible, no lo conseguiré jamás"... "Es una locura, no tengo posibilidades"... No es un acto de cobardía, sino de reconocimiento. Un reconocimiento que puede tornarse desafío en la medida misma en que nos abramos y nos descubramos pequeños, pasajeros de este sueño bellísimo llamado vida. Y en la medida que el otro sea mi meta, descubriendo en él cuánto hay de aquel quien nos conoce, aquel a quien buscamos, consciente o inconscientemente, con constancia o con intermitencias. La verdadera ignorancia -me parece, si es que no me equivoco groseramente al pensar así- está en ignorar las propias limitaciones; en ignorarlas por desconocimiento, o en ignorarlas a fuerza de soberbia (lo que comúnmente llamaríamos "esconder la basura bajo la alfombra"). ¿Podría uno reconocerse "grande" mirando la infinitud del cielo de la noche, con tantas estrellas y tan lejanas, sabiendo que éstas son apenas unas pocas que podemos ver y que, muchas de ellas, son increíblemente más grandes que nuestro propio sol? ¿La grandeza está en el poderío o la posesión (de cosas, influencias, voluntades...) o, más bien, estará en el reconocimiento de las propias limitaciones, de la propia pequeñez, que nos impulse a superar nuestros miedos buscando un horizonte mejor en el fragor de la batalla de todos los días? La búsqueda de ese horizonte no es tarea de una "auteoestima", ni de un ego... en una tarea en común... una tarea del día a día, una batalla, tras otra batalla, en un campo al que bien vale llamar comunidad: La búsqueda común que obliga a comprender y compartir nuestras virtudes y nuestras limitaciones. Comprender al otro y dejarme comprender por el otro. Una transformación mutua, una alianza tácita o expresa para combatir nuestros miedos, reconociéndonos pequeños, inacabados, perfectibles... Quizá en asumir esa pequeñez, en esa labor de apertura del propia empequeñecimiento radique la grandeza. Una grandeza que nunca exigirá premio. Una grandeza siempre dispuesta a reconocer al otro en su más intima belleza. Pero una grandeza que exige una actitud serena, firme y prudente: El humilde reconocimiento de nuestra pequeñez y la necesidad que tenemos del otro para poder, juntos, simplemente, encontrar el sentido de nuestra búsqueda, el sentido de esta batalla cotidiana. Después de este fárrago que no he podido refrenar, dejo un fragmento del pensamiento de Guardini, que estoy seguro, será digno de mayor disfrute y generador de más nutritivas reflexiones.
"Reconocer a Cristo trae como consecuencia inmediata aceptar su voluntad como norma. A ese comienzo, que es Él mismo, sólo accedemos haciéndonos uno con su voluntad. Pero en cuanto nos damos cuenta de ello, toda nuestra interioridad se amedrenta y retrocede, ya que ahí se yergue la cruz. En este punto hay que ser sinceros y decirse "Todavía no puedo", y no repetir frases hechas. Se debe ser prudente con el uso de grandes palabras, tales como "entrega" y "sacrificio". Es preferible mostrarle a Él nuestra incapacidad y pedirle que nos enseñe. Algún día lograremos ponernos a su disposición y que nuestra voluntad sea una con la suya. Entonces nos hallaremos plenamente en un comienzo nuevo. No sabemos lo que ello habrá de significar en concreto. Quizá signifique dolor, o una gran tarea, o bien la carga de la vida cotidiana. O es posible que en sí mismo sólo tenga el puro sentido de la conversión. Todo depende de Él. Es posible que luego de una hora de estas características todo parezca retornar a su cause habitual, de tal modo que nos experimentemos extraños, o tengamos miedo de habernos apartado de su amor. Que esto no nos desoriente; más bien conservemos con fidelidad ese momento y brindémoslo a los demás. Él volverá; y a partir de tales horas se irá desarrollando de manera gradual una actitud permanente. Algo de aquello a lo que se refieren las palabras del Apóstol: "Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro"(Rm8,38-39)" Romano Guardini -El Señor- Como siempre, este es otro pretexto para que podamos compartir nuestra expresión y nuestros pensamientos en libertad. CRECIENDO
CUANDO PIENSO EN VOS
Cuando pienso en vos todo se transforma aquí dentro. Cuando pienso en vos las urgencias desaparecen, las distancias se acortan, los miedos se diluyen, la imposibilidad es tan irreal que no llega, siquiera, al grado de fantasía.
Cuando pienso en vos mis recuerdos tristes me dan la mano, toman su bolso y salen a buscar su camino. Los recuerdos alegres reaparecen como amigos que estuvieron un tiempo de vacaciones y vuelven bronceados y sonrientes. Cuando pienso en vos el mundo es menos miserable y explota mi corazón de ganas de dar, y dar, y dar...
¿a quién? a todos. ¿Qué? lo que haya. Cuando pienso en vos un arcoiris se levanta atravesando el cielo de los pensamientos y sus colores me dicen que ha pasado la tormenta y aunque aún persiste el viento el sol le está prestando a las gotas de esperanza la luz que necesitan para inundarme el alma de colores.
Cuando pienso en vos tengo ganas de decirte tantas cosas y no puedo: Es tan placentero tu abrazo de sólo pensar en tus ojos que no quiero que un sólo sonido me prive de la placidez de sentirte como te siento cuando pienso en vos.
Ezequiel Olivary VALOR AGREGADO
¿sabes?
MENAPACE: INFANCIA, INOCENCIA Y POESÍA
REMANSOS Pongo mi infancia en canciones y siento que se ilumina... me crecen en mi memoria remansos de eternidad (Guillermo Etchebehere)
La canción nos permite llegar hasta ciertas zonas del alma donde anida la memoria vieja, aquella que es anterior a nuestra conciencia. Porque es evidente que en nosotros hay remansos de eternidad que no pertenecen a la corriente fugitiva de nuestra conciencia despierta. Tiene nuestra memoria remansos quietos y profundos, donde el agua de los recuerdo remolinea sobre sí misma y cava hondo. Incluso pueden ser peligrosos para aquellos que sólo saben respirar en la superficie. Pero para los seres que saben de profundidades llegan a convertirse en zonas de refugio y de fecundidad. Cuando la seca aprieta y el cauce se corta, sólo los pozos cavados por los remansos siguen permitiendo la vida. Allí el agua es abundante y fresca. Porque suelen llegar hasta la vertiente oculta, río profundo que no se ve pero que es más real que aquel que corre por la cara visible de nuestra geografía. Cuando el sol reseca e ilumina el cauce gredoso de nuestro curso, los remansos de eternidad de nuestra memoria continúan reflejando el cielo, como ojos profundos y quietos. Y el diálogo entre la tierra y el cielo, continúa. Poner la infancia en canciones es permitir que el curso de nuestra memoria reflexiones, remolineando sobre sí mismo, y cave hoyadas en su cauce en busca de eternidad. Es quizá la manera más auténtica de iluminar nuestra memoria a fin de no sentirnos desarraigados de nuestra vida. Poner nuestra infancia en canciones puede ser algo doloroso, pero nos eximirá de poner nuestra ancianidad en lamentos. Porque el río que ahondó en sus vertientes no le tiene miedo al mar. El que sabe de dónde viene, no teme llegar a dónde va. Mientras existan poetas y niños, la humanidad continuará siendo joven.
Fray Mamerto Menapace -Madera Verde 1984- INCERTIDUMBRE (PARTE ¿FINAL?...)
"El Quijote, aclara Menard [...] es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. Alos doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar.: Iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contrído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto "original" y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo XVII era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del XX, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: El mismo Quijote". A pesar de esos tres obstáculos el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes" Jorge Luis Borges -Ficciones-
XCVIII "Y esta palabra, este papel escrito por las mil manos de una sola mano, no queda en ti, no sirve para sueños, cae a la tierra: allí se continúa.
No importa que la luz o la alabanza se derramen y salgan de la copa si fueron un tenaz temblor del vino, si se tiñó tu boca de amaranto.
No quiere más la sílaba tardía, lo que trae y retrae el arrecife de mis recuerdos, la irritada espuma,
no quiere más sino escribir tu nombre. Y aunque lo calle mi sombrío amor más tarde lo dirá la primavera."
Pablo Neruda -Cien sonetos de amor-
"[...] las cosas no son simples objetos neutros que contemplamos; cada una de ellas simboliza para nosotros cierta conducta, nos la evoca, provoca por nuestra parte reacciones favorables o desfavorables, y por eso los gustos de un hombre, su carácter, la actitud que adoptó respecto del mundo y del ser exterior, se leen en los objetos que escogió para rodearse, en los colores que prefiere, en los paseos que hace. [...] nuestra relación con las cosas no es una relación distante, cada una de ellas habla a nuestro cuerpo y a nuestra vida, están revestidas de características humanas (dóciles, suaves, hostiles, resistentes) e inversamente viven en nosotros como otros tantos emblemas de las conductas que queremos o detestamos. [...]es lo que quería decir Cézanne cuando hablaba de cierto ´halo´ de las cosas que hay que traducir en pintura."
Maurice Merleau-Ponty -El mundo de la percepción, 3ª conf.- INCERTIDUMBRE (II parte)
"El humanismo comprende. Y al comprender capta que alguna razón hay en el victimario a pesar de que no debía haber destruido a la víctima, que algún grado de dialéctica oposición radica en todo ser, que nadie es puro ni del todo sucio, que nadie es, en general, eso que cree ser, que nada es terminantemente sólido y todo es, en principio, soluble, y por lo tanto hay que contar con la posible corrupción del santo y la eventual santidad del corrupto. Cervantes creó la novela como espejo de esta situación conflictiva que anida en toda persona, entendida como complejidad. Don Quijote es contradicción. El noble caballero vive en múltiples mundos simultáneamente, y la realidad y la ficción se le mezclan. Es moderno. El mundo está dentro de él, nunca afuera. Porque afuera ya no hay mundo en cuanto objeto objetivo. Entramos en el mundo que está dentro del sujeto. El mundo es subjetivo. No tiene otra alternativa de ser. Éste es el eje de la modernidad, y la novela la expresa como pantalla que revela ese ser-no-ser que es el ser. Don Quijote, el héroe novelesco, es el primer Yo Mismo que emite un grito en la historia universal. A partir de él se despliega la modernidad, con el infatigable y ascendente camino de la ciencia por un lado, y el infatigable y encapsulante camino del individuo por el otro. Cada vez más sabios-ciencia. Cada vez más solos-individuos. Cada vez más avanzados con la certeza de que la ciencia está limitada a la subjetividad e intersubjetividad del individuo que la hace. El gran principio, el gran hallazgo de los últimos cien años es EL PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE enunciado por Heisenberg, según el cual el objeto científico no puede eludir la impureza de la incidencia del sujeto que lo estudia" Jaime Barylko "Los valores y las virtudes" INCERTIDUMBRE (I PARTE)Algunas veces uno se sorprende a sí mismo pensando en si mismo; uno se sorprende de estar siendo realidad al mismo tiempo que está siendo irrealidad. ¡Pero es contradictorio! ¡Ilógico!... no. Simplemente -y no tanto- paradójico. Sin la irrealidad de mi pensamiento, pensándome a mí mismo en mí mismo, no podría pensar la realidad ni distinguir qué es real y qué es irreal. Y mientras pienso sigo siendo real, por lo que experimento la sensación, la emoción de pensar -aunque piense desapasionadamente- y me encuentro a mí mismo realizando mi pensamiento; realizando esa parte irreal de mí, que por ser parte de mí, siendo real yo, es al mismo tiempo irreal y real. Pero ¿Cómo hago para, al mismo tiempo, realizar mi irrealidad y pensar -metiendo la realidad en la atmósfera fantástica, ilusoria, etérea, interior de mi pensamiento- en mi realidad? En este punto es dónde, o bien sonreímos socarronamente pensando que hemos enloquecido, que lo nuestro no es pensamiento pensante sino pensamiento delirante, o bien nos damos cuenta que este aparente juego de palabras conduce a otra cosa. Conduce a otro juego. Werner Heisenberg, una de las mentes más brillantes de la física de los últimos 500 años, injustamente ensombrecido por cuestiones histórico-políticas de las que fue más prisionero que protagonista, nos legó uno de los descubrimientos más notorios y relevantes de la física y, digámoslo en primer término, del funcionamiento de la naturaleza en el micro-mundo (nano-mundo, si se quiere ser más estricto): El principio de Indeterminación o Principio de Incertidumbre. Werner perteneció a una generación prolífica en hombres que hicieron enormes aportes en todos los campos de la ciencia; generación irrepetible, quizá; no sé si inmejorable. Cada descubrimiento produjo en apenas cinco décadas un entramado de nuevos descubrimientos, cada vez más cercanos al funcionamiento real de la naturaleza. Y cada vez más relevantes a la hora de re-pensar nuestra forma de pensar, en el cosmos, en la naturaleza, en las sociedades y en nosotros mismos. ¿Por qué esta aclaración del párrafo anterior? Porque el descubrimiento de la Incertidumbre no fue un acto de magia, ni una iluminación, sino el fruto de las propias investigaciones y los ajenos descubrimientos enlazados por una mente brillante. Y no quiero reparar ahora demasiado en la figura de Heisenberg, ya que es otro el motivo de estas líneas, pero no podría hablarse de lo que se hablará, ni decirse lo que se dirá, sin incluir a tamaña figura dentro de nuestro sistema de referencia. ¿Qué es la Incertidumbre? Brevemente -perdóneseme la injusticia de semejante síntesis- el Principio de Incertidumbre explica el comportamiento de la naturaleza al nivel de las partículas elementales (átomos, moléculas, quarks) y ondas electromagnéticas. Da por tierra con la imagen que se tenía del mundo de las partículas hasta principios del siglo XX, según la cual se podía medir y predecir, determinar, exactamente el comportamiento de las partículas según su masa, velocidad, cantidad de energía y trayectoria. Heisenberg descubrió que esto no es así y que, las fallas detectadas una y otra vez en las experiencias con partículas a escala nano se debían a que, justamente, resultaba imposible una realidad donde se pudiera determinar con exactitud todas las circunstancias de las particulas. Y la experiencia le dio la razón. La lectura vulgar que podemos hacer es la que sigue -a modo de propuesta amigable-: Para definir dónde está el electrón hay que "iluminarlo" desde afuera (como ocurre con cada objeto que pretendemos ver: Necesitamos iluminarlo para que la luz le permita a nuestros ojos percibirlo); para hacer ésto, se le debe "bombardear" con una onda electromagnética de tales características que resulten semejantes a la longitud de onda asociada a esa partícula (que tiene que ver con su masa y velocidad y en física se relaciona con lo que se denomina momentum de la partícula). Esa onda incide sobre la partícula de tal modo que es capaz de delatar su presencia... el problema es que, cuando se le aplica la onda desde afuera, se le da energía a la partícula y, entonces, su momentum cambia, ya no es el propio de la partícula, el que teníamos calculado desde el principio... ¿Resultado? Pues no vemos lo que esperábamos ver, exactamente allí donde esperábamos verlo... y por nuestra propia acción: Fuimos nosotros los que distorsionamos el momentum de la partícula. Por suerte, conociendo las condiciones y la cantidad de energía (por ejemplo) con que vamos a "bombardear" o "iluminar" la partícula, podemos, finalmente descubrir por dónde anda... el problema es que será imposible determinar simultáneamente todas las condiciones de la partícula. Es casi como un juego de billar, pero con cuerpos tan pequeños como un átomo y más pequeños aún. Y lo que no ocurriría a escala de cuerpos tan grandes como planetas (o bolas de billar), de los que podemos predecir órbita, masa, momentum, etc. es situación normal para las particulas a escala nano. ¿Qué relevancia tiene este comentario muy somero con la realidad-irrealidad humana, con nuestro ser pensando en nuestro ser mientras no dejamos de ser? Que nuestra realidad -o aquello a lo que denominamos realidad- no es tan clara como vulgarmente se cree: Por el contrario, el mundo es oscuro y muy poco determinado. Para que el mundo sea realidad, debe haber un Quien para el que es realidad y, aún, debe haber un Quien que realiza la existencia, de lo contrario la existencia permanecería ciega, oscura y mecánica, si es que una inteligencia no la iluminara... Y cuando esa inteligencia, ese Quien -tal vez nosotros...- echamos luz con nuestra mirada, con la mirada de nuestro pensamiento, nos apropiamos de algo que está en la cosa sin que materialmente podamos meterla dentro nuestro. Y resulta que, aquello que aparentemente vemos, realmente es diferente de como suponíamos que era o pretendíamos que se comportaba. Y no sólo que ha cambiado, ahora como realidad, el mundo, sino que nosotros mismos hemos sido cambiados en algo, aunque sea mínimo, habiendo realizado, dentro de nuestro pensamiento, esa existencia. Y la irrealidad que es nuestro pensamiento se transforma, al final, en nuestra única realidad: No podemos pensar desprovistos del mundo y el mundo no es mundo si nosotros no lo pensamos; será, como mínimo, existenciario, frío, oscuro, ciego, mecánico. Cuando lo pensamos, cuando lo realizamos para nosotros, ese mundo que existe (indiferente -en cierto modo- de nuestra existencia) materialmente (o físicamente, para emplear una expresión más correcta) queda provisto de la característica que llamamos realidad. ¿El mundo es como es o como pensamos que es? ¿Pensamos bien la realidad o realizamos mal el pensamiento? Si el mundo, el existenciario existe y transcurre sin enterarse de nosotros y aún a pesar nuestro ¿Por qué aplicamos valores? No tendría sentido el mundo si no hubiera un Quien, una persona, una inteligencia, un Alguien, capaz de echar luz sobre la oscuridad para ver; y viendo, pensar en el sentido del mundo y el de ese Alguien mismo en el mundo, con el mundo. Aunque nos parezca mentira, nuestra mirada cambia el mundo; y nuestra mirada del mundo, nos cambia a nosotros. Somos hacedores permanentes de cultura como ningún otro ser; Y la cultura es responsable de la humanización de este extraño y débil espécimen biológico que somos. ¿Reciprocidad? No. Ya no somos los mismos antes y después de "ver" aquello que iluminamos. Ya no somos los mismos pensando nuestro pensamiento al tiempo que realizándolos; ya no somos los mismos realizando el mundo cuando realizamos nuestro pensamiento, la irrealidad que llamamos pensamiento. Irrealidad que es vivamente real para cada uno, porque la experimentamos en nuestra inmediatez individual. Irrealidad-pensamiento que sólo podemos realizar cuando la comunicamos, cuando la compartimos, cuando nos permitimos dejarnos llevar por este hermoso juego de la Incertidumbre de humanidad: Descubrirnos, descubrir y dejarnos descubrir. Y ese juego de Incertidumbre nos lleva a la conclusión provisoria -y algo precaria- de que ya jamás seremos los mismos después de haber dado con el otro y descubrirlo tal como es y tal como va cambiando. Y nos permite, como poco, esta tarea maravillosa de humanidad de proveer de valores y de sentido a algo o a alguien que nos era desconocido. ¿No es maravilloso descubrir que eres alguien para alguien? ¿Que hay alguien que le da sentido al mundo? ¿Que hay alguien para quien tienes sentido? ¿Que hay alguien que sabe que debe descubrirte día a día para conocerte y reconocerte mientras vas viviéndote y transformándote? ¿Alguien que de algún modo habrá de reconocerse en tí? ¿No es maravilloso que el universo indiferente deje de serlo en este juego de Incertidumbre que juega nuestra humanidad entre realidad y pensamiento? ¿No es maravilloso que alguien deje de ser indiferente, en tanto que era desconocido, para vos? ¿No es fantástico, acaso, que dejes de serle indiferente a alguien, que te descubra entre millones de personas y cosas que forman parte del mundo y, aún, de su propio mundo interior? ¿No es maravilloso sentirte alumbrado, alumbrada por alguien que te está descubriendo? ¿No es todo un desafío estar con un pie en cada mundo: El exterior del que formas parte y el interior que eres tú mismo, que eres tú misma? ¿No es apasionante entrar y salir del mundo interior al exterior, casi permanentemente y sin dejar de ser, transformándote, y pasando a ser Alguien para Alguien, en su mundo interior y en su cotidianidad? Y todo esto, sean cuales fueran las respuestas que se puedan hallar, es que se da en un mundo común, una comunidad que hacemos en conjunto, donde inventamos y manejamos las herramientas que pongan en contacto nuestras expresiones de humanidad, nuestras interioridades. Comunidad que se vuelve sinónimo de compartir. El problema, al final, me parece -y lo digo sin estar del todo convencido o estándolo con reservas a futuro- es que un "mundo de ideas" un "mundo de pensamiento" no es ilícito porque sea irreal. Al fin, son pensamientos, imágenes, sensaciones, ilusiones, de alguien o para alguien (el sueño es irreal para otro que no soy yo, y muy real para mi que lo sueño; algo del sueño empezará a volverse real cuando le cuente al otro mi sueño y le permita a su irrealidad-pensamiento pensar en las imágenes de mi sueño realizándolas para sí de alguna manera). Es ilícito si es que no se considera como mínimo un alguien. Y si es así de ilícito, es inexistente. El otro es como es, como se manifiesta y como lo descubro; y es tan real y tan lícitamente irreal siempre y cuando asuma que el otro está en transformación y que, como mínimo, pensándolo, sintiéndolo, integrándolo a mi mundo y de algún modo integrándome a su mundo, yo también lo estoy... ¿Conducirán -me pregunto- el egoísmo, la indiferencia, la mezquindad, el odio, el sectarismo a algún otro estado que no sea el de la inexistencia? O más vulgarmente hablando, estas patologías sociales que experimenta el individuo ¿Conducirán a otro estado que no sea el de la estupefacción más baja, esa que llamamos estupidez?... Quizá Heisenberg nos haya estado contando, en su idioma de ciencia física, la extraordinaria maravilla del pensamiento de un modo inusual. Y quizá no sea cuestión de "posiciones" o de "observadores" como en la relatividad de Einstein: En la Incertidumbre, los observadores somos juez y parte al mismo tiempo; y nuestras posiciones en transformación son, al mismo tiempo reales e irreales en un mundo paradójico al que, quizá, no conocemos tanto como creíamos: El nuestro. Por eso es tan maravilloso -al menos para mí- levantar la cortina por las mañanas, ver el sol o la lluvia, y antes de salir de mi casa pensar en voz alta: ¡Que la vida me sorprenda!... mientras me sorprendo, una y otra vez, viviéndola. Compartiendo... Al final de cuentas ¿Qué son estas pocas líneas sino la excusa para que te detengas un rato y pensemos juntos?
Ezequiel Olivary
ALUCINADO...
Alguien dijo
alguna vez que estar enamorado es como estar alucinado; es transitar la tarde y percibir aromas que nadie percibe excepto el amador y el amado;
Alguien dijo alguna vez, ya no recuerdo quién, ni cuándo, ni dónde, que estar enamorado no es buscar las estrellas, sino tenerlas guardadas alumbrando los bolsillos del alma; que no es estar enamorado otra cosa sino soltar innumerables palomas de la galera invisible que el amado le regala al amador cada vez que le mira a los ojos, cada vez que le abraza en la ternura, y le abrasa en la pasión.
Que estar enamorado, dijo alguien, alguna vez, no es tocar el cielo con las manos, sino sentir la caricia de Dios que con todo el cielo consigo, colmando a los afortunados con un delgado y profundo toque que se hace lazo pero jamás cadena.
Y quizá sea cierto, que eso sea estar enamorado. Puede que resulte mucho o que resulte escaso... pero no tiene otro nombre ni otra explicación posible esta maravillosa alucinación de sentir tu presencia cuando nos convocamos a vivir apenas despunta la mañana, mientras llamas a nacer el sol en la alborada de tu piel;
no me atrevo a otro nombre cuando sólo pronunciar el tuyo hace que una brisa extraña y cálida acaricie mi piel y me estremezca como un recién nacido ante el sólo roce del aliento maternal.
Será estar alucinado estar enamorado... Pero es tan magnífica la plenitud de sentirte presente que pido al cielo nadie me quiera volver razonable, quitándome este dulce delirio que despiertas en mí a cada instante que te pienso que te siento; a cada momento en el que -en nuestro jardín secreto- me traes la fresca novedad de ser quien eres tal y como eres...
Quizá sea estar alucinando sentir que eres conmigo latiendo dentro mío desde cada pulsación tuya... Sentir que dónde estés está mi mundo; que dentro tuyo aguarda al final de la jornada mi lugar en el mundo.
Quizá tenga razón quien dijo que esto, precisamente esto, prístinamente esto, sea estar enamorado...
Ezequiel Olivary LLÉVAME...
En sueños al pie de mi cama una mágica lámpara anoche veía. En sueños y aún mojado de las aguas del inconsciente me levante y entre mis manos la lámpara tomé.
Fue apenas frotar el metal que de su vientre surgió emergiendo del éter la imagen de un extraño genio que tres deseos cumplirme ofreció; pronto en sueños le dije: "Llevame con ella, llévame con ella, llévame con ella"
Y me respondió: ¿Y si no te quisiera? Aunque no me quiera, en sueños, respondí. ¿Y si de otro sus abrazos fueran? Aunque no me abracen sus brazos quiero dejarme abrasar por el fuego de sus pupilas.
¿Y si no te cumplo, tal como te ofrecí, tus deseos? Entonces vete pronto y déjame... Déjame seguir soñando con ella.
Ezequiel Olivary ELLA
Creía no comprender a mi amigo cada vez que me hablaba secretamente y sin balbuceos acerca de ella.
Cuando me decía que con una sola mirada era capaz de exorcizar viejos demonios y quemarlos en la hoguera de sus ojos. Cuando me explicaba cómo, con apenas algunas palabras, era capaz de endulzar el más salobre de los mares de lágrimas, y con su abrazo entibiar la más fría de las noches.
Creía no comprenderlo cuando me decía que sólo imaginar sus labios hacía que los propios sintieran la viva sensación del beso en oleadas de pasión y ternura.
Creía casi insólito, quizá delirio, que me dijera ilusionado como es el tacto aéreo de la piel de sus manos, como resbalan los suspiros por las laderas de sus hombros hasta expandir en caricias rodando por la suave cuesta de sus brazos; cómo su ombligo tiene tal atracción gravitatoria que hace satélites de besos por la sola proximidad con ligeros labios, imprudentes viajeros de su cuerpo.
Creía ya locura irredenta que me contara como era capaz de crispar hasta los poros mismos el presentimiento de la vecindad de su cara y cómo vuelan los atardeceres cuando el viento regala la caricia de sus cabellos, o arden en llamas las noches enlazados, como hermético cadúceo, a su amor entre las sábanas.
Creía una exageración malsana que jurara una y otra vez que sus éxtasis son orgasmos de sol, explotando en luz con su piel entrelazada en un abrazo infinito con el alma, con su cuerpo cubierto del gentil rocío de la transpiración de su deseo beligerante que, aunque agotado y entre gemidos, prepara, nuevamente hambriento, el contraataque.
Llegué a creer que mentía mi amigo, que las desolaciones pasadas, que las heridas a duras penas cicatrizadas le habían quitado la cordura por completo, cuando sostenía con más firmeza que Leónidas que pronunciar su nombre, entre murmullos y al oído, es hacerle el amor a la vida misma; es el conjuro que hace llover felicidad sobre la tierra ávida de la magia del enamoramiento; y que su voz al oido es el canto de una sirena que irresistible arrastra, en cuerpo y alma, hasta hundirse, plácida o salvajemente, en los abismos interminables de su mar.
Impávido le oía decir, con exasperante insistencia, que sus pechos tienen las fresca fragancia de las hierbas al despuntar la primavera, de alfalfares que se pueblan de dorado por las mañanas, de abejas invisibles que en cada palmo de su soberana y orgullosa superficie dejan desafiantes trazas de miel opalina capaces de producir ansias de beber aunque se haya ahogado en la dudosa saciedad del goce la garganta insondable de la sed.
Que sus dedos son la caricia pura propiamente dicha, largamente anhelada; y sus pies tienen la levedad de la brisa entre la bruma; y es un río de intensa delicia su cuerpo, que entre espasmos y casi al borde de perder el sentido aún suspira de placer. Creía no comprender a mi amigo...
Hoy con sólo mirarla a los ojos comprendo cuánto de verdad decía cuando me hablaba de ella antes de sentirla como la siento impregnando mis sentimientos como el alma que adherida llevo en mi cuerpo. Hoy sospecho que su mirada quizá me conoce desde hace mucho... desde antes de que naciera el tiempo...
Ezequiel Olivary UN NIÑO
Se ha enamorado un niño, no sé si del mar, no sé si del viento, no se si de una mujer que cubre con la espuma pudorosa su bonito cuerpo y peina su cabello con la brisa matinal. Un niño se ha enamorado: a la rastra y en vano pretenden llevarle las estrellas a navegar por un mar de peregrinos pensamientos. Amenazador, el tiempo, empuja con la fuerza del huracán urgiendo distracciones que él no atenderá.
Es que un niño se ha enamorado y cuando eso sucede se detiene el universo para contemplar los colores de la acuarela de su sueño; y cuando eso acontece, el tiempo se vuelve nada y él, inocente de todo pecado de apuro ni exigencia, se monta sobre un pedazo de eternidad con el que se hace centauro y cabalga sin medida la noche hasta las profundidades de la mirada que definitivamente lo ha embrujado.
Ezequiel Olivary "SI MACHADO VOLVIERA......SERÍA PRIMAVERA..." "Me dijo un alba de la primavera: Yo florecí en tu corazón sombrío ha muchos años, caminante viejo, que no cortas las flores del camino.
Tu corazón de sombra ¿acaso guarda el viejo aroma de mis viejos lirios? ¿perfuman aún mis rosas la alba frente del hada de tu sueño adamantino?
Respondí a la mañana: Sólo tienen cristal los sueños míos. Yo no conozco el hada de mis sueños; no sé si está mi corazón florido.
Pero si aguardas la mañana pura que ha de romper el vaso cristalino, quizá el hada te dará tus rosas, mi corazón tus lirios."
Antonio Machado - en "Soledades" (1899-1907) - FEMENINO EN SOL MAYOR
Un sol ilumina nuestro ser desde muy dentro del ser que ha hecho posible nuestro ser. Ése que es el puente de la vida, que nos tiende amables sus brazos para traernos a ser quienes somos, quienes podemos ser.
Ése ser capaz de cambiar con su sola presencia los aromas de una sala los colores de una mañana los sabores de una noche;
Ése capaz de hacer que la primavera se extienda por más de cincuenta inviernos, o de poner a vivir, para nosotros, desde el mundo de los significados, la palabra ternura en el mundo de las realidades.
Ése ser tiene dentro un sol que bien podría eclipsar al propio astro que nos despierta de mañana. Un sol capaz de dar calidez sin quemar; capaz de abrasar sin consumir; capaz de iluminar sin agotarse.
Un sol capaz de dibujar millones de sonrisas más que la estrella más cercana cuando aparece detrás de las nubes fugitivas al final de una negra y pavorosa tormenta. Posee ése ser un sol que llena de confianza nuestros pasos, de vibraciones nuestras caricias, de temblores nuestras palabras, de pureza nuestras intenciones. Y también enciende pasiones que queman tanto que todo lo renuevan; anhelos que crecen tanto que nos hacen latir dos corazones en un pecho.
Nosotros, viajeros, buscamos siempre la vereda del sol -ése sol que lleva dentro- y es por eso que nos pasamos la vida buscando la tibia radiación que con dulzura o aspereza nos haga sentir de cotidiano que vale la pena esta maravillosa magia de sentirnos viviendo.
Ése ser de sonrisa musical, cuyo sol da la nota; tan frágil, que en comparación, un cristal es un muro. ¿Quién no reconoce que su cercanía lo puebla todo de vida y hace reverdecer sentimientos aún hasta en aquellos que los creían ya marchitos?
Hombre: Mira y ve qué hay detrás -en lo profundo- de la mirada que brota de los ojos de una fémina.
Si no te conmueve lo que ves, recuerda, al menos, que ese sol que no logran ver tus ojos es semejante al de aquella que te abrigó durante los meses en los que con su voz te llamaba a ser en el mundo.
Es la más bella nota de una sinfonía vital en la que cada sonido tuyo participa.
Quiere a ese ser. No le atormentes, ni le apremies buscando el artificio fácil de una naturaleza distinta de aquella que tan suavemente palpita dentro suyo.
Y recuerda que no todos los soles son iguales, no brillan de igual manera, ni dan la misma calidez. Hay soles más luminosos, más delicados, más frágiles y más gentiles.
Cuando encuentres ese sol, distinto de los otros soles, que sea para ti el sol mayor que le da pleno sentido a esta sinfonía de la vida.
Cuídalo, protégelo: Es un sol contigo y para tí pero no es un sol tuyo, de tu propiedad, ni tampoco es un sol de papel que en otros y distintos mil papeles dibujados pudieras hallar; o que insatisfecho te fuera lícito estrujar y arrojarlo lejos como se arrojan los malos recuerdos.
Y no dejes, por fin, de darle gracias a Dios, por el milagro bendito de quitarte una costilla para hacer un sol y revestirlo de mujer.
JUEGO DE AMOR: WERTHER VERSUS DON JUAN (según Stendhal)
Siempre fui partidario de la creencia de que, en el juego del amor, en la seducción, el enamoramiento y todo el "ritual" que deriva en la formación de un vinculo sano y fuerte o uno pasajero, superficial o "desastroso", no hay época, ni geografía, ni etnia en la que se juegue con más o con menos virtud o acierto que en otra. ¿Quién diría -exponiéndose así al ridículo- que en las sociedades de hoy el juego del amor es "mejor" que en las sociedades del neolítico palestino? No creo que haya conducta o comportamiento disoluto de hoy que no haya existido ya en la época de los pulidores de piedras, de los primeros herreros, ni siquiera en la Escandinavia de un Sturlsson... Y tampoco creo que las virtudes antiguas sean mejores que las modernas ni viceversa, porque si se agudiza un poquito la vista, la virtud no envejece con el tiempo, ni cambia con el pigmento de la piel, ni con la geografía. Y dando algunas vueltas por este pensamiento peregrino, me encontré con varias preguntas: ¿Todos los juegos de amor son igualmente válidos o no?; y si lo son ¿todos son igualmente exquisitos, felices o satisfactorios? ¿cuáles serán virtuosos y cuáles tortuosos? Los juegos de amor ¿están coronados por el éxito o condenados por éste? ¿Terminan los juegos de amor allí donde alguna gente cree que terminan o es que allí recién empiezan? ¿Son preferibles unas reglas a otras?... ¿hay reglas?... Como no me gusta vociferar mis conclusiones -probablemente porque no sean demasiado relevantes- y me entusiasma mucho más dejar librado el asunto a las diversas opiniones, busqué algo que hace unos años me pareció en cierto modo simpático -aunque no menos agudo y discutible-, hoy atractivo para ofrecerlo, digamos, como una lectura interesante o especie de aguafuerte. No es necesario estar en desacuerdo o estar de acuerdo. Ni siquiera es necesario nada más que el intento de "jugar en serio" un poquito con el texto que sigue, y tomarse toda la libertad y algunos minutos para disfrutarlo. NOTA: Se recomienda sazonar el texto con una pizca de humor sutil, de la clase y el color que se quiera...
WERTHER Y DON JUAN
Entre los jóvenes, cuando se han burlado hasta la saciedad de un pobre enamorado y éste ha abandonado el salón, la conversación acaba ordinariamente por tratar la cuestión de saber si vale más conquistar a las mujeres como el Don Juan de Mozart o como Werther. El contraste sería más exacto si hubiera citado a Saint-Preux, pero éste es un personaje tan vulgar que molestaría a las almas tiernas dándoselo por representante. El carácter de Don Juan requiere mayor número de aquellas virtudes útiles y estimadas en el mundo: La admirable intrepidez, un ingenio fértil en recursos, la vivacidad, la sangre fría y un ingenio divertido, etc. Los Don Juanes tienen grandes momentos de sequedad y una vejez muy triste; pero la mayoría de los hombres no llegan a la vejez. Los enamorados hacen un pobre papel por la noche en el salón, porque cerca de las mujeres no se tiene ni talento ni fuerza sino se pone en tenerlos tanto interés como el que se pone en una partida de billar. Como la sociedad conoce que los enamorados tienen un gran interés en la vida, por mucho ingenio que éstos posean siempre ofrecen a las burlas su costado; pero por la mañana, al despertarse, en vez de tener mal humor hasta que algo picante o malicioso venga a reanimarlos, ellos piensan en lo que aman y hacen castillos en el aire, habitados por la dicha. El amor a lo Werther abre el alma a todas las artes, todas la impresiones dulces y románticas, al claro de luna, a la hermosura de los bosques, a la de la pintura, en una palabra, el sentimiento y goce de lo bello, bajo cualquier forma que se presente, aunque fuese bajo un traje de buriel. Hay que encontrar la dicha hasta debajo de las riquezas. Esas almas, en vez de estar sujetas a extenuarse (...) enloquecen por exceso de sensibilidad (...). Las mujeres dotadas de cierta elevación de alma, que después de la primera juventud, saben ver el amor donde está y cuál es este amor, escapan por lo general a los Don Juanes, que en su haber cuentan más bien el número que la calidad de sus conquistas. En desventaja de la consideración de las almas tiernas, advertid que la publicidad es necesaria a los triunfos de los Don Juanes, así como el secreto lo es para los de Werther. La mayoría de los que se ocupan habitualmente de mujeres, han nacido en el seno de un gran bienestar, es decir, que por el hecho de su educación y por la imitación de lo que les rodeaba en su juventud, son egoístas y secos. Los verdaderos Don Juanes acaban hasta por considerar a las mujeres como al partido enemigo y por alegrarse de sus desgracias de todo género. Por el contrario, el amable duque de Pignatelle nos mostraba en Münich la verdadera manera de ser dichosos por la voluptuosidad, aun sin el amor-pasión. Cierta noche me decía: "Yo veo que una mujer me agrada, cuando me encuentro cohibido junto a ella y no sé qué decirle". Muy lejos de emplear su amor propio en avergonzarse y en vengarse de ese momento de perplejidad, lo cultivaba preciosamente como al origen de la dicha. En este amable joven el amor-gusto estaba completamente libre de la corrosiva vanidad; era un matiz débil, pero puro y sin mezcla, del amor verdadero; él respetaba a todas la mujeres como a seres encantadores para los que somos muy injustos. (20 de febrero de 1820) [...] Lo que hace creer más dichosos a los Werther es ver que Don Juan reduce el amor a no ser más que un negocio ordinario. En vez de tener, como Werther, realidades que se modelan según sus deseos, Don Juan tiene deseos imperfectamente satisfechos por la fría realidad, como sucede en la ambición, en la avaricia y en las demás pasiones. En vez de perderse en los encantadores ensueños de la cristalización, piensa, como un general, en el éxito de sus maniobras, y en una palabra, mata el amor, en vez de gozarlo más que nadie, según opina el vulgo. [...] Otra razón, que al menos lo es para mí, razón cuyo desconocimiento hay que perdonar a los hombres, gracias a la maldad de la providencia, es que la costumbre de la justicia me parece, salvo accidente, el camino más seguro para llegar a la dicha, y los Werther no son malvados. Para ser dichosos en el crimen se necesitaría carecer por completo de remordimiento. No sé si puede existir un ser semejante; yo nunca lo he encontrado [...] se necesitaría -y esto es imposible- carecer en absoluto de simpatía o poder condenar a muerte al género humano. Las gentes que no conocen el amor más que por las novelas experimentarán una natural repugnancia al leer estas frases en favor de la virtud en el amor. Éste consiste en que, según las leyes de la novela, la pintura del amor virtuoso es esencialmente aburrida y poco interesante. Visto a lo lejos, parece que el sentimiento de la virtud neutraliza el del amor y las palabras amor virtuoso semejan ser sínomas de amor débil. Pero todo esto es una enfermedad del arte de pintar, que no importa nada a la pasión tal como existe en la naturaleza. [...] Don Juan me decía en Thorn en un acceso de mal humor: "No hay más que veinte variedades de mujeres, y una vez poseídas dos o tres de cada variedad, la saciedad comienza" Yo respondía: "Solamente la imaginación se libra para siempre de la saciedad. Cada mujer inspira un interés diferente, y es más, la misma mujer, si el azar os la presenta dos o tras años más pronto o más tarde en el curso de la vida, y si el azar quiere que améis, es amada de una manera distinta. Pero una mujer tierna, aun en el caso de amaros, no causaría en vosotros, merced a sus pretenciones de igualdad, más que la irritación del orgullo. Vuestro modo de poseer mujeres mata todos los demás deleites de la vida; el de Werther los centuplica" Stendhal -Del Amor (1822)- SAN AGUSTÍN: LA MEMORIA Y LA VIDA FELIZ
¿Y qué cuando es la misma memoria la que pierde algo, como sucede cuando olvidamos alguna cosa y la buscamos para recordarla? ¿Dónde al fin la buscamos, sino en la misma memoria? Y si por casualidad aquí se ofrece una cosa por otra, la rechazamos hasta que se presenta lo que buscamos. Y cuando se presenta decimos: "Esto es"; lo cual no dijéramos si no la reconociéramos, ni la reconoceríamos si no la recordásemos. Ciertamente pues, la habíamos olvidado. ¿Acaso no era que había desaparecido del todo, y por la parte que era retenida buscaba la otra parte?. Porque sentíase la memoria no revolver conjuntamente las cosas que antes conjuntamente solía, y como cojeando por la truncada costumbre, pedía que se le volviese lo que la faltaba: algo así como cuando vemos o pensamos en un hombre conocido, y, olvidados de su nombre, nos ponemos a buscarlo, a quien no le aplicamos cualquier otro distinto que se nos ofrezca, porque no tenemos costumbre de pensarlo con él, por lo que los rechazamos todos hasta que se presenta aquel con que, por ser el acostumbrado y conocido, descansamos plenamente. Mas éste, ¿de dónde se me presenta sino de la memoria misma? Por que si alguno nos lo advierte, el reconocerlo de aquí viene. Porque no lo aceptamos como cosa nueva, sino que, recordándolo, aprobamos ser lo que se nos ha dicho, ya que, si se borrase plenamente del alma, ni aun advertidos le recordaríamos. No se puede, pues, decir que nos olvidamos totalmente, puesto que nos acordamos al menos de habernos olvidado y de ningún modo podríamos buscar lo perdido que absolutamente hemos olvidado. ¿Y a ti, Señor, de qué modo te puedo buscar? Porque cuando te busco a ti, Dios mío, la vida bienaventurada busco. Búsquete yo para que viva mi alma, porque si mi cuerpo vive de mi alma, mi alma vive de Ti. ¿Cómo pues busco la vida bienaventurada -porque no la poseeré hasta que diga "basta", allí donde conviene que lo diga-, cómo la busco, pues? ¿Acaso por medio de la reminiscencia, como si la hubiera olvidado, pero conservado el recuerdo del olvido? ¿O tal vez por el deseo de saber una cosa ignorada, sea por no haberla conocido, sea por haberla olvidado hasta el punto de olvidarme de haberme olvidado? ¿Pero acaso no es la vida bienaventurada la que todos apetecen, sin que haya ninguno que no la desee? Pues ¿dónde la conocieron para así quererla? ¿Dónde la vieron para amarla? Ciertamente que tenemos su imagen no sé de qué modo. Mas es diverso el modo de serlo el que es feliz por poseer realmente aquella y los que son felices en esperanza. Sin duda que éstos la poseen de modo inferior a aquellos que son felices en realidad; con todo, son mejores que aquellos otros que ni en realidad ni en esperanza son felices; los cuales, sin embargo, no desearan tanto ser felices si no la poseyeran de algún modo; y que lo desean es certísimo. Yo no sé cómo lo han conocido y, consiguientemente, ignoro en qué noción la poseen, sobre la cual deseo ardientemente saber si reside en la memoria; porque si está en ésta, ya fuimos en algún tiempo felices: ahora, si todos individualmente o en aquel hombre que primero pecó, y en el cual todos morimos y de quien todos hemos nacido con miseria, no me preocupa por el momento, sino lo que me interesa saber es si la vida bienaventurada está en la memoria; porque ciertamente que no la amaríamos si no la conociéramos. Oímos este nombre y todos confesamos que apetecemos la cosa misma; porque no es el sonido lo que nos deleita, ya que éste, cuando lo oye en latín un griego, no le causa ningún deleite, por ignorar su significado; en cambio, nos lo causa a nosotros -como se lo causaría también a aquél si se la nombrasen en griego- porque la cosa misma ni es griega ni latina, y ésta es la que desean poseer griegos y latinos, y los hombres de todas las lenguas. Luego es de todos conocida aquélla; y si pudiesen ser interrogados sobre si querían ser felices, todos a una responderían sin vacilaciones que querían serlo. Lo cual no podría ser si la cosa misma, cuyo nombre éste (felicidad), no estuviese en su memoria.
San Agustín -Confesiones (finales del siglo IV d.C.)-
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