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日志


MAR

 

 

 

Me llaman mar.

 

Mi piel azul verdosa

inquieta, espumosa,

lame el aire

como una lengua gigante

como una lengua

poblada de vida.

 

 

Me llaman mar.

 

Oculto en mi seno

muertos y muertes

bailando su eternidad

con pequeños seres,

mansos o peligrosos,

bellos algunos;

los otros, horrorosos.

 

 

Me llaman mar.

 

Y cuando me llaman

los hombres

desde cualquier lugar

los hombres de tierra seca

los hombres desde los barcos,

mi respuesta ruge

en estertores sonoros de sal,

en niebla, en rocío, en frescura.

 

 

Me llaman mar.

 

No respondo a mi nombre

ni a ningún nombre.

No tengo cintura ni cinturón,

no tengo atajos

ni caminos marcados

ni surcos, ni senderos.

 

 

Me llaman mar.

 

Yo sólo me llamo cielo,

me llamo tierra

me llamo ilusión, desafío.

Y se que, por rebelde, cuando me llamo

nunca, jamás, me respondo…

 

 

Me llaman mar.

 

Navíos y navegantes

famosos e ignotos

cubrieron con sus quillas de afeites

el cabello salobre de mis múltiples cabezas.

Dueños del mar guardo en mi disueltos.

Infaustos soñadores y avaros, también.

Ánforas con aceite y sin aceite,

barcos con monedas, con seda, con madera,

con velas y esqueletos blancos

de quienes un día las izaron.

 

 

Me llaman mar.

 

 

Algunos me comparan a la locura,

otros a la vida misma.

Otros dicen de mi halagos sin cuenta;

otros se sientan mansamente en la arena

a llorar en silencio por mis habitantes.

Yo no me entero.

Soy cálido, soy frío, soy fiel, soy embustero.

Todas las tierras toco, todo el aire es mío.

Soy la tumba de la luz del sol

y al final o al principio

soy el final o el principio de la vida misma.

 

Me llaman mar…

 

 

 

Ezequiel  Olivary

CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN

 

No hace falta presentar a San Agustín. Quizá solamente la anécdota de que, buscando el mejor material para terminar un texto que estoy preparando para un amigo querido, y con quien me he comprometido a acercárselo, recordé algunas experiencias y observaciones de Agustín. Vienen aquí a cuento porque me encuentro a diario con personas que aborrecen el lenguaje bien hablado y con otros que aborrecen la simpleza de las palabras rústicas.

Y en este empeño, encontré que ambas cosas tenían una relación: El creciente influjo de la “cultura de lo fácil” sumado al otro influjo, el de quienes se rasgan las vestiduras por los pobres, pero que en realidad, sólo alimentan con sus obras, aparentemente caritativas, su vanidad de “ayudar al miserable”…

Ver, juzgar, actuar. Una fórmula infalible. En el actuar, también está la palabra. También está el discurso. Y el discurso, que es también un trabajo-de-vida como expresión de la dignidad humana en toda su plenitud, depende de la intención que le alimenta. Si la intención es buena, esa palabra edifica, ayuda, reconforta, anima. Si la intención es mala, esa palabra engaña, corrompe, desvía, interfiere, confunde, daña.

Mejor, los dejo con este breve fragmento extraído de las “Confesiones”:

 

 

“… ya había aprendido de tí que no por decirse una cosa con elegancia debía tenerse por verdadera, ni falsa porque se diga con desaliño; ni a su vez verdadero lo que se dice toscamente, ni falso lo que se dice con estilo brillante; sino que la sabiduría y necedad son como manjares, provechosos o nocivos, y las palabras elegantes o triviales, como platos preciosos o humildes, en los que se pueden servir ambos manjares”

(San Agustín –Confesiones-)

 

 

Sólo el buen juicio puede discernir lo que es recto de lo que no lo es, separando el trigo de la cizaña.

LOS SUFRIMIENTOS PRESENTES (fragmento de “El sentido de la historia según Santo Tomás de Aquino” por Leo J. Elders)

 

Les dejo un pequeño fragmento de un escrito del P. Leo J. Elders, que tenía entre los tantos borradores para publicar aquí y que, con alguna pequeña modificación, como lo es esta presentación, puedo acercarles hoy.

Me movió a rescatarlo del borrador, con algunas correcciones, una entrada que leí días atrás en el espacio del P. Jorge, amigo de este espacio, acerca del homicidio sufrido por un sacerdote, el P. Eduardo, en Cuba.

El texto que contiene el fragmento se titula “El sentido de la historia según Santo Tomás de Aquino” y, a última hora, he preferido sustraer todo el texto de mi puño y letra que, en el borrador que tenía preparado desde hace tiempo, se extendía más allá del final del fragmento. Creo que es tan nutritivo el texto objeto de la glosa, que creo innecesaria hacer una extensión excesiva en esta entrada.

Tal como lo ha sido para mi, espero sea del mayor provecho para quien lo lea, indistintamente se trate de una persona creyente o no creyente. Es un texto por demás interesante para movernos a reflexionar acerca, justamente, de “los sufrimientos presentes”.

Los dejo con el texto del P. Elders.

Ezequiel  Olivary

 

LOS SUFRIMIENTOS PRESENTES 

(fragmento final de la conferencia “El sentido de la historia según Santo Tomás de Aquino” -  por Leo J. Elders)

 

 Santo Tomás cita repetidas veces las frases de la Sagrada biblia relativas a los sufrimientos que los discípulos de Jesús sostienen en el mundo. Tomás comenta que la razón de estas dificultades y persecuciones de parte del mundo se explica por el hecho de la elección de ellos por Cristo, y la manera en que ellos se distinguen del mundo. Cita 1 Jn 3,13: “No os maravilléis, hermanos, si el mundo os aborrece. Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos”. Tomás explica que en la base de todas las persecuciones está el odio. […]

San Pablo cataloga las penas de la vida de un apóstol: ¿”Quién nos arrebatará al amor de Cristo”? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Según está escrito: “Por tu causa somos entregados a la muerte todo el día, somos mirados como ovejas destinadas al matadero” (Rom.8,35-36). Santo Tomás nota que los santos padecen todas estas clases de males a causa de Cristo. No solamente quien sufre por la fe, sino el que sufre por una u otra obra buena que ha hecho, sufre por Cristo. La persecución es continua y vehemente –hasta entregar a los santos a la muerte- y aplica métodos escogidos de tortura. Hay que imitar a los profetas que padecían ataques verbales, agravios, calumnias. Hay una triple persecución: En el corazón, es decir, por odio; en acciones; y por palabras mentirosas, vituperantes y calumniosas. Cuando San Pablo escribe: “hasta el presente pasamos hambre, sed, desnudez; somos abofeteados, y andamos vagabundos y penados trabajando con nuestras manos; afrentados, bendecimos y perseguidos, lo soportamos; difamados, consolamos; hemos venido a ser hasta ahora como deshecho del mundo, como estropajo de todos”, Tomás comenta que los apóstoles padecían de tal manera que no fueron abandonados, puesto que la Providencia divina ajustaba para ellos abundancia y escasez, según les convenía para practicar las virtudes.

En la segunda espístola a Timoteo, San Pablo escribe que “Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones”. Santo Tomás comenta que trata de la observancia del culto cristiano. […] Pero los cristianos sufren también por su compasión con los defectos, faltas y penas de sus prójimos. Los santos sufren de la debilidad de su cuerpo y de las tentaciones de parte del diablo. Sin embargo, los pecadores caen en males más grandes por su culpabilidad. Hay un motivo de consuelo y de envalentonamiento: Los malos no pueden hacer daño sin límite, porque Pablo dice que “no se saldrán con sus intentos”. Efectivamente la Providencia les impide terminar lo que han empezado a hacer contra la Iglesia. […]

La figura de este mundo es pasajera. La brevedad del tiempo, de que hablan los textos, se refiere no tanto a una duración breve como a la transitoriedad del hombre, del mundo material y de la historia. […] El tiempo de la vida presente es comparado a la noche, por las tinieblas de la ignorancia en que vivimos. […] San Pablo, después de haber hablado de las maravillas de la gracia que hemos recibido de Cristo, llama la atención sobre la vida presente, en que tendremos muchas dificultades y penas. Uno podría decir que la heredad eterna es dificultosa, si antes hay que sufrir tanto. Pero la gloria prometida sobrepasa todo, porque es eterna y corresponde a las expectaciones de las criaturas.

A pesar de los sufrimientos que los discípulos de Jesús padecen y su sumisión a la caducidad y la vanidad de la vida cotidiana, la actitud dominante es la confianza porque “Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Tom.8,28). Tomás ve una confirmación de estas palabras en la naturaleza. En el mundo físico y en los organismos, lo que es inferior sirve a lo que es más noble. Ahora bien, en medio de todo lo que hay en el universo, los santos son lo más noble, pues Jesús dice “te constituiré sobre lo mucho” (Mt.25,23). Así, hasta el mal que hacen los pecadores vuelve a ser un bien para los santos. Dios atiende de tal manera a los santos que no permite que algún mal los afecte, si no que lo convierte en un bien para ellos. Pero los caminos de Dios son insondables y sus juicios inescrutables. A todo esto se añada el gozo en el Señor de los discípulos de Cristo, “porque sus nombres están escritos en los cielos” (Lc.10,20).Comentando estas palabras, Tomás escribe que hay que alegrarse por la bondad divina y también porque Dios nos deja participar en ella en esta vida.

  Caravaggio-Crucifixion_of_Peter_1

La crucifixión de San Pedro (Caravaggio)

SONRISA DE LLUVIA

Hoy llueve

 

Por fin, llueve.

 

El polvo de los caminos

flotaba en el aire

y vestía de bermejo

la piel de las tardes.

 

La canícula del estío

como sierpe constrictora

parecía ahogarlo todo

hasta la misma primicia del alba.

 

Hoy llueve.

 

Por fin, llueve.

 

Braman las nubes en truenos

mientras la música del goteo

desata, majestuosa, la ópera vital

que colma la avidez del suelo.

 

El frescor de la brisa

el aroma de tierra mojada

y la esperanza renovada

de sentir en la piel el agua del cielo.

 

Hoy llueve.

 

Por fin, llueve.

 

Sobre campos, tejados y charcos.

Limpia el gotear incesante

el espejo manso de la laguna,

bañando al totoral.

 

Sobre terrazas, paraguas y cabezas.

Sobre sembradíos y hormigueros.

Se vuelve de repente semilla el aguacero

y a todos nos crecen sonrisas en el alma.

 

 

Ezequiel  Olivary

NUTRITIVA ALEGRÍA

 

 

Fue creciendo

entre tardes soleadas

y noches tormentosas;

bebió de las estrellas la luz,

del cielo la caricia de agua;

lentamente, sin prisas,

fue creciendo

abrazada por el aire,

desnuda ingenuidad dorada

en su piel se volvía más sol el sol

y más bondadosa la mirada.

Olvidó con el final de la primavera

el nombre de semilla

los días oscuros de germinación

en el vientre de la tierra.

Olvidó la seca y el chirrido del arado;

olvidó que se vestía de verde

durante aquellas primeras mañanas

en las que, asombrada,

era testigo de novedosos amaneceres.

Fue creciendo

entre almidones y azúcar,

entre hierbas, sorteando espinas,

elevándose hacia al cielo

como quien ruega una plegaria

como todo lo que crece lentamente

desde el suelo.

saudade-saavedra-credito carlos molinari

Una tarde en que el cielo

entre inciertas nubes se debatía

dijo adiós al cobijo de la tierra

y con la sencillez de saber

que no alcanzaría

estirándose, el cielo,

se dejó segar por el filo, mansamente.

Sonreía y los dorados destellos

en su cabellera

durante una tarde de clima incierto,

delataban su alegría.

Alegría de volverse, un día, harina.

Alegría de pan, de mañanas,

de risas infantiles, de aroma a café.

Alegría de saberse entre dos manos

dispuestas a compartir

almidones y azúcares

que con tanto trabajo

y con tanta esperanza

había acumulado en días sin cuenta

y sin horarios.

Winter Wheat Winter Storm

La última y delicada sonrisa:

la simple y nutritiva

alegría de una espiga.

 

 

 

Ezequiel  Olivary

 

 

GRAVEDAD Y FRESCURA

 

rain

Planea el aire

gaviota cristalina

                           bailando

caprichosamente al viento.

No ruge, se mueve

                          en silencio

y dejando va en su camino

una traza de frescura

                                    invisible.

Su breve vida sin vida,

su tenue brillo

                          de luz prestada

la da una y otra vez

                                     a la madrugada

prístino aliento

                           al cerco de sina-sina.

No es grave su final

mas lo es su efímera

                              existencia:

Que una a una,

como ella,

otras tantas, miles,

millones en esta madrugada,

se unen en un beso

                               líquido

al sediento verde

que cubre la tierra;

y con la novedad del barro,

                                           de la charca,

del fluir de la piel de la cañada,

da su última sonrisa al aire

una pequeña gota de agua.

 

 

 

Ezequiel  Olivary

OPPENHEIMER, HEISENBERG, HIROSHIMA Y… ¿AHORA QUÉ?…

 

 

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Robert Oppenheimer, brillante físico estadounidense y líder del “proyecto Manhattan”, en realidad, víctima del mal uso de la ciencia que fue la pasión de su vida

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Werner Heisenberg, premio Nobel de Física 1932, un verdadero genio de la Física que consiguió burlar al aparato de Hitler e impedir que en 1942-43 los Nazis tuvieran en sus manos la bomba atómica.

 

 

 

 

 

Pocos saben hoy quien fue Robert Oppenheimer.

Pese a su apellido germánico, Oppenheimer –ciudadano norteamericano, nativo de la cosmopolita Nueva York, puerto receptor de millones de inmigrantes entre 1880 y 1914, entre ellos, su padre, Julio- fue el principal responsable del proyecto bélico nuclear de los EE UU durante la segunda guerra mundial, compitiendo palmo a palmo con su prestigioso colega alemán Werner Heisenberg.

A diferencia de Werner, Robert cometió el error de creer que del proyecto que lideraba, junto con el genial italiano Enricco Fermi, dependía el futuro de la democracia en el mundo… Tarde se dio cuenta de que esto no era así.

Robert, muy influido por Fermi, un reconocido anti-facista italiano que debió emigrar con su brillante intelecto a los EE UU para escapar de las garras del dictador Mussolini, puso su mejor empeño en que el proyecto Manhattan fuera exitoso y ganarles así la carrera por el domino tecnológico nuclear a los alemanes. Aunque también, no extraña que la vanidad de hallarse en la “cresta de la ola” en el mundo científico, codo a codo con una personalidad internacionalmente reconocida como era Fermi en los ´20 y ´30, pudo haber aumentado aún más sus deseos de obtener, por fin, la tan ansiada “Bomba atómica”.

 

Heisenberg, mientras tanto, en la Alemania sometida a los arbitrios del monstruoso Hitler y sus hordas y sirvientes menores, buscaba la forma de poder evadir la responsabilidad gigante de ser el “padre de la bomba”, a lo que pretendían empujarlo desde el poder, aún quitándole sus prestigiosas cátedras bajo el pretexto de que el “Principio de Incertidumbre” era “judaizante” (cabe recordar que fue asistente de Max Born y llegó a trabajar junto con Albert Einstein, ambos científicos judíos) para “convencerlo” de la imperiosa necesidad de esa arma para la “causa aria” (cosa a la que también se empujó a nada menos que Otto Hahn).

 

Para Heisenberg, la Gestapo era tan común y cotidiana como levantarse a desayunar. Nada que dijera, hiciera o escribiera escapaba a los miles de ojos y oídos de los funestos lebreles de Hitler (tan asquerosos como cualesquiera espías de cualquier época).

Su vida estaba en juego; y no sólo su vida, sino la de muchos científicos que podrían caer con él, si caía, entre ellos su maestro Niels Bohr de Dinamarca, a quien, según se cuenta, entregó un esquema –escrito a pulso y con mucha prisa, teniendo a los “mastines” de la Gestapo lamiéndoles los talones pese a estar fuera de Alemania- del reactor en construcción en una peligrosa escapada a Dinamarca, para que aquel pusiera en alerta a la comunidad científica fuera de Alemania de la necesidad de suspender toda actividad en física nuclear para evitar… lo que luego ocurriría en Hiroshima.

Heisenberg, a quien la Gestapo no podía controlarle el pensamiento, fue lo suficientemente sagaz para “cometer errores” en varios cálculos, entre ellos, el fundamental cálculo de la masa crítica del U-235 (Uranio, isótopo 235), que le permitieron dilatar en el tiempo la ejecución final del proyecto que, del lado alemán, jamás llegaría a concretarse.

Pero sus motivos no tenían que ver con una ideología política:

Sabía Werner que, una vez lanzada la primera bomba atómica, toda la humanidad pendería de un hilo siniestro.

Y no quiso ser padre de semejante hija…

Años más tarde, ya caído Hitler y desaparecida la Gestapo que le perseguía hasta debajo de la cama, Werner fue prisionero VIP de los británicos,  en Farm hall.

Cuentan que, según las grabaciones de Farm Hall, el día después de Hiroshima, Werner, reveló las correcciones sobre las masas críticas en el proceso de fisión claramente, por lo que, de haberlo querido, Alemania, en 1942 hubiera podido cargar con tecnología atómica su tan temible como enigmático proyecto de B-3 (sucesor de las B-1 y B-2 de Von Braun). En Farm Hall, Heisenberg resolvió los errores que le costaron 5 años en apenas… menos de 48 horas…

Oppenheimer, que desde 1945 se transformó en el cerebro de la tecnología bélica de punta, fue relegado, después de 1954 (se recordará la caza de brujas del senador Mc Carthy), al ostracismo en los mismos EE UU, ya que, dándose cuenta de la enormidad de la que había sido protagonista, comenzó, junto con Einstein y otros, una carrera en contra del armamento nuclear –más de influencia que de propaganda, debido al alto cargo que desempeñaba en el gobierno- en el mundo, principalmente las dos potencias imperialistas:

La Unión Soviética y los EE UU.

 

Uno y otro, Oppenheimer y Heisenberg, Robert y Werner, marcaron (junto con otros actores tan importantes como ellos) un rumbo que nos ha puesto a todos como aquel protagonista de la célebre narración de Edgar A. Poe “El pozo y el péndulo”.

 

¿Culpables?

¿Inocentes?

¿Víctimas?

¿Victimarios?

 

Lo cierto del caso, es que nuestro mundo “posmoderno” –como gustan llamar los dueños de la selecta inteligencia académica- sigue pendiendo de un hilo.

A la bomba atómica le han sucedido centenares de desarrollos cada vez más sofisticados y letales.

Hoy, una simple mochila abandonada en una estación del subterráneo, podría contener dentro un gas con un agente biológico capaz de matar a centenares de miles de personas en menos de 1 hora…

 

¿Son ellos culpables de esto?

¿Son inocentes?

¿Es inocente la ciencia? ¿Lo son los científicos?

 

¿Es correcto ver a la ciencia como una actividad “dogmática” dueña de la verdad absoluta, o es mejor verla como una actividad perfectible, sujeta a error, a la que hay que apoyar, pero siempre mirar de costado por las consecuencias perniciosas que se hagan del mal uso del conocimiento científico?

 

¿No será que la ciencia reclama para si misma el respeto de ser considerada una actividad siempre inacabada, siempre cuestionable, con verdades relativas y con una realidad sistémica global aún no conocida completamente?

 

 

¿El rol del científico, el del profesional de las ciencias, es independiente de la moral, de la consideración entre el bien y el mal, de la valoración o no de la dignidad humana?

 

 

O será, como bien decía Einstein, que de nada le sirven a la humanidad 1000 genios científicos, si es que son inmorales y nada les importa la dignidad de la persona humana…

 

 

Por mi parte, siempre me será más simpático Heisenberg (y no sólo por esto… habréis leído algunas cosillas que escribí, allá por abril o mayo del 2008 en este mismo Space,  acerca de su Principio de Incertidumbre, que es para mi, la gran revolución científica  y filósofica del siglo XX).

Pero hoy quiero abrir un paréntesis a favor de Robert Oppenheimer que, aunque muy tarde, se dio cuenta del espanto que habían creado su intelecto y sus manos, y procuró, inútilmente, ser escuchado por la comunidad internacional para evitar que más víctimas inocentes (6.000 millones de candidatos, hoy…) estemos pendientes de un hilo.

Por cierto, no quiero olvidarme de algo.

No tengo datos acerca de las creencias de Oppenheimer, aunque sus padres eran de religión judía, pero no eran practicantes ni mucho menos. Sí sé que Fermi era socialista y probablemente ateo, lo que quizá compartiera con Robert. También sé que Werner Heisenberg era un cristiano no muy convencido de su sentimiento religioso y que Einstein era un judío nada ortodoxo, al que seguramente hoy, el Licud en Israel, mandaría a prisión, tal vez como a los padres de Oppenheimer…

 

Pero ellos eran científicos. Esa era su religión…

 

 

¿Cuál sería la religión de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki?

 

 

 

 

Ezequiel  Olivary

 

 

 

 

Este artículo fue sugerido luego de ver y escuchar este precioso video musical del Maestro Ryuichi Sakamoto, que aconsejo no se pierdan, por todo lo que connota por dentro, además del placer de escuchar al talento de Sakamoto.

 

 

 

 

  

NOS PASA SUFRIR… PERO SUFRIR, PASA…

Hace unos días, charlando con un conocido, surgió este tema del sufrimiento... Como siempre cuando hablamos con el otro, discurriendo, opinando, en el momento se nos cruzan ciertas imágenes de sufrimientos, propios y ajenos, que quedan suspendidos en la atmósfera del pensamiento, como hilachas, como puntas de una serie -no sé si infinita- de ovillos... Y vamos rumiando durante días -como si fuéramos pacientes vacas- posibles respuestas que sólo sirven para originar posibles preguntas. No me afilio, en estos casos, a la muchedumbre que -como Alejandro- saca la espada y parte al medio el mítico nudo de Gordio... No sé si reflexionando así llegaré a conquistar Persia, pero al menos me queda la pequeña certidumbre de llegar a sabiendas a la esquina de mi casa y saludar al vecino...

Dándole vueltas y vueltas a este asunto del sufrimiento, caí en la cuenta que no hay certidumbres válidas y sanas -excepto la de llegar a sabiendas a la esquina de casa y saludar al vecino- si no son las que asoman su cabecita por encima de las olas del mar de la incertidumbre, que más profundo o más somero, todos llevamos dentro. Cuando las certidumbres cubren el mar, es porque hemos decidido congelar sus aguas con los vientos fríos de imposiciones ajenas, externas, inesenciales... no son certidumbres que sentimos, pensamos, experimentamos desde el fondo mismo de nosotros.

Porque esas pequeñas certidumbres, que como el náufrago asoman la cabeza sobre la mar de incertidumbres y cuestionamientos, no siempre tan bravío, son el fruto de algún sufrimiento que logramos sublimar; algún sufrimiento que nos hizo de lupa para encontrar dónde están escondidas nuestras convicciones y sacarlas a flote, para que no se ahoguen bajo la incertidumbre. Sufrimientos que, quizá, impiden que congelemos la superficie, para que puedan salir a flote las convicciones, una vez halladas, y tengan modo de flotar a como puedan... y respirar... y tener sentido auténtico.

No me explico por qué el sufrimiento, en nuestro tiempo, tan consumista, superficial y caprichoso, tiene tanta mala fama. Al fin y al cabo, nos dolerá que el dentista nos saque una muela, pero con esa muela podrida tendríamos un dolor más intenso y duradero y, lo que es peor, una infección en progreso... Que duele también una ausencia o una pérdida, pero nos enseñan a valorar una presencia o un descubrimiento, fundamentalmente cuando se trata de descubrir la presencia del otro en nuestra vida. Y nos enseña que podríamos, en un momento cualquiera y sin previo aviso, perderlo o perdernos y que vale mucho, quizá de un modo incontable -mal que le pese a la sociedad nominalista y cuantitativa de la que somos irremediablemente hijos-, tal vez de una forma indecible, vivenciar cada instante del otro, con el otro, para el otro...

Dando vueltas por allí quedó una moneda, girando de canto, traviesa; una moneda que no está hecha de metal, sino de pensamiento.

 

En una cara dice: Sufrir nos pasa. Es algo que nos ocurre mientras estamos vivos y porque estamos vivos. No sufren ya los muertos. No sufren las piedras, ni los electrones. No sufre el agua ni sufre el aire al que llamamos cotidianamente cielo. Sufrimos nosotros. Quizá sufrimos más que cualquier animal o vegetal o microorganismo -creo- porque somos conscientes y somos concientes de que sufrimos y de qué es el sufrimiento, comparado que fuera con otras experiencias vivenciales, con otros estados de ánimo, con otras emociones. Pero no es lícito suponer que efectivamente sufrimos más que un cocodrilo durante una pelea en la competencia por el apareamiento o la supremacía con otro cocodrilo; simplemente será un sufrimiento distinto y -creo- jamás sabremos a ciencia cierta, qué tan distinto...

Sufrir nos pasa a todos, aún a aquellos que no quieren o no pueden admitirlo (quienes están más locos que yo, por ejemplo). El tema no es sufrir o no sufrir. El tema es cómo elaboramos el sufrimiento y cómo nos sirve para crecer, para experimentar la vida, para aprender del otro y con el otro; para aprender de los propios errores -y aún volviéndolos a cometer- experimentar la ganancia de haberles, mínimamente, conocido la cara, para poder diferenciar errores de aciertos, virtudes de miserias; para poder diferenciar cuánto de lobo tenemos y cuánto de oveja...

La otra cara dice, con el mismo cuño: Sufrir pasa. Pasa en el tiempo, no es eterno. El sufrir transcurre si es que somos dueños del reloj, y no el reloj mismo... porque el reloj marca el tiempo que puede durar el sufrimiento, sólo que, por ser reloj, no se entera... ni del sufrimiento de alguien... ni de que está marcando el tiempo...

Sufrir pasa. Le suceden heridas curadas o en vías de cicatrizar. Le suceden olvidos piadosos -otras veces, impiadosos, copiosos o inconscientes...-; Le susceden ganas renovadas, sublimaciones ardorosamente trabajadas, no por casualidad, a costa de ese sufrimiento.

Pero el sufrimiento es un talento, como la moneda hecha de pensamiento que tenemos girando de canto.

Los talentos, no se entierran.  Los sufrimientos, tampoco.

Se transforman o se invierten... son objeto de transacción y son causantes de enriquecimiento...

Pero el enriquecimiento no está en el sufrimiento, que pasa, transcurre, como cada bocanada de respiración: El enriquecimiento viene de lo que hacemos con el sufrimiento.

Enterrarlo detrás de la posesión de un sinnúmero de cosas, de placeres viajeros y superficiales; enterrarlo en un mar de vanidad o en una extraña sordera a las voces que oímos pero no escuchamos -aún la propia voz de la conciencia-. Enterrar el sufrimiento por desesperación, no hace desaparecer la desesperación, sino que ésta sigue allí, paradita, mirándonos, con su mirada torturante, funesta, incómoda.

Quizá la desesperación más sabia es aquella que llega hasta lastimarse las uñas, metiendo los dedos en el propio barro para desenterrar el sufrimiento y hacerlo útil.

Sólo darse cuenta que el sufrimiento pasa, nos impulsa -supongo, si es que de algo puede servir esta especulación provisoria- a encontrarle un significado al tiempo y, como no lo tiene, darnos cuenta del significado de nuestra vida; o más simplemente ¿para qué sufrimos?

Quizá se trate de diferenciar un sufrimiento patológico de un sufrimiento patético; un sufrimiento que pasa, transcurre, mientras tratamos de intercambiarlo o desenterrarlo y convertirlo en algo mejor que lo que es; o un sufrimiento por "congelamiento" de nuestra capacidad de darnos cuenta, de nuestra capacidad de ver con el alma un horizonte mejor; un congelamiento basado en seguir reglas que no sabemos bien para qué sirven porque no las sentimos nuestras o un congelamiento basado en la soberbia -estúpida, como toda soberbia- de creer que nuestro sufrimiento es tan "olímpico" que no puede ser sublimado por nada, nadie ni de ningún modo...

La estupidez no es eterna y el sufrimiento tampoco... y no hay quien se resista, en algún momento de la vida, a ambos estados de ánimo, juntos o separados.

Genios y santos, hombres y mujeres "comunes" (¿?), han padecido, padecen, padecerán, en diversas medidas y con suerte diversa, los embates de la estupidez... y el sufrimiento.

Creo que Einstein solía decir que el universo tiene límites, pero la estupidez humana no. Y si la estupidez humana no tiene límites, tampoco lo tiene el sufrimiento estúpido, patológico, "olímpico". En todo caso, si hay un límite para el universo, el tiempo juega un papel esencial (y Einstein lo sabía, creo, mejor que nadie). Y es el tiempo el que también limita nuestro universo humano... y nuestro sufrimiento útil... es el tiempo que nos permite entender el giro de la moneda moviéndose (o de cualquier cosa que se mueva).

Quizá se trate de invertir el tiempo que dura el sufrimiento, el tiempo con el que pasa el sufrimiento, en transformarlo y... en transformarnos. En permitirnos que, a nuestro yo sufriente, le suceda un yo más pleno, que en lugar de acurrucarse para adentro, se levanta, mira la vida y la ve poblada de otros rostros, otros nombres... de diversidad, de belleza, de desafíos...

Finalmente, no sé si estoy pensando bien... porque pensar el sufrimiento es todo un sufrimiento (aunque no nos duela la cabeza por pensar) y no siempre pensar es, en sí, una tarea suprema: La obligación que nos manda nuestro propio espíritu (y lo que verdaderamente puede llegar a ser bueno, bello o útil para los otros) no es la de pensar... sino la de pensar bien... Y nadie puede pensar bien si se despoja de sentimiento... si "congela" las incertidumbres y ahoga así las convicciones, rendidos a -como diría Serrat- "cumplir lo que está mandado, mande quien mande...

Mientras sigo tratando de hacer el salvataje de las convicciones que tengo a media agua, para que salgan a respirar a flote, quiero compartir este texto de Fray Mamerto Menapace, que por su sencillez no tiene desperdicio y, por su sensatez, tiene límite...

 

 

 

 

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"[...] Bajo su nombre, un autor inspirado nos pintó a todos nosotros. Y en una narración hasta divertida, nos deja con una respuesta final, que en verdad es simplemente una pregunta. La que nos hace Dios mismo frente al problema del dolor:

- ¿Y pensás que a mí no me duele? [...]

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EL DRAMA

Job es un calentón. Un apasionado temerario que ama de verdad, y no acepta respuestas prefabricadas.

Sufre en su carne una injusticia. Y le duele la injusticia, más que la carne.

Le aconsejan la aceptación, como una manera de suprimir el conflicto. Y él se exaspera buscando una respuesta que enciende aún más el conflicto.

Sus amigos quieren regalarle el fruto ya elaborado por la antigua experiencia, cristalizado en la sabiduría hecha dogma. Y Job rompe los dogmas, porque contradicen la verdad que siente en su propia experiencia.

Ya lo ha perdido todo. No quiere perderse él. Lo aniquilaría. ¿Quién?

Justamente esa es la pregunta. Si hay Dios, Él es el causante de todo. Y Job exigirá de Él una respuesta. Se la pide así al único que puede dársela. Y ahí si, no tiene miedo de jugarse el resto.

Ya no tiene tiempo. Su fuerza radica en la intensidad. Por eso grita y exige. Cree que hay una verdad, y que Alguien la tiene. No acepta las verdades convencionales de los hombres. Y menos, si éstos son del grupo de los satisfechos; de los que reflexionan sobre el sufrimiento ajeno y aceptan el fruto de la reflexión de la sabiduría de los otros.

Job exige una respuesta para el hombre. No le interesan las reflexiones sobre un problema. No quiere platos fríos. Ni respuestas recalentadas. Tiene experiencia de dos cosas: De su sufrimiento y de su inocencia. No acepta que ambas cosas sean lógicas simultáneamente. Intuye que debe haber otra respuesta que no sea la de eliminar uno de los dos elementos. No acepta el ateísmo práctico de los que niegan que haya una justicia por parte de un Dios comprometido. Ni acepta el pietismo resignado del que niega los derechos humanos en nombre de un saber divino arbitrario.

De acuerdo. Job es un calentón. Un apasionado. Pero, en su situación, no sería tampoco lógica la reflexión tranquila de quien puede dedicar tiempo a elucubraciones teóricas. Mientras maldice contra lo incomprensible, necesita rascarse sus llagas que le queman desde la piel para adentro.

No tiene tiempos. Sólo le queda la urgencia. Recuerda su pasado. Pero sólo como punto de referencia doloroso e incomprensible, ya que no encuentra allí motivaciones para esto que le sucede. Mira su futuro y no ve que allí haya una respuesta que justifique su tremendo presente. Atrapado por este ahora, exige una respuesta ya. No tiene otros tiempos. No puede escapar a su hoy, ni quiere hacerlo. Si es Dios quien tiene una respuesta, que se presente. Si es Él quien garantiza la justicia, Job no admite su silencio.

Quizá no ha comprendido todavía que Dios es tan grande que supera el tiempo. ¡No tiene tiempo!. Para Él todo es presente. Tampoco sus amigos lo saben.

Ellos se sienten en la obligación de volver las cosas a sus causes. Necesitan dar una respuesta. Lamentablemente sólo cuentan con una prefabricada. Aquella que afirma que todo dolor es fruto del pecado. Y la aplican sin miramientos creyendo con ello ayudar a Job y justificar a Dios.

Proponen lo que hay que proponer: Que el hombre se humille. Que se reconozca pecador, aunque no se sepa bien de qué. Por supuesto: Con ello se acepta el misterio. Pero a costa del hombre. El razonamiento es cerrado:

- Hay dolor, por tanto hay pecado. Aunque no se tenga conciencia de ellos. Hay que reconocerse pecador, para dar de esta manera gloria a Dios.

No es una respuesta falsa. Simplemente a Job no le sirve. Su drama no es teórico. Es vital. No le sirve razonar. Sólo le queda maldecir y rascarse. Dos actitudes vitales, que Dios no puede dejar de ver y escuchar.

Los amigos se sienten molestos. No pueden aceptar de su gran amigo Job una actitud, que simplemente ven como rebeldía impotente. Se enardecen a su vez, y expresan su sospecha.

¿No será que realmente Job es un canalla, que hasta ahora logró ocultar su pecado?

Ya a partir de esta sospecha, sólo queda un paso por dar. Y lo dan. Comienzan a endilgarle toda la ristra de malas acciones que se imaginan que Job tiene que haber cometido. No hay ya dudas. Es un pecador. Y los pecadores son los que realizan una determinada cantidad de malas acciones. Job tiene que ser un pecador. Por tanto, debe de haberlas cometido.

¡Qué terriblemente lógicos que son!.  Se rascan a su manera. También a ellos algo les pica. Y es que se está poniendo en duda la base de su sabiduría de vida. Job es un inconformista. Un subversivo de lo que mantiene en orden al mundo y sus valores. Al no admitir sus razones, cuestionan las razones de su vivir. Se sienten agredidos. Y como se sienten en una situación de privilegio, atacan a su vez con toda la artillería de su sabiduría tradicional.

Ya no consuelan a un amigo, sino que condenan a un subversivo, expulsándolo de entre sus filas, como para no contagiarse también ellos con una duda que ataca la verdad de sus dogmas.

A Job no le importa. Aunque sufre por la agresión. Ya está jugado y se jugará hasta el final. Quiere provocar a Dios para que responda. Así las cosas, como están, ni siquiera dejarían bien parado al mismísimo Dios, en todo su misterio y con todo su poder.

Y Dos habla. No da la razón a nadie. Pero anima a ensanchar la mirada. Muestra que su realidad desborda, no sólo el tema del dolor y el sufrimiento, sino todos los demas temas. Hasta en lo ridículo y tremendo de ciertos males, su poder muestra a un Dios que desborda todo lo que el hombre puede y sabe.

Pero Job ha logrado lo que pretendía. Que Dios tome parte en la discusión. Que no se ampare detrás de la segura sabiduría de los satisfechos. Que sea Él mismo quien asegure que está presente e interesado.

Job casi se asusta de haber logrado su intento: Despertar a Dios, que parecía ausente. Ahora puede callarse y sufrir con sentido. Dios existe, conoce y puede. Con eso basta. La justicia está asegurada. Ya puede apoyar su esperanza en algo que está asegurado que existe: Dios.

Y también Dios ha logrado lo que quería: Que el hombre acepte confiar en Él. Más allá del deseo de sus bienes, que el hombre lo busque a Él.

Mandinga (*) buscaba desprestigiar al hombre delante de Dios. Y ahora tiene que constatar qué importante es, que hasta puede obligar a su Creador a que intervenga.

Cuando el hombre deja de buscar los bienes de Dios y se pone a buscarlo a Él por Él, entonces Dios se queda indefenso y sin escondites. Job consigue que Dios se reconozca vulnerable, aunque en ello se haya jugado el pellejo. Con esto nos ayudó a todos a crecer.

(*) Nota: En el lenguaje tradicional del gaucho rioplatense, el término "mandinga" está asociado con la figura diabólica, del mismo modo que se denomina "la salamanca" a cualesquiera de las cuevas que, el mito gaucho, designa como entradas al infierno. Son términos muy habituales en el cantar, la poesía, la literatura y la mitología del gaucho rioplatense, combinación de la cultura  del cristianismo europeo y tradiciones indígenas autóctonas en una vasta región de la Argentina, Uruguay y Paraguay.

 

EPÍLOGO

Pero las cosas no podían terminar allí. Porque el autor sagrado se dio cuenta de que sus cuarenta capítulos metidos dentro de la narración conocida, habían sido sumamente conflictivos.

Todo autor termina por comprometerse con sus personajes, y siente la necesidad de redimirlos al final del drama. Y es necesario, se ve obligado a escribir una segunda parte, o a completar con un capítulo extra la narración que lo llevó a terminar abruptamente su historia.

Por fortuna, nuestro narrador inspirado no necesitaba inventar nada. Todos ya conocían el final feliz de la historia de Job. Pero quiso también salvar a los tres amigos que, bien intencionados, se equivocan totalmente.

Y será el mismo Dios quien les mandará que le pidan a Job su intercesión, a fin de perdonarles la pésima defensa que creyeron haber hecho de Dios, desprestigiando el hombre:

-Mi siervo Job intercederá por ustedes, y en atención a él, no los castigaré por no haber hablado de mí con verdad, como mi siervo Job.

El Señor Dios se muestra nuevamente magnífico con su amigo, colocándolo nuevamente en una situación de privilegio material, superior a aquella que tenía antes de haber pasado por la dura tentación.

Para un escritor del Antiguo Testamento, no quedaban muchas salidas diferentes, si quería que sus lectores no se escandalizaran demasiado. Todavía estamos en el tiempo en que la retribución se tiene que dar aquí abajo, y se expresa en los bienes tradicionales. [...]

*******

[...] Todo esto es humano y lógico. El hombre es un animal social. Es un ser jerarquizado por estar destinado a convivir y a conocer sus derechos. Tiene acceso a la ciencia que reflexiona. Sabe que sabe.

Pero Cristo vino a superar todo esto. Quiere que el hombre sobrepase su ser de animal social, y que llegue a ser feliz mediante el sabor de una vida entregada plenamente.

Él mismo está a punto de consumar el gesto total de ofrenda. E invita a imitarlo. Sus discípulos y amigos deberán construir la comunidad desde una actitud de servicio.

Será mayor, quien sirva mejor"

Fray Mamerto Menapace       - “Sufrir: Pasa” -

*******

 

 

 

Una breve narración donde danza el sufrimiento... o se mueve, girando como el talento (o nuestra monedita): caiga de la cara que caiga, siempre nos invitará a no enterrarla, a compartir invirtiéndola: En tolerancia, comprensión, servicio, compromiso, diálogo abierto, trabajo cotidiano por la paz, pensamiento-acción.

Es que el sufrimiento también tiene sus frutos (tal vez por eso -o por mi cortedad de entendedera- no comprendo por qué tiene tanta mala fama ¿será que los hombres de este tiempo queremos todo muy rápidamente, para ayer, y despreciamos la paciencia que nos reclama el sufrir bien, para crecer mejor...?):

Si es patético -supongo- todo el esfuerzo por invertirlo dará fruto dulce en la convivencia sana, respetuosa, comprometida; en la aceptación del otro como es y en la necesidad de salir a buscar al otro para compartir nuestros mundos en común, como comunidad... Y si es patológico -sigo suponiendo- dará los amargos frutos del egoísmo, del resentimiento, del enmascaramiento y la hipocresía. De los fanatismos y la intolerancia; de la violencia, física o moral, con los que se busca mitigar el propio sufrimiento en la carne del otro, en lugar de sublimarlo, convertirlo en algo sano para compartir con el otro.

El sufrimiento pasa (con el tiempo) y nos pasa (a nosotros, en nuestro propio cuero): El tema, quizá, es que no resulte inútil, pesado o patológico si lo dejamos que nos traspase o, simplemente, nos pase de largo... como si el asunto fuera de otro... y nos conformemos con enterrarlo bajo un montón de cosas o argumentos conformistas, anestesiantes; ni congelar el mar de incertidumbres (ahogando las propias convicciones)  para que, las aparentes certidumbres (generalmente trasplantadas desde lo exterior, lo "políticamente correcto"...) nos den la desnaturalizada idea de que no vale la pena sufrir...

 

Pero esto es una reflexión, medio desnuda y nadando en el mar de la incertidumbre, como pensando en voz alta...

Y como toda reflexión, que busca transformarse desde pensar a pensar bien, sólo me queda por el momento, seguir rumiando el asunto, sometido al ensayo-error de la vida de todos los días... porque, la catarsis bien entendida, empieza por casa...

 

Ojalá que alguna de estas especulaciones le puedan servir a alguien para aliviar su sufrimiento o al menos, mirarlo a la cara con otros anteojos... Pero el sufrimiento de cada uno no se cura -como bien da a entender Menapace- con fórmulas ni recetas... Será que exorcisar los propios demonios depende en gran medida de la actitud de vida de cada uno... Será que, como decimos por estas latitudes del planeta... el sufrimiento es una enfermedad que "no se cura de palabra"...

¿o sí?...

Nota: Si llegaron hasta acá, gracias por la generosidad y la paciencia...

El artículo original del 30 de abril de 2008 se puede encontrar en

http://ezequielolivary.spaces.live.com/blog/cns!AFB4EE5AE031B4F1!1237.trak

Algo más sobre el amor…

 

  Cuando damos amor, hacemos un mundo de felicidad para alguien, aún con una pequeñez cotidiana.

Cuando damos amor, se nos llenan los días de soles, aunque vivamos en la Antártida.

Cuando damos amor, un pedazo de cielo que nació con nosotros vuela hacia el otro, le seca las lágrimas y con el mejor pincel de todos, le dibuja una sonrisa, grande o pequeña.

Y a cambio somos libres.

La sonrisa del otro nos hace libres.

No hay "amor libre" porque el amor ES libre.

Y cuando damos amor, cuando nos dejamos amar, la libertad que enciende al amador, abrasa al amado de tal manera que, como el ave Fénix, de entre las llamas, sobre las cenizas nos crecen alas.

Alas que nos levantan encima de la vulgaridad, del egoísmo, de la indiferencia, de la mediocridad.

Alas que nos llevan a volar en la realidad montados sobre un sueño; porque cuando damos amor, hacemos realidad un sueño, grande o pequeño, alentamos una vida.

Cuando damos amor, no nos interesa el vuelto, no nos importa el precio, no nos fijamos en los costos, nos es indiferente la retribución.

El amor se paga a sí mismo.

Se paga con la moneda más valiosa: La libertad.

Sólo quienes son capaces de dar amor, en gotas o a baldazos, como un hilito de agua sobre las piedras o como un torrente ruidoso e incontenible de catarata; sólo quienes se atreven al amor, entienden que dice el silencio abriéndose paso entre las palabras. 

Sólo quienes dan amor pueden comprender en el alma la vivencia de una mirada. La mirada de alguien que quizá no pueda decir con palabras, que quizá no pueda hacer más que mirar... y decir con la mirada, en la profundidad alimenticia del silencio... "gracias"... y regalarnos la libertad...

El Amor ES libre

¿cabe alguna duda?

Y si hubieran dudas... se pueden esfumar simplemente dando amor...

juanpabloyteresa

LA SUTIL DIFERENCIA ENTRE QUERER Y DESEAR

 

Hace unos momentos apenas, visitando el espacio de un amigo a quien admiro, me encontré con una entrada suya, muy breve pero no por ello menos inteligente, acerca de conocer la diferencia entre “querer” y “amar”. Y esto me ha movilizado a dejar el artículo que estaba preparando, para poner el ojo sobre esta cuestión.

Me he sorprendido recordando cuantas y tantas veces he discutido este tema con diversas personas a lo largo de mi vida y, no sin algún reparo, hallo, como en aquellas oportunidades, que no hay diferencia entre querer y amar, sino que, digámoslo, son ambas palabras expresión de sentimiento genuino de nuestra individualidad respecto de alguien. ¿hay dicotomía o contradicción entre “querer a” y “amar a”?

Personalmente creo que no. La divergencia y hasta la contradicción no se encuentran en las palabras, ni siquiera en el uso que hacemos de ellas, sino en la intención radical y última que las alimenta en un cierto contexto, en una cierta circunstancia, en una cierta vivencia. Si la intención es dar amor, auténticamente, entonces es una variación nimia el decir “te quiero” al decir “te amo”. Si la intención no es dar amor, si no una satisfacción egoísta, superficial, pasajera, incierta, pues, se use la palabra que se use, ambas, estarán mal empleadas, puesto que sólo serán maquillaje de ocasión que, luego, el agua del tiempo barrerá sin dejar mayor rastro.

Siendo esta última la que me ha tentado a poner el ojo en este artículo presente, a ello voy.

Si “te amo” o “te quiero” no están esenciados en el sentimiento-pensamiento (sin desdoblar ni escindir, ya que se trata de nuestro propio ser-paradojal), ¿de qué se trata entonces aquello que se quiere decir cuando se dice “te quiero” o “te amo” en una circunstancia de vida tal?. Pues no se trata de amar ni de querer, sino solamente de desear. El deseo.

Y allí si está planteado, si no el dilema, al menos, la divergencia.

Querer implica una movilización siempre activa y positiva de toda la voluntad humana, regida por la intención, es decir, la conciencia. Al decir que la intención que guía la voluntad está regida por una conciencia, estamos diciendo que es toda la persona, unidad individual, individualidad paradojal cuerpo-alma, la que se orienta y se moviliza hacia el objeto de su querer.

Por supuesto que, si bien el querer es un ánimo positivo, esta “positividad” del querer no significa que no haya un buen querer y un mal querer, es decir, un querer el bien del otro o un querer el mal del otro.

El odio es una forma de querer, pero de mal querer o de querer el mal para el otro (y aún para sí mismo, si es que no se equivocaba demasiado Kierkegaard en su radiografía tipológica de los desesperados). Es un querer positivo, en el sentido de que moviliza a la persona hacia un fin y a la selección de diversos medios para alcanzar ese fin, que en tal caso es destruir.

Claro que no hay nada más negativo que destruir, ya que trae la implicancia de negar la vida y, por cierto, suprimir indebidamente algo que a la persona no le está dado ni permitido suprimir, es decir, un atentado contra toda naturaleza y aún, contra la naturaleza misma del bien, que es lo que mora en todas las personas, en todas las almas, en todas las conciencias.

Destruir el bien en uno mismo, odiarse a uno mismo –para decirlo más directamente- es una forma de desesperación, que más que impotencia, es potencia dedicada a un fin contrario que el que toda alma humana trae consigo en su núcleo mismo, en su ser-en-sí y su ser-sí-mismo: La felicidad.

Esta forma de querer-no-ser, a ello apunta el ánimo destructivo de esta forma de querer, se basa en una distorsión de la lectura o de la forma de concebir la felicidad, por lo cual la felicidad se resume en la dualidad poder-debilidad. El aniquilamiento de sí-mismo no es una supresión total, pero si su búsqueda, porque la persona se ha convencido ilegítimamente que ese bien que mora dentro suyo es una “debilidad” a la que odia y busca suprimir. Y por contrario sensu, debe enfocarse para conseguir “poder” en esta forma distorsiva de querer, es decir, querer-someter, querer-dominar, querer-poseer.

En todos los casos, o la enorme mayoría, este querer destructivo siempre señala hacia la misma persona que lo alimenta, ya que toda destrucción que busca hacia el exterior responde a una tentativa de autodestrucción (se deje aparentar fácilmente a través de cuadros patológicos o se oculte muy eficazmente detrás de un sufrimiento patético extremo, como en algunos tipos refinados de desesperación).

De la “positividad” del querer dar o hacer bien al otro –y a uno mismo- depende la salud del alma y viceversa.

La cuestión se complica un tantito más cuando aparece el “desear”.

El deseo no es activo, ni es movilizador, ni necesariamente tiene que estar enraizado en el fondo del alma humana, ni requiere de la intención (salvo su parte negativa, es decir, la pasividad o ausencia de intención) y, por ende, no resulta ser un movimiento trascendente de la conciencia hacia un fin que no sea el de una “especie de contemplación”, en el sentido más superficial del término “contemplación”.

Un hombre de bien puede verse en una circunstancia extrema, ante un desequilibrio emocional radical y profundo, devenido de una serie de sucesos adversos, frente al deseo de destruir a algo o a alguien; desde Job para acá, sobran los ejemplos conocidos. Ahora bien ¿por qué llamar “hombre de bien”, apelando a este calificativo para señalar a alguien que tiene semejante deseo? Pues porque es sólo deseo, eventual, momentáneo y movido más por el inconsciente animal que por el pensamiento-sentiente de la individualidad.

Puesto a pensar, rápidamente este hombre desistirá de mover un sólo dedo para destruir nada y, bien pronto, no sólo que se arrepentirá de este deseo, sino que también lo echará al olvido como una mácula vergonzosa para su forma-de-ser.

Compréndase, por favor, a esta altura, que trato de ser muy breve, brevísimo, para no extenderme en demasía, ya que esta cuestión da para colmar una biblioteca nacional…

¿Cuál es entonces la primera diferencia, la discriminación básica, entre “querer” y “desear”?

Deseo regalarle un auto de competición a mi amigo. Me hace feliz imaginarlo a él feliz conduciendo una máquina así. Pero no puedo regalarle tamaña máquina, ya que mi salario de tornero en la metalúrgica apenas me permite llegar a cubrir los gastos de mis necesidades y vivir con dignidad, pero no pagar, quizá, más de u$s 100.000,00 en una maquinita tan sofisticada o cosa semejante”

Deseo correr una maratón con toda la fuerza de mi alma. Pero estar impedido de caminar, en una silla de ruedas, imposibilita que pueda realizar mi deseo”

Ejemplos quizá un poco toscos, pero ilustrativos.

Te deseo una feliz Navidad. Pero no está a mi alcance hacer todo lo posible para asegurarte que te sientas feliz en navidad, por el simple hecho de que no puedo meterme en tu alma para corregir aquellas cosas que pueden hacerte sentir infeliz en Navidad” (aunque muchas veces estos “buenos augurios” surten el efecto de un querer activo, ya que en sí mismo, si son sinceros y cargados de afecto y no un saludo rutinario o “de cartón”, portan un motivo de felicidad para quien lo da y quien lo recibe y, por supuesto, no dejan de ser una expresión de afecto que, como toda expresión sana de afecto, implica una movilización en búsqueda de compartir o dar felicidad).

Sintetizando, finalmente. La divergencia nunca está entre “amar” o “querer”… si no entre “querer” y “desear”.

Lo que los “tratados” de amor romántico –incluida la poesía, las más de las veces- no dicen es que toda expresión de amor, de afecto, está movida por un querer y que este querer siempre es activo, siempre moviliza la totalidad de la persona, de la individualidad.

Si este querer activo es un querer el bien, propio y ajeno, entonces es un buen querer, basado en el amor. De allí que no haya diferencia entre un “te quiero” y un “te amo”.

Si este querer activo es un querer el mal, propio y ajeno, entonces es un mal querer, que busca destruir el amor, suprimirlo, por considerarlo “una debilidad” o un “movimiento inútil del alma”.

El deseo, sin embargo, es una foto congelada en el tiempo subjetivo de la persona.

No es un “algo” movilizador ni requiere una finalidad. Puede ser más o menos caprichoso, que eso no cuenta demasiado. Porque, al final de cuentas, el deseo es indiferente, en principio, de toda realización, de toda búsqueda, de todo impulso activo de la intención sobre la voluntad para un fin determinado.

Claro es que el deseo no es un delirio –aunque se pueda delirar en la nube de un deseo-, ya que el deseo no deja de ser consciente y lleva visos intensos y marcados por la realidad que lo alimenta, tanto la interior de la persona que desea como la exterior que le rodea. Un deseo es coherente y muchas veces sistemático, aunque esté contaminado de cierto capricho.

En mi humilde opinión, el verdadero dilema está puesto en “querer” o “desear”. Es cierto, podemos convertir un deseo en un querer. Ocurre infinidad de veces, en la propia vida y en la vida de las sociedades. Pero desear no es querer, así como un gato no es perro, ni un pez-espada no es un rinoceronte…

 

Si me dan a elegir, prefiero querer a desear… (¿Dónde lo escuché antes…?)

 

 

 

 

Ezequiel  Olivary

 

 

 

 

 

 

EL YACARÉ, EL SAPO Y UNA HISTORIA REMENDADA POR LA MEMORIA

 

Mi abuelo contaba una historia.

No sé si era verídica o si tendría retazos de realidad, o solamente era una especie de cuento criollo, remedo de fábula y con la búsqueda de la moralina fácil, o de ganarse la atención de los nietos.

Lo cierto es que mi abuelo contaba una historia que aún hoy, comas más, comas menos, recuerdo.

Contaba, en esas tardecitas moribundas a las ocho, en el verano, debajo de la higuera del patio, que a él le habían contado, cuando jovencito, algo acontecido en el Estero del Iberá, allá por los comienzos de los años 30´s.

Se había hecho muy famoso en Corrientes y el –todavía- Territorio Nacional de Misiones, un tal Herminio Lucero, cazador y oportunista de profesión, a veces, cuando convenía, rastreador; otras, cuando no convenía, “culata” de algún caudillo local. Tipo extraño, si los había por la zona, el tal Herminio Lucero.

De él se contaban las historias más extravagantes y misteriosas.

Hombre de barba crecida y algo encanecida, mirada torva, huraño de carácter y con una mueca –de nacimiento, decían- que le daba un toque siniestro. Callado las más de las veces. Por épocas, se le veía frecuentar los boliches de algún pueblo por donde andaba de merodeo seguido; y otras tantas, desaparecía como si se lo hubiera tragado la picada o el estero.

Lo cierto –juraba mi abuelo- es que el tal Herminio Lucero tenía fama de tirador infalible y de cuchillero temible. Se decía que en la zona no había “vistiador” que lo superara, salvo una vez, perdida en el tiempo de su mocedad, que un tal “Romerito” le había marcado varias veces “la ñata” con una vara, allá por los pagos de Curuzú.

Contaba mi abuelo, que era un cazador tan temible que los lugareños solían comentar en las fondas, algunas veces, que cuando se adentraba en la picada o se metía al Estero, no había animal que no se le pusiera en fuga.

Pero, decía el viejo, eso hablaba mal de Lucero; seguramente algunos, envidiosos de las habilidades del gaucho, y recelosos de su “palenque” político en épocas de elecciones, había echado a correr el chisme, con tono de elogio, pero que era en realidad –sostenía el abuelo- un insulto: ¿O es que acaso era tan buen cazador que sólo cazaba animales lentos y viejos que no habían llegado a escapársele?…

¡Macanas!… resoplaba el abuelo, haciendo un ademán de mandar las sombras surgidas de la fantasmagoría incierta de aquellos menchos ignotos al mismísimo infierno, con la mano de dorso y empujando de un sacudón brusco el aire para atrás.

Todo el relato era desarrollado con gestos ampulosos, pero con una medida histriónica que les evitaba el ridículo de la exageración sobreactuada. Por momento le brillaban los ojos, pícaramente, como advirtiendo en silencio el “bolazo”. Otras, estiraba la continuación en el suspiro, como para darle suspenso a la cosa, simulando brevemente buscar en el baúl del olvido algún detalle “importante”.

Cuentan –seguía el abuelo- que una vuelta se internó en el Estero porque tenía conchabo de unos porteños que habían venido con unos gringos que, según le habían dicho, eran de “La Forestal” al otro lado del Paraná.

Según parece, habría sido un chajá el que dio la temprana voz de alarma a los miembros del bestiario vernáculo.

Esa noche, hubo asamblea.

Pero una asamblea grande de animales como no se había visto desde las mismísimas épocas de la Guerra del Paraguay; sólo que esta vuelta se habían decidido a negociar antes que a la acción directa, como en aquellas lejanas épocas.

La votación se decidió a favor, casi unánime, por la propuesta de un yaguareté, que se plantó en la moción de negociar una solo cría de bicho y… el resto en paz hasta la próxima.

Claro que la votación fue casi unánime porque de la asamblea no podían participar los jubilados y, como quienes decidirían serían los animales jóvenes en actividad, pues la víctima sería algún animal viejo o enfermo.

Decidieron salirle al paso con una comitiva a modo de piquete, para ponerle las condiciones de negociación. Si no las aceptaba, rebelión inmediata… ¡y pobre de él!.

Y allá fueron medio centenar de bichos, algunos feroces, otros, mansos, como para darle un marco de confiabilidad a la gestión negociadora de la comisión.

El asunto -continuaba, palabra más, palabra menos, el abuelo-, es que se toparon con el tal Lucero a la entrada, no más, del estero; ni media legua había hecho el cristiano adentro de esos campos salvajes, que se encontró con la comitiva.

-Güenas, Don Lucero, saludo con un rugido apagado el yaguareté, que había aceptado llevar el comando de la negociación, por haber ganado la moción.

-Güenas, dijo, con tono parco, el hombre- ¿Qué se le anda ofreciendo al bichaje?

-Venimos a poner condiciones, si ha´e seguir cazando en el estero -fue sin mucho rodeo al punto el felino.

Lucero, que tenía por costumbre mascar tabaco, volteó la cabeza hacia la derecha, y lanzó un escupitajo de tabaco macerado en la saliva que tiñó de marrón, por un fugaz instante, el aire que surcó.

-¡Ajá…! exclamó-

-¿Y qué condiciones, che?, preguntó mientras miraba, desafiante, dando un paneo a la comitiva, mientras hacía un movimiento cansino de advertencia con el rifle cargado.

-Le daremos uno, o un par, a lo má´e bichos pa´cazar. Con eso usté se conforma y todo´en paz hasta la prósima- Dijo el yaguareté, con tono seguro, sin dejarse amedrentar por el arma ni la fiereza del cazador.

-¡Ajá…! –volvió a exclamar el tal Lucero, estirando la “a” como si la fuera ahogando entre los escasos agudos de su garganta

-¡Tá güeno, che!… Pero te olvidás que acá el que tiene el rifle soy yo, ansina´e que, el que va a elegir qué se lleva y qué se queda, soy yo… -se plantó Lucero con la mirada fija en el yaguareté.

El felino tosió nervioso. No había pensado que esta negociación llevara contraoferta. Ni que fuera tan cara. Porque si el tal Lucero elegía, no hacía distingo entre joven y viejo, y lo más posible, era que se cargara bichos jóvenes; y lo peor, algunas hembras. Eso le alborotaría el estero para la próxima asamblea.

Miró alrededor brevemente y se dirigió al tal Lucero, con un tono de pícara viveza criolla:

-¡Tá…! si ansin´a de ser, entonces… ¡no puede cazar cualquier bicho…! ¡tiene que ser de una sola cría por vez!… ¿támo?… –dejó flotando en el aire la propuesta, con cierto aire victorioso

-No cualquier bicho, ni cualquier cría. Andimá, se elige ante´entrar, no sea cuestión de andar ventajiando… -terminó el yaguareté su discurso, ante la aprobación tibia de la comitiva.

-¿Ansina´e nomá, que elijo cria y bicho? –preguntó Lucero, como midiendo el golpe, para ganarse un tiempo en la respuesta.

-Si, Don Lucero, dijo con aire definitivo el yaguareté.

-¡Tá güeno!… -respondió con un resoplido de indignación afectada el feroz cazador de mentas, estirando y marcando la “a” como si rasgara la cuerda de una guitarra a medio afinar.

-Aura mesmo -siguió Lucero sin darle mucho tiempo al yaguareté a decir nada-, vi´a elegir qué bichos prueban la escopeta. Y como no ando con gana´e mucho parlamento, elijo de los bichos, la cría que tenga la boca más grande de todos… El más bocón prueba la escopeta

Dicho esto, Lucero bajó con la mano libre el ala ancha del chambergo, y se inclinó ladeando la cabeza hacia abajo, para darle un corte, con aire siniestro y  definitivo, al asunto.

El yaguareté, seguro del “negocio” –dicen- se apuró a exclamar:

-¡hecho!

Se volvió a la comitiva y dijo:

-Güeno, che… a ver… el bicho ´e boca más grande se viene pa´delante, que va´ser vítima ´e Don Lucero.

Todos comenzaron a mirarse con cierta desesperación, y un ánimo sombrío cubrió el piquete de bichos.

El silencio era atroz.

Hasta que repentinamente sonó una grave y cascada carcajada que estremeció a todos, cortando el aire:

-¡Tá jodido!… ja ja ja… ¡Tá jodido!… ¡Pobrecito el sapo!… ja ja ja… ¡que se joda, por bocón!… –gritaba a voz en cuello, mientras se reía, nerviosamente…

el yacaré…

LA VIDA, MÁS ALLÁ DE INTERNET

 

Este fenómeno de los últimos tres lustros, que todos conocemos como internet, se ha desprendido de una serie de fenómenos mayores dentro de la evolución tecnológica del último siglo, mucho más intensa y variada que en la de los tres siglos anteriores, aunque no más significativa que sus precedentes que la posibilitaron.

El fenómeno internet permite a personas de cualquier parte del planeta comunicarnos en lo que se denomina vulgarmente “tiempo real”, para diferenciarlo de las comunicaciones diferidas de otras características, aunque la telefonía permite una comunicación en “tiempo real” de persona a persona tanto o más eficaz que vía internet.

No es sólo eso lo que posibilita; y, en grado sumo, la comunicación interpersonal es apenas una actividad de baja relevancia, teniéndose en cuenta a todas las actividades que se desarrollan en los diversos ámbitos dentro de la misma internet.

Dentro de esta área reducida de la comunicación interpersonal y la comunicación social –desde periódicos hasta blogs- las personas nos hemos ido acostumbrando –y con mucha intensidad del 2001 hasta hoy- a navegar por la internet no sólo para buscar información sino también para producir y expresarnos.

La búsqueda de información vía internet, tanto periodística como académica y aún en lo que hace al entretenimiento y el aprendizaje básico, siempre requiere de un “filtro”. Ese filtro no es propiamente tecnológico; no se trata de un aparatito que se conecta a la línea o que viene con el equipo portátil.

Me refiero al filtro intelectual-emocional con el que, cotidianamente, filtramos toda información que llega a nuestros sentidos y que adquiere alguna relevancia para nuestra vida, ya sea para la supervivencia, para cubrir nuestras necesidades (primarias, secundarias o terciarias) o para ampliar nuestra perspectiva y panorama acerca de la vida misma, de la ciencia, de la filosofía, la religión, los fenómenos sociales, y aún para divertirnos.

De acuerdo con el “nivel de filtrado” que cada individuo u organización posee, resultará eficaz o ineficaz el tratamiento de la información adquirida.

 

 

¿CÓMO ES EL “PLANCTON” QUE LA INTERNET OFRECE O VIABILIZA?

 

No es secreto en nuestros días que internet, en sus inicios, fue una importante herramienta utilizada por los servicios de espionaje, y que varios elementos básicos (primitivos) de la primera internet no-pública, tenían mucha relación con los sistemas y operaciones con que la IBM en el año 1934-36 proveyó al gobierno alemán de Adolfo Hitler, a sabiendas o no de que éste lo utilizaría para obtener y clasificar información en el armado de los campos de concentración, la detección de “enemigos de la raza aria” y las tareas de inteligencia previstas (y realizadas) para la tristemente célebre Gestapo.

Sobre esa base, mejorada increíblemente en breve tiempo (20 años no es nada, dice el tango…), la inteligencia de las potencias occidentales, principalmente los EE UU de América, encontraron una vía sensiblemente eficaz para, durante la guerra fría, no exponer a sus agentes ni exponerse públicamente, en la obtención y tratamiento (por encriptado o codificación críptica crítica) de información diversa para ellos relevante, no sólo a nivel castrense, sino, y más notoriamente, a nivel económico, geopolítico, ideológico, etc.

No asombra que, caído el muro de Berlín como consecuencia de las políticas de glasnost y perestroika de la dictadura soviética hoy inexistente (oficialmente), la internet perdiera su importancia y uso estratégico y, sea por cuestiones de presupuesto o interés, o sea como canal de buenos negocios a futuro, esta herramienta tecnológica pasó al dominio público.

La aceptación que rápidamente tuvo, atrajo mayores inversiones y mayores esfuerzos que canalizaron el increíble crecimiento que ha tenido, no sólo en cuanto a adelanto técnico, sino en función de la apertura panorámica aparentemente ilimitada con la que hoy la conocemos y la utilizamos.

Los sistemas utilizados por los nazis, bajo soporte inicial de la IBM, y luego la pre-internet (¿?), marcaron en el mundo subterráneo de la “inteligencia” (espionaje) un abismo de diferencia respecto de sus competidores soviéticos, ya que aquellos debieron aggiornarse posteriormente y sus sistemas de Cheka (más feroz que la misma Gestapo nazi), en la primer etapa, y la posterior y más conocida y sofisticada KGB (además de otras organizaciones paralelas no tan conocidas por el público general) nunca lograron superar de modo sostenido el manejo de la información por parte de las potencias de occidente. Pero aquí la cuestión no pasa por analizar si eran más eficaces los métodos de espionaje de la dictadura soviética o del imperialismo Anglo-Norteamericano…

Pasa por echar una mirada reflexiva al fenómeno internet y a nuestro comportamiento social en la vida –social e individual- de nuestro tiempo, fundamentalmente reconocer qué información compone el nutriente internáutico (“plancton”) que los usuarios –individuos u organizaciones- como si fuéramos ballenas, debemos “filtrar”.

 

 

 

LA INFORMACIÓN MASIVA NUNCA ES GRATIS Y TAMPOCO ES INOCENTE

 

Hoy, una de las principales funciones de la internet, lo sepamos o no, nos guste o no, es la de hacer “ingeniería social”.

¿Qué es la “ingeniería social”?

Pues básicamente y para definirlo con mucha y muy precaria brevedad, la “ingeniería social” es uno de los eufemismos o entelequias que sirven para nombrar las acciones y estrategias de “inteligencia” o, propiamente, espionaje.

Una red internacional de supermercados, una red de pornógrafos, una empresa en vías de expansión, agentes publicitarios, periodistas, sociólogos, estafadores o “scammers”, investigadores de distintos campos, grupos o sectas religiosos, grupos o sectas políticas, etc… son los que normalmente utilizan todas las herramientas a disposición que les enseña el espionaje “posmoderno” también llamado “ingeniería social”.

A partir de la lectura del discurso, de imágenes, de actividades, reacciones al más puro estilo de los estímulo-respuesta de Pavlov (por sólo mencionar escasísimamente algunos elementos de los menos sofisticados en esta actividad), etc,  estos “investigadores” determinan o al menos identifican, las preferencias del mercado o de la franja del mercado que estudian, con fines de explotar fortalezas o debilidades en esa franja del mercado: Algunos para obtener crecimiento empresarial, otros para obtener mayores dividendos o información vital para reposicionarse en la competencia política, comercial, financiera, publicitaria, etc. Esto para sólo mencionar los fines lícitos de esta forma de espionaje llamada “ingeniería social” que, al mismo modo del Gran Hermano, penetra sin límite en la privacidad de personas y grupos sociales a fin de conseguir información o de “tener el control” para ejercer determinada influencia sobre el grupo.

Esto último habilita la visión de la otra “mitad de la manzana”: El uso ilegítimo y en muchos casos ilícito que se hace de la internet, en general, y la “ingeniería social” vía internet, en particular.

Digámoslo: Internet no es la única vía para la ingeniería social.

La observación del comportamiento de los clientes de un supermercado, en un shopping o en un evento deportivo o musical, permite a los “investigadores”, ante determinados estímulos o ausencia de éstos, acceder a información que, difícilmente las personas objeto de investigación librarían de propia voluntad, ya por carecer de interés de hacerlo, ya por cuidar su privacidad, etc.

La ingeniería social permite “enriquecer el plancton” en las aguas de internet, como una vía ubérrima para los “investigadores sociales”, con información directa o indirecta de individuos, grupos u organizaciones que, de otro modo, de un modo transparente y franco, jamás lograrían muy probablemente.

Es como si se tratara de la acción de un mosquito durante la noche mientras succiona la sangre de un mamífero que duerme y que, quizá, ni sienta el pinchazo ni la comezón hasta tiempo después que el mosquito comió y se fue… O mejor: La “política del ácaro” que, microscópico, se alimenta de nuestras células muertas, mientras nosotros trabajamos en la oficina, la universidad, la fábrica o simplemente dormimos o comemos, sin darnos cuenta de la “fauna” que vive a expensas de nuestro cuerpo (al menos entre ducha y ducha).

 

 

¿ESPIONAJE DE BARRIO?

Uno de los emergentes vulgares (y el más desprolijo y caótico, por cierto) viene dado por el fenómeno social de los últimos años que se conoce como el de las “tribus” urbanas, inicialmente compuestas por público adolescente, aunque en la actualidad integrada por un creciente número de adultos (al menos en cuanto a lo cronológico, mayores de 21 años; no siempre tener más de 21 años certifica que el individuo sea mentalmente un adulto, por muy diversos motivos, que son más objeto de estudio de la sicología o la religión que de este pequeño artículo…).

Lo curioso de este “sub-fenómeno” –enmarcado dentro de las estrategias de ingeniería social- es que permite desparramar caóticamente información y generar sucesión ilimitada de interacciones y reacciones que, por lo que se ve, tienen consecuencias fuera del mundo de la comunicación virtual; una serie de consecuencias mediatas que pueden ser hasta “guiadas” por quienes tienen el manejo del “hilo primordial” (como la araña el de la telaraña) en un sentido u otro, según sea la finalidad y la información que se necesita extraer o de las acciones que se busca generar.

Radica, en este caso, su particularidad en la estrategia de desparramar ampliamente para recoger por sectores definidos.

Claro que el “efecto dominó” subsecuente puede escapar al control estratégico, pero es esto lo que menos importa a esta clase de “ingenieros sociales”: Lo que importa es “sugerir” o imponer a partir de la obtención espuria de la información, tanto modas, como dirección de consumo, comportamientos sociales, y hasta formas de manejar o des-manejar el lenguaje, imponiéndose cambios arbitrarios e ilógicos (aberraciones) en el uso de la lengua…

Éste es sólo uno de los aspectos curiosos (que da mucha más tela para cortar que ésta, por cierto) del manejo de la internet y de ello vamos a hablar ahora: El control y manejo de la mente del otro.

 

 

“TODO MATA; TODO CURA. CUENTA LA PROPORCIÓN”

(atribuida a Asclepio o Esculapio)

 

La información en internet ¿Es mala? ¿es buena?

El problema no es la información, sino el uso que de ella se hace.

Y aquí ingresamos en el problema del “filtrado” de la información y de nuestra actitud, nuestra vivencia de la libertad que nos permiten, independientemente, hacer buen uso de esa información, o ser manipulados dócilmente (muchas veces contra la voluntad del propio sujeto y otras tantas en desmedro de su salud mental o integridad física o estabilidad patrimonial).

Los usuarios de internet somos como ballenas en el océano.

Y la internet ofrece distintas alternativas, como el océano a los cetáceos, para adquirir la información como nutriente de las actividades y el pensamiento-acción del usuario o grupo de usuarios.

En primer término habrá que decir que hablamos de los usuarios directamente y apenas elípticamente de los estrategas-diseñadores, cuyo rol es mucho más críptico de lo que aparenta.

En segundo lugar habrá que identificar que, como en la vida cotidiana de la calle, los discursos en la comunicación o en la expresión de las personas, marcan una evidencia, al menos aparente, de lo que esa persona o ese grupo es, quiere, no quiere, hace, no hace, gusta, prefiere, rechaza, etc.

Y de lo que piensa, siente, duda…

La lectura superficial del discurso, generalmente, evidencia aspectos incoherentes del mismo, pensamientos superficiales o laterales; está plagada de falacias de distinto orden y características, contradicciones, discontinuidades, etc.

La eicasía a la orden del día desde que la civilización es tal (si no desde antes…).

Pero una lectura apenas más profunda del discurso revela información que, por lo general, el parlante, inconscientemente libera entre las líneas.

¿Es esta buena información? Por lo general, suele ser irrelevante, salvo para detectar ciertas aberraciones del comportamiento.

 

 

INFORMACIÓN SANA E INFORMACIÓN ÚTIL

 

No todo lo útil es sano, pero todo lo sano siempre es útil.

En la internet se pueden hallar interesantísimos papers productos de la labor científica de un equipo, muchas veces interdisciplinario, fruto de varios años de trabajos, discusiones, adversidades y esfuerzos. Muchos de estos trabajos son de una utilidad muy importante, tanto para los profesionales como para otros investigadores, estudiantes y hasta público curioso (como es mi caso y el de varios miles de personas en el mundo). Hasta las patentes de inventos resultan una información muy útil disponible en la red.

Pero no toda esa información útil puede ser sana. A veces, provee a la mayor confusión o adolece de inexactitudes y contradicciones, que enturbian las certezas mínimas e indispensables a la hora de buscar pautas para nuestro comportamiento que nos lleven a mejorar la calidad de vida, en lo individual y grupal.

Toda información que disocie lo espiritual de lo material es información que debe ser filtrada y observada con prudencia y cuidado.

Lo mismo que aquella información que, aparenta ser muy útil, y quizá lo sea, pero que somete a la persona a una divergencia, a un dilema entre su espiritualidad y su vida material.

Con una personalidad escindida, o volcada más hacia lo material de las necesidades humanas, es fácil hacer que la o las personas se comporten como la “tendencia” lo marca.

Que adopten comportamientos o pensamientos “normales” (es decir, normalizados por una autoridad superior al sujeto).

No hay norma posible si no es impuesta por una autoridad. Ni hay autoridad posible si no es reconocida por aquellos que habrán de someterse a la norma.

Resulta muy útil conocer las normas técnicas internacionales para la fabricación de tornillos, si es que usted tiene una PyME que fabrica, entre otras cosas, tornillos.

Pero no es sano el acatamiento de normas pautadas que, alambicadamente, se entremezclan en los discursos que usualmente se muestran en internet como “liberadores”, “sanadores”, “de autoconciencia”, “de autoestima” (ni hablar de la manipulación emocional), etc.

Lograr la adhesión de una persona o grupo social a “ciertas normas”, a “ciertas comunidades”, implica dejar a los individuos desarmados de espíritu crítico, predispuestos a aceptar “tal cual” un discurso de moda sin detenerse a analizar si es sólo útil, o si es enajenante o nada saludable. Y lleva, o al menos inclina, a intercambiar información que retroalimenta esta especie de espionaje moderno a-la-Gran Hermano… La “ingeniería social”.

Una cosa es la ingeniería social utilizada para conocer las inclinaciones o gustos y rechazos del público ante un producto, y otra muy distinta es utilizarla para manipular sádicamente la vida de las personas.

 

 

¿HAY VIDA MÁS ALLÁ DE INTERNET?

 

Esta pregunta que nos hace reír hoy, es todo un desafío para el público adolescente que ha crecido a la vera de un teclado.

Pero lo que es más grave –ya que un adolescente puede modificar pautas durante el proceso de crecimiento en el que se encuentra- es que los adultos están dejando de “filtrar” la información, de discriminar entre bueno-malo, útil-inútil, útil-sano.

Existe hoy una marcada confusión entre las personas, que por no filtrar la información que les llega, admiten el discurso (casi como un dogma) de que la “discriminación” es mala, porque tiene una única acepción, según captaron sin mucha crítica de la información que han consumido y les ha llevado a fijar esta postura.

Lo que no parece importar mucho, es que la acepción “segregar” a la que deriva el término “discriminar” en cierto contexto, es la de menor importancia y que puede y debe, reemplazar naturalmente a ésta última, en el contexto sobre el que venimos reflexionando en este artículo.

Discriminar, descubrir las diferencias, establecer pautas de diferenciación para un análisis, más o menos profundo, más o menos metódico, pero siempre sistemático, es una herramienta primordial a la hora de manejar la información, tanto en la calle, la TV, los periódicos, el material académico y… la internet.

La velocidad cada vez mayor a la que nos habituó el mundo moderno, multiplicada exponencialmente por las “necesidades” del denominado mundo “posmoderno”, atenta gravemente con nuestra posibilidad de discriminar lo auténtico de lo inauténtico, lo verdadero de lo falaz, lo sano de lo enajenante.

Lo importante parece ser hoy por hoy, manejar la información, absorberla, transmitirla y adoptar una posición eventual, una actitud normalizada (que no nos genere ni el rechazo de los otros, ni la obligación de “pensar mucho”).

No es extraño que en el mundo “a-la-Homero Simpson” muchas personas salgan, consciente o inconscientemente, a hacer “inteligencia” o a hacer tareas de espionaje mal utilizando las herramientas de la novel “ingeniería social”.

Se escudarán tras una sonrisa diciendo: “bueno… son chismes… ¿quién no le dedica un tiempito al cotilleo?” Pero esa frase simpática, oculta una carencia de análisis de la situación: Nuestro “delfín” surca las aguas de la internet haciendo “espionaje de barrio” sin darse cuenta que detrás tiene verdaderos “tiburones” que persiguen otra información que utilizan de forma ilegal o de forma inmoral.

O de ambas formas.

Y el idiota útil sonríe pensando que maneja información útil… y sin reparar acerca de si la información que brinda, canaliza o extrae, es sana y le permite adoptar pautas de vida acordes con su propio y auténtico libre arbitrio, o si sirven para malograr, dañar o “controlar” a otros por la metodología tan usual de la “tercerización”...

Y aquí llegamos al meollo.

 

 

LA VIDA Y LA LIBERTAD

(Hermoso chamamé de Antonio Tarragó Ross hijo)

 

Hay vida más allá de la internet, si la persona es soberana y señora de sí misma.

Si es dueña de su auténtico pensar-sentir, si no disocia lo indisociable: Su individualidad.

Una característica curiosa de la masificación o insectificación de la persona humana, es la pérdida de la individualidad a favor del individualismo. Y el individualismo se basa siempre en el dilema falso que opone cuerpo-alma (narcisista concepción del ego, como aberración de la vivencia del sí-mismo o “self”).

Este crecimiento del individualismo a expensas de la individualidad auténtica, es decir, con pérdida de la libertad como soberanía interior en cuanto libre arbitrio, lleva a la persona a buscar si o si la aceptación social, adoptando ideas, discursos y actitudes inauténticas, es decir, que no están arraigadas en el fondo endotímico de su personalidad situada, meros stickers de conveniencia eventual.

Y para ello se basan en información útil, que no siempre es información sana.

¿Cuál es la ventaja de tener tanta información disponible hasta el aturdimiento, si al final se termina sirviendo a una dictadura global “invisible”, capaz de dañar, entre aplausos generalizados, los valores que nos han llevado –paradójicamente- a este nivel de evolución cultural?

No hace falta hincar el diente para distinguir una manzana real de una manzana de cera en la misma frutera. Hace falta saber discriminar a partir de la información captada por los sentidos y la información que posee nuestro intelecto.

Internet ofrece una nueva forma de “desclasamiento social” (como diría el querido Arturo Jauretche) basada en abandonar la pertenencia a sí mismo, para “pertenecer” a un orden social, a mayor o menor escala, basado en la aceptación de “normas” que muchas veces son contrarias al sentimiento genuino del individuo que, por comodidad o estulticia, las adopta sin preguntarse ni cuestionar cuál es la autoridad de las que emanan esas “normas” de pertenencia (más que pertenencia, hablamos de patrones de referencia, como gustan decir los sicólogos sociales en nuestro medio) y de comportamiento, ni cuales son los fines que se persiguen.

El Gran Hermano ha establecido normas por las cuales ya la intimidad de una familia o de una persona, resultan res nullius… 

Los estrategas del éxito televisivo-internáutico de marras, jamás confesarán que ese haya sido el fin, porque quizá ellos no lo sepan, han sido herramientas útiles de otros diseñadores para quienes sí es importante, como meta, llegar a manipular, coercionar, controlar la vida y la intimidad de las personas.

No hace falta poner una cámara en cada casa, ni micrófonos a la usanza de 007…

Es suficiente con que las personas acepten sin mayor discriminación ni filtro, la normalización de no tener vida privada y convertirse en agentes gratuitos del traslado espurio de la información y control de la libertad ajena al costo de la pérdida –incruenta o indolora- de la propia libertad.

 

 

EL COSTO ES LA PÉRDIDA DE LA PROPIA LIBERTAD, EN NOMBRE DE LA LIBERTAD

 

La libertad como libre arbitrio, auténtica, bien esenciada en una individualidad unitaria y dual, pero no-escindida (somos un ser paradojal, idea que rescata de un modo casi insuperable Francisco Romero, maestro de filósofos argentino, no sin reminiscencias propias de Durkheim o Scheller), no es la de “comprar tal producto o dejar de comprarlo” sino es la de elegir la propia postura en la vida y el respeto, no sólo por la vida, sino por la individualidad ajena; es el rechazo del mal y del adocenamiento. Es el cuestionamiento a la norma desde una búsqueda soberana del mismo individuo.

Es el respeto y el acatamiento de las normas en un sistema de convivencia donde, ese acatamiento, es un acto positivo, de protección y crecimiento del desarrollo de la dignidad de la persona humana.

Una sociedad no es más avanzada por la cantidad de usuarios de internet que tiene(según dicen en la CNN, ya sobrepasamos los 1000 millones de usuarios), sino por cómo las personas que la integran son capaces de sostener su cultura, desarrollarla y convivir sin perder la libertad interior de ser soberanos de sí mismos sin dejar, al mismo tiempo, de ser solidarios.

La vida más allá de internet puede ser una vida sana, pese a las miserias del mundo civilizado, y con ello una vida que tienda a adaptar los cambios tecnológicos a las necesidades que impone la dignidad humana, o bien puede transformarse en “1984” de George Orwell, donde un misterioso Hermano Mayor, a través de una red “inconsciente” de ciudadanos “normalizados”, ejerce el control y dominio, no ya de un orden social… de la moral y la intimidad de la persona humana misma, imponiéndole qué pensar, cómo vestirse, cómo actuar (y todo ello con el mayor beneplácito de la víctima…).

Me pregunto:

¿Cómo será la vida más allá de internet en los próximos 10 años?

La respuesta no está en ningún libro.

Está en el libro de nuestra interioridad y nuestra capacidad humana para alejarnos cada vez más de la bestia humana, y acentuar cada vez más la apropiación de nosotros, como dueños y señores de nosotros mismos, sin dejar de ser sanos y humildes servidores de quienes conviven con nosotros, a pesar de nuestras limitaciones y miserias, pero al costo de preservar nuestra individualidad, nuestro sentido de comunidad y nuestra libertad de elección.

La cuestión de la vida más allá de internet nos plantea un interrogante adicional: Qué haremos con nuestra libertad de elección entre buscar la libertad o elegir libremente…

una férrea esclavitud de cadenas invisibles…

 

 

Ezequiel  Olivary

 

  NOTA ADICIONAL: Este artículo carece por completo de rigor científico ni filosófico, ya que no es un artículo enmarcado dentro de ninguna de ambas disciplinas, aunque se nutre de algunos elementos provistos desde esos ámbitos. Cualquier inexactitud que pudiera presentar, agradezco desde ya a los lectores críticos y bienintencionados el hacérmela conocer, ya sea por el comentario público al pie, o por vía de mensajería de MSN o correo-e, de modo de poder introducir las aclaraciones pertinentes o las correcciones a que hubiera lugar en esa circunstancia (siempre que sea viable la crítica). Es un pequeño artículo de opinión de cuyos términos, contexto, connotación y elaboración me hago responsable, buscando fundamentalmente con esto, detenernos un instante a reflexionar acerca de la tecnología, nuestra vida cotidiana, los valores esenciales de nuestra cultura y nuestro espíritu y, como poco, nuestro futuro…

FORMAS

 

Formas hay de amar

de olvidar, de partir;

formas de renacer

luego de sentirse morir.

 

Formas hay de decir,

de pensar y sentir;

formas de callar

aquello que anida dentro.

 

Formas y más formas;

formas y mil formas

en el mundo de las formas.

 

No es cuestión de formas

el amar, el vivir, el soñar:

Sólo es cuestión de libertad.

 

 

 

Ezequiel  Olivary

VEINTIDOS AÑOS DE POESÍA

 

El 1º de Febrero Ppdo mi poesía cumplió sus primeros y muy felices veintidós años de existencia.

No la sospechaba, pero latía dentro mío. Ya a los quince años, algún soneto de amor quedó perdido en los laberintos recónditos de dos suaves manos femeninas. Pero no era ésta mi primer poesía, ni era ella mi primer amor.

Los árboles crecen robustos hacia el cielo, expandiendo su sombra hacia los cuatro vientos. Sus raíces se fortalecen en el humus que las abriga y alimenta. Aquella solitaria y pequeña poesía, perdida de la existencia, pero no de mi memoria, ha quedado en el humus de la vida alimentando estas verdes hojas y los retoños que surgen como dedos que acarician el aire.

Mi poesía tiene, empero, jardineros ilustres que son acreedores de cada coma, cada verso; de la rima y lo que no rima. Girondo, Benedetti, Neruda, Lugones, Galeano, Borges, Vallejo, Quevedo, el infaltable Góngora, el inolvidable Federico, Machado; Discépolo y Alfonsina; Mi amado “loco” de Asís. Homero Manzi y el entrañable Leopardi. El dolor de Eluard y la vitalidad inagotable de Alberti. Garcilazo, perdido en la distancia, Don Alfredo con su poesía de guitarras; Silvio Rodriguez con la libertad oprimida en la garganta. Miguel Hernández y José Hernández, cantando desde distintas latitudes la misma pena. Tantos, tantos acreedores más, tantos jardineros tiene el arbolito de mi poesía que se pierden entre sus ramas nombres y apellidos y seudónimos y homónimos… Pero que están disueltos con sus vidas en los jugos nutritivos que son la savia que la mantiene lozana y en pie, soportando los embates de los temporales, dando su sombra gentil y ofreciendo sus frutos a la mano ignota, que con hambre o sin ella, se hacen destino último de los versos de la vida.

Veintidos años.

Casi una vida.

Casi la vida.

Veintidos años de poesía, de hacer poesía haciendo vida. De escribir poesía como el residuo de cada día vivido, cada hora vivida; cada sueño soñado, realizado o desvanecido en el éter.

Alguna vez me enseñó el bueno de Flavio Boecio que las musas de la poesía no tienen respuesta frente a la muerte; y que es allí donde habla la filosofía y resplandece la vida.

Alguna vez me enseñó Girondo que no escribo para otros, ni para mi, ni para la historia, ni para la nada… Alguna vez me enseñó que escribo como respiro, porque no lo puedo evitar.

Veintidos años de poesía que no se vendió a ningún postor, a ninguna moda, a ningún cinturón académico ni a la vulgaridad.

Poesía que corre como el río de aquel Heráclito, siempre él mismo y sin poder ser jamás el mismo.

Poesía que no conoce podadores desde la crítica de los críticos tan poco crítica; Poesía cuyos podadores son Diógenes o Kierkegaard, San Buenaventura o Jauretche; Ortega o Séneca. Esa es la poda que no troncha, que no mata, que no daña; la poda que fortalece y renueva.

Telaraña.

Así se llamaba aquella primera poesía, muy primitiva, quizá paupérrima de toda pobreza imaginable.

Las gotas en forma de letras, fueron transpiradas en un papel arrugado y maltratado, debajo de un viejo árbol que ya no existe, en un jardín que conoció pasos que ya no lo transitarán jamás, los de mi abuelo, que sonreía feliz y en silencio viéndome garabatear la vida en versos, él, que la había garabateado en su vida de trotamundos incansable.

Él, que desde algún lado del cielo y mi memoria, sigue sonriendo como en aquel verano.

“Sucede que soy y que sigo” diría el querido Pablo.

Así dice mi poesía cuando, con veintidos años, la veo tan crecida: Sucede que soy y que sigo.

 

Mi poesía me pide que les diga gracias.

 

Gracias por hacerle un lugarcito en este transitar por la vida.

 

Mi poesía me pide que les de las gracias y que, como ella, pueda afirmar cada día, con Pablo: Sucede que soy y que sigo…

 

Yo no soy interminable, soy apenas inmortal, como todos ustedes y todos los que nos precedieron en los últimos 130.000 años y los que vendrán en los próximos quizá 100.000…

La poesía es interminable, además de inmortal. Es el idioma de los ángeles.

 

Veintidos años de poesía que no cesa; como el horizonte, me invita a buscarla, a seguir y seguir, a compartir y a no dejar de decir, no dejar de soñar.

 

Ezequiel  Olivary

LA POESÍA DE LOS CIRUELOS

 

En mi jardín los ciruelos

beben sorbos de sol

y las ciruelas

en sus jóvenes ramas

acumulan azúcar y pigmento

que a la boca regalarán

en alguna tarde próxima.

 

En mi jardín los ciruelos,

esos dos humildes

monumentos a la vida,

tienen todavía en su corteza

las huellas de mis manos

al plantarlos

cuando eran sólo una brizna.

 

En mi jardín dos ciruelos,

que miran al cielo

y con sus copas gentiles

amparan del sol al suelo,

son la memoria de la tierra

del lugar donde he nacido

del humus que conoció mi pasar.

 

En este jardín de papel, como los ciruelos

crece la poesía, desafiando al silencio

al viento y la tormenta;

crece bebiendo el sol y la sal,

crece acumulando azúcar y colores

en pequeños y jugosos frutos

para las bocas que los quieran saborear.

 

 

Ezequiel  Olivary

TIEMPO PASADO, TIEMPO PRESENTE

 

 

 

My Way – Franck Sinatra (Quizá esta entrada sea la excusa perfecta para el homenaje a uno de los más grandes de la canción, como Franck, incomparable)

 

 

 

 

 

 

 

Si el tiempo

volver atrás pudiera

haría todo cuanto hice

del modo en que lo hice.

 

Si en mis manos

estuviera volver el tiempo,

no viviría de otro modo

que de la manera en que vivo.

 

Que los arrepentimientos

Dios se lleva y aún así vivimos

eligiendo minuto a minuto

haciendo y deshaciendo.

 

Cada paso dado

cada palabra dicha, cada mirada

sobre el mundo natural

o sobre el mundo humano.

 

Cada instante de dicha

y cada momento de dolor

han sido los que trajeron

a estos dedos a escribir estas letras.

 

Satisfacción da el tiempo

al mirar el hombre hacia atrás

y ver por bien vivido lo vivido,

por bien sufrido lo sufrido…

 

…por bien amado lo amado,

por bien sentido el empeño

en construir lo construido.

Que al fin y al cabo de la vida…

 

…no importa volver atrás el tiempo

sino hacer con el efímero presente

algo más sano y más bueno que el pasado

para que no haga falta volver atrás el tiempo…

 

 

Ezequiel  Olivary

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Al  ingrato que me deja, busco amante,

al que amante me sigue, dejo ingrata;

constante adoro a quien mi amor maltrata,

maltrato a quien mi amor busca constante.

 

Al que trato de amor hallo diamante,

y soy diamante al que de amor me trata;

triunfante quiero ver al que me mata;

y mato a quien me quiere ver triunfante.

 

Si a este pago, padece mi deseo;

si ruego a aquél, mi pundonor enojo;

de entrambos modos infeliz me veo;

 

pero yo, por mejor partido escojo,

de quien no quiero ser violento empleo,

que de quien no me quiere vil despojo.

 

Sor Juana Inés de la Cruz

 

 

 

 

¿Cuántas veces ocurre que damos amor y nos devuelven espinas? ¿Cuántas veces tenemos una paciencia infinita con personas que, a cambio de nuestro afecto, nos surcan de heridas la piel del alma?

 

La caridad bien entendida no es sinónimo de estupidez, todo lo contrario: “Sed mansos como palomas, pero astutos como serpientes” dice Aquel que, a cambio de todo el amor, recibió espinas y una cruz; Aquel que hasta hoy mismo, es combatido por muchos seres humanos que no comprenden ni vivencian el amor.

 

La vida carece de sentido sin amor.

 

La envidia, el egoísmo, la mentira, la manipulación y otras yerbas, van alejando poco a poco a la persona del amor. Tanto lo alejan que confunde el morbo, la lascivia, el pasatismo, la superficialidad con amor.

 

La caridad bien entendida jamás significa que la persona quede al arbitrio del comportamiento sádico de nadie.

 

La caridad bien entendida da la vida por amor.

 

El verdadero amor jamás acepta el castigo injustificado y mucho menos, jamás se somete patológicamente al castigo.

 

San Esteban, el primer mártir de la cristiandad, mientras lo apedreaban por cometer el delito de ser cristiano, nunca dijo “Gracias Dios, cómo disfruto de este castigo…”. Tampoco dijo “Dios, que todos estos se pudran en el infierno” (como en las películas de moda es tan común escuchar).

 

San Esteban, instantes antes de morir, pedía “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (San Esteban sabia que el homicidio conduce al infierno, y aún siendo víctima de homicidio, rogaba el perdón). Nunca sabremos si hubiera escapado de tener la oportunidad. Sabemos que no la tuvo. Y sabemos que no disfrutó morbosamente del castigo injusto. Pero el amor al que él defendía es absolutamente más grande, eterno e infinito, para que siquiera se hubiera inquietado.

 

Sabemos que otros cristianos, teniendo la posibilidad, natural o sobrenaturalmente otorgada, escaparon del castigo injusto. El amor no gusta del castigo ni del morbo.

 

La mentira no es la oposición de la verdad, sino que es su deformación. Nada se opone a la verdad. El odio busca destruirlo todo, pero no porque sea contrario del amor, sino por ser su deformación. Si nada hubiera construido el amor, el odio no existiría y su sed de venganza y destrucción contra el amor no tendría entidad.

 

El amor es El sentido de la vida. El odio no puede nunca ser su opuesto, ya que, precisamente, no tiene sentido…

 

Esta poesía de Sor Juana no se refiere al amor “romántico”, aunque pueda encontrársele esa connotación. Se refiere al Amor y, como contracara, a nuestro apego a las cosas pasajeras, mundanas (no nos olvidemos que no deja de ser el escrito de una religiosa que abandonó las cosas mundanas).

 

Vivimos los Homo Sapiens en guerra desde que nos hicimos, paulatinamente, civilis…

 

Cuanto menos 8000 años en guerra.

 

Pero la guerra ¿no nace de las personas? O es que vamos a creer que sólo las forjan 4 o 5 poderosos… Cuando la paz habita en el alma, cuando la convivencia sana y pacífica se da en el seno de las sociedades, la guerra, el odio, la tortura (física o sicológica), pierden su justificación. Y lo que necesita toda guerra, todo odio, es una “justificación”; no importa si es verdadera o es amañada, si es una justificación cierta o una urdimbre, una trama, una trampa.

 

La verdad, no necesita de justificaciones: Sola se basta. No necesita luz, es luz.

 

Nadie podrá jamás definir científicamente el amor. Sólo podemos decir de él, lo que es y lo que no es.

 

Y al respecto, personalmente, siempre voy a elegir la definición de San Pablo, acerca de lo que es y de lo que no es el amor.

 

Y seguiré haciendo poesía con mi vida, porque es una de las tantas formas de dar amor, aún a quienes ciegamente castigan.

 

Me queda la última estrofa:

 

 

 

 

pero yo, por mejor partido escojo,

de quien no quiero ser violento empleo,

que de quien no me quiere vil despojo.