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LIBERTAD

 

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La verdadera búsqueda de la libertad consiste en trabajar día a día para que los otros vivan mejor, de modo que la mejor forma de hacer valer los propios derechos sea, siempre, respetar los ajenos con la misma intensidad con que se respeta el propio compromiso con la vida, como obligación suprema.

 

Una libertad que no respeta tal premisa no merece tal título, sino otro más adecuado a su naturaleza: Egoísmo.

 

Ezequiel Olivary

ESCRIBIENTE

 

Dulce resbalar de cálamo sobre la hoja

cada fina o grosera pátina se antoja

de colores que taimado disfraza el azul,

vestido de paloma, cascada o abedul.

Suave crepitar sin fuego de la pluma

oprimida fraternamente, sobre el papel rezuma

el espíritu de las ideas y las memorias,

las vivencias, los anhelos y millar de historias

que derrama –caudaloso- el corazón del escribiente,

viajero en el tiempo, un ala de alba, otra de poniente.

Una coma cecea brevemente

reptar encaprichado de serpiente

donde ha muerto malherido un acento;

se da el escribiente por contento

si, rescatada del negro silencio abismal,

la frase sobrevive aún después del punto final.

 

Ezequiel  Olivary

PRIMAVERA EN EL SUR

 

Pinta en el aire

con delicado y firme trazo

la primavera sus colores

imprimiéndole a los cielos,

entre nubes, viento y cien revuelos,

esta sonrisa nueva de mil amores,

felicidad ansiada en su regazo

de fémina siempre plena de donaire.

 

El estío en ciernes

bosteza su caliginosa queja

y es más que lamento, saludo:

Entre sus calurosas manos tiene un nudo

que al desatar mil soles festeja

la sabatina mañana en devaneos de viernes.

 

Quién no quisiera esta alegre quimera,

este esbozo de vida y esperanza

que aparentando dormitar en lontananza

despierta, sin embargo, en cada primavera?

 

 

Ezequiel  Olivary

CLAVE DE SILENCIO

Se puede escribir la desesperación o se puede escribir con desesperación. En ambos casos, el vínculo, el único hilo de enlace es que se puede escribir. También se puede desesperar en silencio y desesperar el silencio. En este caso no vale la pena ni la ilusión buscar el máximo común múltiplo de nada, que eventualmente podría ser cero y, contradictoriamente, sería una desesperación interminable, sumiéndose en el infinito del silencio. La desesperación en silencio es desesperación-de-palabra, o más sencillamente la desesperanza en la redención producto de toda, cualquiera o sencillamente una palabra; desesperar en silencio o desesperar el silencio es el equivalente, tardíamente descubierto, de la condenación misma del alma.

 El demonio habla mientras puede con palabras o sin ellas, pero su crédito de palabras, gestos y decires, se agobia y se agota con el tiempo, quedándose irremediablemente con la suprema desesperación en silencio mientras no termina de consumirse desesperando el silencio. Quizá la misericordia divina se apiade de este ángel malogrado por propia voluntad, prestándole el uso de palabras que, para acrecentar su infortunio de rebeldía, reciben el mal uso de su parte; y no porque no sepa usarlas o porque equivoque el significado por descuido o animus iocandi sino porque en su desesperación por el silencio, malversa las palabras disponibles. De ahí que Nuestro Señor le llamara universalmente “el padre de la mentira”.

La mentira no es contraria de la verdad, ya que no pertenece a su categoría; la mentira es una malversación de las palabras con el fin de retorcer la verdad y ahogarla hasta callarla, por simple desnaturalización o en un intento por banalizarla o trivializarla.La verdad se sustenta empero en la palabra y sus cimientos no se hunden en la arena; la verdad está fundada en roca sólida. El pobre diablo, que tiene todo de diablo y casi nada de pobre, sólo constituye un ejemplo, tal vez magnánimo, excelso, de como se desespera el silencio y como, inevitablemente, se desespera en silencio, durante un breve lapso de tiempo que dura, digamos, lo que resta de eternidad, en el resto sin fin de una divisoria infinitesimal de lo que debiera ser el propio ser o, cuanto menos, la propia existencia.

 Eso si: El diablo es monoteísta, aunque sea el inventor de millares de dioses de juguete, metal, madera o barro. O ilusión… Su monoteísmo es el egoísmo que, en su caso, recibe apropiadamente el nombre de egolatría. Infame, es cierto. Inconsistente y excesiva tendiendo al infinito, esa egolatría, lejos de ser simpática, antipática, extática o cuadrática, no deja de evidenciar que la función –matemáticamente infernal- tiende infinitamente al silencio y silenciosamente se ahoga en la desesperación. Un ahogo, al fin, que sugiere la antítesis o la síntesis –Por qué no apelar al otro sentido- de un Fénix cuyo mito señala en dirección a la sinuosidad del abismo –redundantemente sinusoidal si escribimos con alguna propiedad- de una cinta de Moebio, retratada para nuestra mente vulgar de hoy día como un incendio regenerador, un incendio que se nutre de sí mismo, se paga de sí mismo mientras, paradójicamente, se extingue.

Alguna vez estuve tentado –ya que hablamos de cuestiones infernales- de seguirle el rastro a quienes pretenden mimetizar a Cristo con el Fénix del mito, pero pronto me salió la desesperación al paso para convencerme, con espantosa locuacidad, que Fénix circula y circunda la relatividad ontológica de moebius y con ello describe algo que podríamos denominar, aunque impropiamente, como círculo vicioso.

Confieso que no me atrevo a desenvainar frente a semejante nudo gordiano (por lo demás, lo creo harto improductivo para el enriquecimiento de la propia vida y la ajena).

Simplemente me queda un “aire” (si se me otorga semejante licencia) de certeza de que el silencio que le sigue está embarazado de desesperación a la que no logra parir y es la antítesis de una posible resurrección. De toda posible resurrección.

La muerte, sin embargo, es una sola y se queda por aquí mientras nosotros seguimos viaje por la eternidad. Qué será entonces la “segunda muerte” de las que las Sagradas Escrituras hablan? Me animo, con la imprudencia de siempre, a hipotetizar que en la desesperación está la clave y que el silencio nos impide terminar de develarla.

 

 

 

 

 

Ezequiel  Olivary

VON BALTHASAR: PENSAMIENTOS ACERCA DE LA PROVIDENCIA DIVINA Y EL SENTIDO DE LA HISTORIA Y LA VIDA

 

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“Ante todo, está el aspecto trascendente, que se expresa en el acto básico cristiano de fe, amor y esperanza, y que tiene su representación en el “estado de Cristo” eclesiástico. Aquí la naturaleza humana está tocada por el favor del Irrepetible: liberada de la carga del pecado, pero también de la sujeción, que determina el pecado, a la órbita del nacimiento y muerte: liberada entrando en las ligaduras de la imitación, como esposa y como discípulo en el unificador misterio de Cristo, de la Cruz y la Resurrección. El afectado por esa elección (en general o en particular) resulta que tiene que someter su forma de existencia a la de Cristo. Igual que ha vivido Cristo en el mundo: abierto, confiado, sin cuidados ni planes, sin anticiparse a aferrar la voluntad del Padre, sino más bien creyendo, esperando, amando a Dios y a los hombres, así debe caminar el discípulo tras sus huellas. Debe estar en el tiempo y no elevarse por encima del tiempo: con docilidad tratar de entender los signos del tiempo y el mensaje que domina en él, sin querer acuñar titánicamente en el tiempo su propio sentido, inventado por él mismo; salir al encuentro del contenido y el significado de su vida, y precisamente, de su tiempo como otorgado siempre en cada momento por Dios, sin el intento de apoderarse prometeicamente de él; saber que la actitud básica en que brota un sentido general, y se convierte en acontecer, es la apertura del hombre hacia Dios: la fe y la oración. Sólo a tal proceder se le comunica una misión; y la gracia de misión es el contenido de sentido del “ahora” histórico, siempre agotador, siempre rebosante. Por medio de esa apertura puede seguir vivo el cristiano. No quedará taponado, para recibir la verdad siempre nueva de Dios, por esquemas y prejuicios espirituales y mundanos, que proceden de ayer y que por lo mismo que ayer estaban justificados no vuelven a repetirse y no alcanzan para hoy.”

 

 

Hans Von Balthasar  “Teología de la historia”

HOY

 
Hoy pensé en Dios.
 
Afortunadamente para mí, Él me piensa siempre... nos piensa en la plenitud de su amor eterno y sin fin.
 
 

POESÍA BREVE (PARA UNA NIÑA QUE DUERME)

 

  

 

POESÍA  BREVE  (Para una niña que duerme)

 

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Dos ojos

perlas de ensueño

color de las almendras

o de un amanecer en otoño

o del mar interminable.

 

Dos ojos

miran, ríen, hablan;

escriben vida en el aire

trazan con el mirar

una escalera en caracol

hacia la ignota profundidad

del cielo.

 

Dedos de papel o pincel,

caramelo de eternidad

rezumando el dulzor

de la paternidad amante

de la sonrisa del Creador.

 

Un, dos, tres… juega saltando la cuerda.

Un, dos, tres…baila con las mariposas.

Un, dos, tres…risitas de agua cantarina.

 

Cuando duerme

parece haberse detenido el universo

y en un bostezo de esperanza

deja su sueño dibujado y latiendo

colgando del firmamento

como una estrella

que alimentan querubines

como una paloma

durmiendo mansa

en las amantes manos de la Madre.

 

Duerme Ruth y en su sueño

se detienen los ángeles

en su incansable tráfago celeste

para contemplarla:

No hay ángel más hermoso

que una niña durmiendo

y soñando el sueño esencial de la vida.

 

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Ezequiel  Olivary

 

 

 

ADOLFO BIOY CASARES: JUGANDO A LA RAYUELA CON LA ETERNIDAD

 

Los fragmentos que siguen pertenecen a la muy conocida y brillantemente enigmática obra de Adolfo Bioy Casares (nacido y muerto en Buenos Aires, Argentina 1914-1999) “La invención de Morel”, creada en 1940.

La alteración en la secuencia es un atrevimiento que me he tomado, en el pleno deleite de seguirle el juego a Bioy dando saltitos por el tiempo… Si me acompañan, intentaremos llegar como corresponde al cielo, es decir, con una simple piedrecita, un par de pies saltarines, nuestra infancia rediviva y la espectral complicidad de Bioy Casares (sin descontar, ciertamente, que a nuestro ángel de la guarda también le gusta jugar rayuela con ciertas historias de amor, tiempo, eternidad y ¿por qué no? navegar la virtualidad).

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1

 

“Mi vida no es atroz. Si dejo las intranquilas esperanzas de partir en busca de Faustine, puedo acomodarme al destino seráfico de contemplarla.

Está ese camino: Vivir, ser el más feliz mortal.

Pero la condición de mi dicha, como todo lo humano es inestable. La contemplación de Faustine podría –aunque no pueda tolerarlo, ni aún como pensamiento- interrumpirse:

Por una descompostura de las máquinas (no sé arreglarlas); por alguna duda que podría sobrevenir y arruinarme este paraíso (debo reconocer que hay, entre Morel y Faustine, conversaciones y ademanes capaces de inducir en error a personas de carácter menos firme); por mi propia muerte.

La verdadera ventaja de mi solución es que hace de la muerte el requisito y la garantía de la eterna contemplación de Faustine.”

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2 - 3

 

Morel se enfurecería si yo hiciera público el invento. Esto es seguro y no creo que pueda evitarse con elogios. Sus amigos se agruparían bajo una común indignación (también Faustine). Pero si ésta se hubiera disgustado con él –no compartía las risas durante el discurso- tal vez se aliara conmigo.

Queda la hipótesis de la muerte de Morel. En ese caso, alguno de sus amigos habría difundido el invento. Si no, tendríamos que suponer una muerte colectiva, una peste, un naufragio. Todo increíble; pero queda inexplicado el hecho de que no se tuviera noticia del invento cuando yo salí de Caracas.

Una explicación podría ser que le hayan creído, que Morel estuviera loco, o, mi primera idea, que todos estuviesen locos, que la isla fuera un sanatorio de locos.

Estas explicaciones requieren tanta imaginación como la epidemia o el naufragio.

Si llegara a Europa, a América o al Japón, pasaría un tiempo difícil. Cuando empezara a ser un charlatán famoso –antes de ser un inventor famoso- vendrían las acusaciones de Morel y, tal vez, una orden de arresto, desde Caracas. Lo que sería más triste es que me pusiera en ese trance el invento de un loco.

Pero debo convencerme: no necesito huir. Vivir con las imágenes es una dicha. Si llegan los perseguidores, se olvidarán de mí ante el prodigio de esta gente inaccesible. Me quedaré.

Si encontrara a Faustine, cómo la haría reír contándole todas las veces que he hablado, enamorado y sollozando, a su imagen. Considero que este pensamiento es un vicio: lo escribo para fijarle límites, para ver que no tiene encanto, para dejarlo.”

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4

 

Todavía no he logrado detener los motores. Me duele la cabeza. Leves ataques de nervios, que pronto domino, me sacan de una somnolencia progresiva.

Tengo la impresión, indudablemente ilusoria, de que si pudiera recibir un poco de aire de afuera no tardaría en resolver estos problemas. He arremetido contra el tragaluz; es invulnerable, como todo lo que me encierra.

Me repito que la dificultad no se halla en mi sopor ni en la falta de aire. Estos motores deben ser muy difer5entes de todos los otros. Parece lógico suponer que Morel los haya diseñado de manera que no los entienda el primero que llegue a la isla. Sin embargo, la dificultad de manejarlos ha de consistir en diferencias con otros motores. Como yo no entiendo ninguno, esa mayor dificultad desaparece.

Del funcionamiento de los motores depende la eternidad de Morel; puedo suponer que son muy sólidos; debo contener, pues, mi impulso de romperlos a golpes. Sólo conseguiré cansarme y malgastar el aire. Para contenerme, escribo.

Si a Morel se le hubiera ocurrido grabar los motores…”

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5 – 6

 

“Stoever preguntó:

-¿puedes mostrarnos esas primeras imágenes?

-Si ustedes me lo piden, cómo no; pero les advierto que hay fantasmas ligeramente monstruosos – contestó Morel

-Muy bien –dijo Dora-. Que los muestre. Un poco de diversión nunca es malo.

-Yo quiero verlos –Stoever continuó- porque recuerdo unas muertes inexplicadas, en la casa Schwachter.

-Te felicito –dijo Alec, saludando-. Hemos encontrado un creyente.

Stoever respondió con seriedad:

-Idiota, ¿no has oído?: Charlie también fue tomado. Cuando Morel estaba en Sankt Gallen empezaron a morirse los empleados de la casa Schwachter. Yo vi las fotografías en revistas. Los reconoceré.

Morel, tembloroso y amenazador, salió del cuarto. Hablaban a gritos:

-Ahí tienes –dijo Dora- Lo has ofendido. Hay que ir a buscarlo.

-Parece mentira que hayas hecho eso con Morel.

Stoever insistió:

- Pero ustedes no comprenden!

- Morel es nervioso. No veo que necesidad había de insultarlo.

- Ustedes no comprenden –Stoever gritó enfurecido-. Con su máquina ha tomado a Charlie, y Charlie ha muerto; ha tomado a empleados de la casa Schwachter, y hubo muertes misteriosas de empleados. Ahora dice que nos ha tomado a nosotros!

-Y no estamos muertos –dijo Irene

-Él también se tomó

-¿no hay quien entienda que todo es una broma?

-El mismo enojo de Morel. Yo nunca lo vi enojado.

-Sin embargo Morel se ha portado mal –dijo el de los dientes salidos-. Pudo avisarnos.

-Voy a buscarlo –dijo Stoever

-Te quedas –gritó Dora.

-Iré yo –dijo el de los dientes salidos.

-No a insultarlo; a pedirle que nos disculpe y que siga.

Se agolparon alrededor de Stoever. Trataban de calmarlo, excitados.

Después de un rato volvió el hombre de los dientes:

-No quiere venir. Nos pide que lo disculpemos. Fue imposible traerlo.

Salieron Faustine, Dora, la mujer vieja.

Después no quedaron sino Alec, el de los dientes, Stoever e Irene. Parecían tranquilos, de acuerdo, serios. Se fueron.

Oí hablar en el hall, en la escalera. Se apagaron las luces y la casa quedó en una lívida luz de amanecer. Esperé, alerta. No había ruidos, no había casi luz ¿La gente habría ido a acostarse? ¿O estaba al acecho, para capturarme? Estuve ahí, no sé cuanto tiempo, temblando, hasta que empecé a caminar (creo que para oír mis pasos y tener testimonio de alguna vida) sin advertir que hacía, tal vez, lo que mis presuntos perseguidores habían previsto.

Fui hasta la mesa, guardé los papeles en el bolsillo. Pensé, con miedo, que el cuarto no tenía ventanas, que debía pasar por el hall. Caminé con una extrema lentitud; la casa me parecía ilimitada. Estuve inmóvil en la puerta del hall. Por fin, caminé despacio, en silencio, hasta una ventana abierta; salté y me vine corriendo.”

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7

Agregaré a continuación las páginas (de los papeles amarillos) que Morel no leyó:

Ante la imposibilidad de ejecutar mi primer proyecto –llevarla a casa y tomar una escena de felicidad mía o recíproca- concebí otro que es, seguramente, mejor.

 

Descubrimos esta isla en las circunstancias que ustedes conocen. Tres condiciones me la recomendaron: 1ª las mareas; 2ª los arrecifes; 3ª la luminosidad.

 

La regularidad ordinaria de las mareas lunares y la abundancia de mareas meteorológicas aseguran un servicio casi constante de fuerza motriz. Los arrecifes son un vasto sistema de murallas contra invasores; un hombre los conoce; es nuestro capitán McGregor; he cuidado que no vuelva a arriesgarse en estos peligros. La clara, no deslumbrante, luminosidad, permite esperar una merma verdaderamente exigua en la captación de imágenes.

 

Les confieso que, una vez descubiertas estas generosas virtudes, no dudé en invertir mi fortuna en la compra de la isla y en la construcción del museo, de la iglesia, de la pileta. Alquilé ese barco de carga que ustedes llaman el yatch, para que nuestra venida fuera más agradable.

 

La palabra museo, que uso para designar esta casa, es una sobrevivencia del tiempo en que trabajaba los proyectos de mi invento, sin conocimiento de su alcance. Entonces pensaba erigir álbumes o museos, familiares y públicos de éstas imágenes.

 

Ha llegado el momento de anunciar: Esta isla, con sus edificios, es nuestro paraíso privado. He tomado algunas precauciones –físicas, morales- para su defensa: creo que lo protegerán. Aquí estaremos eternamente –aunque mañana nos vayamos- repitiendo consecutivamente los momentos de la semana y sin poder salir nunca de la conciencia que tuvimos en cada uno de ellos, porque así nos tomaron los aparatos; esto nos permitirá sentirnos en una vida siempre nueva, porque no habrá otros recuerdos en cada momento de la proyección que los habidos en el correspondiente de la grabación, y porque en el futuro, muchas veces dejado atrás, mantendré siempre sus atributos.

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8

 

“Estuve leyendo los papeles amarillos. Encuentro que distinguir por las ausencias –espaciales o temporales- los medios de superarlas lleva a confusiones. Habría que decir, tal vez: Medios de alcance y medios de alcance y retención. La radiotelefonía, la televisión, el teléfono, son, exclusivamente de alcance; el cinematógrafo, la fotografía, el fonógrafo –verdaderos archivos- son de alcance y retención.

Todos los aparatos de contrarrestar ausencias son, pues, medios de alcance (antes de tener la fotografía o el disco hay que tomarla, grabarlo).

Asimismo, no es imposible que toda ausencia sea, definitivamente, espacial… En una parte o en otra estarán, sin duda, la imagen, el contacto, la voz, de los que ya no viven (nada se pierde..).

Queda insinuada la esperanza que estudio y por la que he de ir al sótano del museo, a mirar las máquinas.

Pensé de los que ya no viven: Alguna vez pescadores de ondas los congregarán, de nuevo, en el mundo. Tuve ilusiones de alcanzar algo yo mismo. Tal vez, de inventar un sistema para recomponer las presencias de los muertos. Quizá pudiera ser el aparato de Morel con un dispositivo que le impidiera captar las ondas de los emisores vivientes (de mayor relieve, sin duda).

La inmortalidad podrá germinar en todas las almas, en las descompuestas y en las actuales.

Pero, ay!, los más recientes muertos nos asomarán a tantos bosque de remanencias como los más antiguos. Para formar un solo hombre ya disgregado, con todos sus elementos y sin dejar entrar ninguno extraño, habrá que tener el paciente deseo de Isis, cuando reconstruyó a Osiris.

La conservación indefinida de las almas en funcionamientos está asegurada. O mejor dicho: estará completamente asegurada el día que los hombres entiendan que para defender su lugar en la tierra les conviene predicar y practicar el malthusianismo.

Es lamentable que Morel haya escondido en esta isla su invento. Tal vez me equivoque; tal vez Morel sea un personaje famoso. Si no, como premio por comunicar el invento, yo podría alcanzar el indebido indulto de mis perseguidores. Pero si Morel no lo comunicó, lo habrá hecho alguno de sus amigos. Con todo es extraño que no se hablara de esto cuando salí de Caracas.”

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9

 

Cuando llegué a los bajos tuve un sentimiento confuso de reprobación por no haber huido el primer día, por haber querido averiguar los misterios de esa gente.

Después de la explicación de Morel me pareció que todo era una maniobra de la policía; no me perdonaba mi lentitud en comprenderlo.

Esto es absurdo, pero creo que puedo justificarlo. ¿Quién no desconfiaría de una persona que dijera: Mis compañeros y yo somos apariencias, somos una nueva clase de fotografías? En mi caso, la desconfianza es aún más justificada: Se me acusa de un crimen, he sido condenado a prisión perpetua y es posible que todavía mi captura sea la profesión de alguno, su esperanza de mejora burocrática.

Pero como estaba cansado me dormí en seguida, entre vagos proyectos de fuga. Había sido un día de mucha agitación.

Soñé con Faustine. El sueño era muy triste, muy emocionante. Nos despedíamos; venían a buscarla; se iba el barco. Después volvíamos a estar solos, despidiéndonos con amor. Lloré durante el sueño y me desperté con una inconsolable desesperanza porque Faustine no estaba y con llorado consuelo porque nos habíamos querido sin disimulo. Temí que se hubiera consumado, durante mi sueño, la partida de Faustine. Me levanté. El barco se había ido. Mi tristeza fue hondísima, fue la decisión de matarme; pero al subir los ojos vi a Stoever, a Dora y después a otros, en el borde de la colina.

No tuve necesidad de ver a Faustine. Me creía seguro: ya no me importaba que estuviera o que no estuviera.

Comprendí que era cierto lo que había dicho, horas antes, Morel (pero es posible que no lo hubiera dicho, por primera vez, horas antes, sino algunos años atrás; lo repetía porque estaba en la semana, en el disco eterno).

Sentí repudio, casi asco, por esa gente y su incansable actividad repetida. Aparecieron muchas veces, arriba, en los bordes. Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas; estar enamorado de una de esas imágenes era peor que estar enamorado de un fantasma (tal vez siempre hemos querido que la persona amada tenga una existencia de fantasma).”

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CIELO

 

Continúa…

 

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ESCRITO SOBRE EL SILENCIO

 

Extraño don del cielo es el silencio.

Sin sonido de vocalización, suena empero en acordes del alma -que le empresta no-se-qué cuerdas-; a veces es el aire mismo un muro para el entrechocar de las sílabas del éter y, otras, es ese mismo éter una inconmensurable caja sonora.

Pero ¿qué es el éter o quién ha visto –una vez siquiera- los ladrillos efímeros que componen el muro del aire?

Por momentos flota la certeza de que la única realidad es inmaterial e inmanente, que no es pasado, ni es presente, sino una brisa de eternidad, como toda brisa y toda eternidad por fin, omnipresente.

Nunca podré explicarme las simetrías augustas y matemáticamente esotéricas del judío Spinoza, ni los delirios antropomórficos del mazdeísmo germánico a-la-Nietzsche; quizá he sido superado por sus silencios, asfixiado por el trasfondo que resuena tras sus letras y se enrosca como una serpentina en el bajo cielo de una noche de carnaval. Quizá habrán sembrado tantos desiertos que los más deshabitados aún no nacieron, siendo sólo uno quien pretende escuchar lo que partitura alguna jamás albergó como síntoma de sonido, manchando -pústula de tinta- el pentagrama en el papel; o como eructo sanguiñolento las manos del viento.

Extraña música del infierno es el silencio.

Comienza escribiendo San Juan, el más joven apóstol de Nuestro Señor, en su Evangelio de edad madura: “En el principio era La Palabra”. Esta palabra sin embargo, se escribe con pé mayúscula y el artículo, como nunca, quizá, se vuelve absoluto. Así, San Juan no escribe apenas una oración más, ni una frase o expresión; ni siquiera lo que escribe es el comienzo de una descripción aunque lo aparente. San Juan dibuja en la frase un enorme dedo de letras que señalan a Dios, de modo que la palabra es el génesis de todo y también del Génesis: “Entonces dijo –hágase la luz; y la luz se hizo”.

El silencio entonces no pudo hacer nada, debido a la irresistible verdad que indica, nuevamente, que por aquel entonces no existía.

El silencio se hace de tiempo y espacio (o de espacio-temporalidad), pero se disfraza de eternidad.

El silencio sufre la indeterminación heisenbergiana: Cuando lo nombramos, al instante desaparece; cuando lo escribimos para descubrirlo ya no está donde pensamos, por el simple –y no tanto- hecho de haber sido descubierto con las mismas palabras con las que –mucho me temo- teníamos en mente descubrirlo y que, paradójicamente o no, encubren el hecho de su existencia en el mismo instante de dejarlo desnudo.

De tal modo caemos en la cuenta –tal vez apresurada o imprudentemente- de que el silencio es paradójico: Se nutre de las palabras para desplazarlas, pero sólo es la existencia previa de la palabra la que alimenta y da existencia al silencio.

“En el principio era La Palabra” dice San Juan. Luego coloca un punto y un tácito signo que simboliza al silencio.

¿Antes? No lo sabemos.

¿Cuál es el antes y el después de la eternidad? Antes y después son, con el tiempo-espacio, el silencio, la materia, la energía, la indeterminación, etc propiedades del universo. Tal vez el universo sea, me temo, una pequeña bolsa de canicas flotando en el Océano Pacífico… Quizá, como la bolsa insignificante de canicas en el océano, su destino sea terminar hundiéndose en el mar de la eternidad.

El silencio es, apenas, el espacio que envuelve las canicas en la pequeña bolsa de marras. El silencio es causado por la ausencia de palabras y, desnudo de éstas, es el portador de la paradoja, el hondo trasfondo o el mismo bajofondo donde chapotean, en el barro sublevado, los renacuajos innombrables e innumerables de la relación finito-infinito de nuestra profunda humanidad en la dialéctica kierkegaardiana.

Me siento, a esta altura, incapaz de predecir lo que haga dentro de un instante la palabra, por más que la piense. Es tan creativa y creadora, que no resiste otro fin que el de seguir creando mundos y, aún, creándonos en el mundo para ser-en-el-mundo.

Puedo empero predecir el silencio, abismal y abismado: Su monotonía de trasiego, su rutina, su choque imaginario consigo mismo (aún a fuerza de no ser-sí-mismo), hacen que pueda predecirlo emergiendo al final de la firma con la que se cierran estas palabras.

 

 

Ezequiel   Olivary

 

 

NO TE NIEGUES

 

 

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No te abras la piel,

no traces surcos espirales

con tus dedos en el aire.

 

No desayunes grises informes

del estado deplorable

de la humanidad presente.

 

No te quites las ganas

ni te quites la vida

ni te quites el alma en una despedida.

 

No te mires al espejo si

-como perros o monos-

verás la extraña imagen de otro.

 

No dejes de mirarte al espejo

ni de peinarte las ideas,

ni dejes de despeinar las ganas.

 

No te aburras del absurdo.

No te vacíes tan rápido te colmes,

ni te sientas colmado, digamos, jamás.

 

No des consejos que no puedas tomar,

ni tomes aquello que no podrías dar,

ni mires sin ver y sin ganas de mirar.

 

No dejes de escribir ni de rezar

porque no estamos a salvo de nada:

ni de escribir, ni de rezar. Ni de vivir.

 

No te abras y no te cierres.

No rías, ni gimas, ni putees sin ganas verdaderas.

No te quedes quieto en la escalera.

 

No afirmes lo que firmemente no habrías firmado,

ni te titules, ni te rotules, ni te postules:

Al final y por principio, no te niegues…

 

 

 

 

Ezequiel  Olivary